Saber y sentir

Las aptitudes creativas no se desarrollan a partir de la mera autoexpresión, sino mediante el aprendizaje sistemático y el ejercicio de la memoria
Las aptitudes creativas no se desarrollan a partir de la mera autoexpresión, sino mediante el aprendizaje sistemático y el ejercicio de la memoria
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26 de agosto de 2001  

Durante el transcurso de la muestra Arte BA, el gran plástico argentino Guillermo Roux introdujo a un grupo de amigos en los detalles del mural que pinta en un edificio de oficinas en Retiro. Impresionó al auditorio con la descripción de complejas técnicas, algunas producto de desarrollos originales, que le han permitido encarar una obra de esa magnitud, única en la ciudad.

Quienes escuchamos su ameno y apasionado relato nos internamos en los laberintos de los soportes resistentes, de las telas de características y dimensiones especiales, de novedosas témperas. Tampoco estuvieron ausentes de la explicación los detalles de la composición plástica que sustenta la gigantesca obra. Conocimos así la idea directriz en que se basa la escena que estructura el mural y nos introdujimos en las apasionantes leyes de la composición, los artificios que permiten generar la ilusión de movimiento y la naturaleza de los climas que crea la yuxtaposición de colores. En un momento de la que fue una verdadera clase magistral sobre plástica, Roux deslizó este comentario, de apariencia inocente: "Lógicamente, quien contempla la obra desconoce todo esto. Pero lo siente".

En esa frase, tan sencilla, se encuentra resumida la clave del arte: un conjunto de reglas rigurosas y de técnicas elaboradas, que constituyen el saber del artista, son las que permiten lograr que el espectador sienta.

Curiosamente, ese saber es el que hoy desprecia el sistema educativo al sostener, como afirma el filósofo y crítico británico Roger Scruton, "una liturgia de opuestos: creatividad versus rutina, espontaneidad versus reglas, imaginación versus aprendizaje memorístico, innovación versus conformismo".

Son muchos los que sostienen que los niños no aprenden adaptándose a criterios exteriores, sino liberando su potencial interior para expresar así su capacidad creativa.

Cualquiera que esté en contacto con niños comprobará que se los hace escribir poesía antes de haber logrado que lean un poema o que lo aprendan de memoria; o se los impulsa a pintar, carecientes de la más mínima noción acerca de las reglas del dibujo. El imperativo de la autoexpresión todo lo avasalla.

Como es lógico, en el campo de las ciencias nadie se aventuraría a sostener que la creatividad no debe respetar ciertas reglas.

Un genio en matemáticas debe contar con la rígida disciplina que supone el desarrollo ordenado, necesario para la demostración. En otras palabras, se admite que la disciplina precede a la creatividad pues, de no ser así, sólo nos encontraremos con simples ignorantes.

Pero, en el caso del arte y algunas disciplinas humanísticas, se considera que pertenecen al mundo subjetivo, construido por opiniones y sentimientos, por lo que deben explorarse libremente mediante la autoexpresión. Como en este campo todo parece ser materia opinable, el imperativo educativo es lograr que cada uno dé rienda suelta a su subjetividad.

"No fue gracias a la libre expresión -sostiene Scruton- que Mozart, cuyas melodías se encuentran entre las creaciones más originales del hombre, llegó a ser un genio, a pesar de tener más para expresar que muchos otros. Fue educado en forma rigurosa y persistente, sujeto al desafío de actuaciones en público, entrenado en el arte de la memoria y en la gramática del estilo clásico."

Cuando se considera que la originalidad es el único criterio de valor artístico, el desprecio de las reglas y la disciplina termina por hacer que la única evidencia de originalidad sea la capacidad de sorprender.

En realidad, es sólo mediante la disciplina y el conocimiento de las reglas de la práctica artística, el saber oculto, que el creador original se puede aproximar al sentir del otro.

La originalidad queda íntimamente ligada a la objetividad que determinan las reglas, a la comprensión de la gramática de la forma de expresión -musical, plástica, literaria-, que es la que le confiere lógica y orden. La originalidad, en última instancia, surge dentro del marco que le brinda la convención.

Por eso, como bien decía Roux, el espectador de la obra de arte siente, sin conocer ese saber en el que ella está trabajosamente sustentada, elaborado apoyo de la originalidad del creador.

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