Saltearse la angustia

Durante años, las terapias han consistido en hablar y revivir los traumas. Pero ahora parece que no está tan mal guardarse todo
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4 de mayo de 2003  

Usted ha estado en análisis durante años. Ha descubierto, o recuperado, todos los recuerdos infantiles desagradables o conmocionantes. Sin embargo, no se siente mejor. Sigue deprimido, se sobresalta ante cualquier ruido y le cuesta aceptar el contacto íntimo.

Pero ya un estudio realizado por H. J. Eysenck en 1952 –y que aún causa bastante incomodidad en el campo psi– descubrió que la psicoterapia, en general, no ayudaba más ni menos que el simple transcurso del tiempo. Y en cuanto al famoso insight (ese darse cuenta que supuestamente provoca la terapia), hasta el momento nadie ha demostrado su vínculo con la recuperación. Nadie sabe bien, en realidad, qué es lo que ayuda a recobrarse: tal vez el amor o el trabajo, o los medicamentos. Tal vez la represión. Pero, ¿cómo? ¿No era la represión lo que nos enfermaba, nos escindía y dejaba campo libre a los demonios, provocaba úlcera y un empobrecimiento general de nuestro espíritu? Parece que no. Ahora las investigaciones demuestran que algunas personas traumatizadas pueden mejorar si reprimen la experiencia en vez de esclarecerla en la terapia. Si usted se siente estancado, deprimido, asustado, tal vez no tendría que recordar, sino que olvidar. Negar.

En Tel Aviv, tres investigadores –Karni Ginzburg, Zahava Salomon y Avi Bleich– estudiaron a víctimas de un ataque cardíaco con objeto de determinar si los negadores lograban mejores resultados a largo plazo. Los términos negación y represión suelen connotar amnesias histéricas en las brumosas calles vienesas. Pero en el campo de la psicología experimental, tienen un significado mucho más mundano: se usan para describir los mecanismos de las personas que minimizan, que niegan. ¿Es posible que las personas que ponen en marcha estos mecanismos se enfrenten mejor con los problemas y los padecimientos? Para intentar responder a esta pregunta, el equipo de Ginzburg estudió a 116 pacientes que habían sufrido ataques cardíacos, para individualizar a los que padecían estrés postraumático y a los que simplemente se iban a su casa silbando bajito. Evaluaron a los sujetos una semana después del infarto y luego, siete meses más tarde. Durante la primera evaluación se estudiaba el estilo general del paciente usando una serie de escalas que revelaban su tendencia a eludir o negar. Definieron a los represores como aquellos que manifestaban "una combinación específica de angustia mezclada con una fuerte actitud defensiva". Por otra parte, descubrieron que los pacientes que manifestaban un alto nivel de angustia y ansiedad, y una débil actitud defensiva –los que enfrentaban su experiencia destapando, pensando en ella, preocupándose– eran los mejores candidatos a padecer estrés postraumático. Específicamente, sólo el 7% de los negadores padeció la secuela al cabo de siete meses, contra un 19% entre los reflexivos.

El estudio israelí planteó varias hipótesis: 1) que la negación funciona porque los represores tienen un estilo perceptivo muy adaptable; 2) porque están protegidos por su percepción de los acontecimientos traumáticos, es decir, porque en medio de un incendio pueden ver una hoguera de campamento, o en un diluvio, apenas una llovizna; 3) pueden manipular su atención, desviándola del dolor y, si no lo logran, creen que podrán enfrentar lo que les suceda. El hecho de que sean o no competentes para lograrlo, dice Ginzburg, no tiene importancia. Todo el mundo que conoce el poder del pensamiento positivo sabe que puede mover montañas.

George Bonnano, profesor de psicología de la Universidad de Columbia, descubrió resultados muy semejantes durante su investigación del rol de la represión en personas que deben enfrentar pérdidas o tragedias importantes. En un estudio realizado con viudas y viudos recientes, Bonanno empleó una técnica denominada asociación verbal autónoma. Les pidió a las personas que hablaran de su pérdida mientras medía sus respuestas autónomas (pulso, sudoración, respuestas epidérmicas), y observó que un subgrupo que afirmaba no estar perturbado tenía el pulso más alto. ¡Eran los represores!, dice Bonnano, "y esa gente demostró más tarde un mejor nivel de adaptación vital". Acaba de completar un estudio de adolescentes y mujeres jóvenes que pasaron por experiencias de abuso sexual. Descubrió lo habitual: las que se negaron a hablar del tema en las entrevistas tenían menos síntomas de angustia o depresión y eran menos propensas a una actitud hostil.

Pero el trauma se ha convertido en el diagnóstico oficial, y la catarsis (hablar de eso) se convirtió en la curación oficial. Nadie quiere creer en alguna explicación alternativa. La herencia cultural depende de un solo punto de vista.

El trauma (herida, en griego) fue considerado siempre como una ruptura del largo linaje del lenguaje que nos construye y constituye. Por lo tanto, el objetivo tradicional de los tratamientos ha sido desplazar los recuerdos desde las regiones no verbales del cerebro hacia las verbales, para que puedan integrarse a la historia de vida. Pero eso no ocurre así en todos los casos. Aunque historiar la propia vida es una actividad humana, no todas las personas son escritores de memorias. Unas cuentan su historia hablando, otras prefieren las fábulas. Y algunas prefieren saltearse las partes que dan miedo, y no expresarlas de ninguna manera.

Sin duda, la resistencia a la represión forma parte de la herencia occidental. La expresión como forma de curación puede encontrarse ya en el siglo II, cuando Galeno afirmó –ampliando la teoría hipocrática de los cuatro humores: bilis negra, bilis amarilla, flema y sangre– que las enfermedades, en especial las emocionales, son resultado del desequilibrio de esos cuatro humores. La curación se produce cuando el médico drena el cuerpo y el alma del exceso: la salud era la catarsis, y la catarsis era la expresión. Las curas de hoy siguen basadas en esas nociones, tan profundamente arraigadas en nuestra cultura que constituyen los fundamentos filosóficos de la medicina y la religión. Así, considerar la represión o la negación como una manera razonable de enfrentar la vida es una amenaza a los ideales románticos de nuestra cultura. En el aspecto práctico también hay razones para que no aceptemos los nuevos descubrimientos: habría que dar nueva forma a la industria del trauma, si la represión se pusiera de moda.

Pero el debate expresión versus represión se remonta a fechas muy antiguas. En el siglo V a.C., Sócrates afirmó que no valía la pena vivir una vida nunca examinada. Más o menos en la misma época, Sófocles describió a Edipo, que en su búsqueda de conocimiento acabó arrancándose los ojos al enterarse de la verdad. ¿Quién puede decir cuál es la actitud correcta, y cuándo? Hay veces que, en este mundo cada vez más frenético, nos viene bien un poco de represión como filtro, para mantenernos libres de la ansiedad, la angustia y la depresión. Después de todo, hasta Freud dio una definición benévola de la represión: dijo que era desviar la atención de las ideas desagradables.

  • Para saber más: www.apa.org.ar
  • Psicoterapias

    "La represión es un mecanismo inconsciente y no podemos ejercitarlo voluntariamente. Cualquiera sabe que no se hace por decreto –explica Abel Fainstein, especialista en psiquiatría y psicoanálisis y presidente de la Asociación Psicoanalítica Argentina–. Algunas personas pueden olvidar y negar espontáneamente, y si esos mecanismos son exitosos difícilmente demanden ayuda. Sólo su fracaso genera una consulta –señala–. Sabemos de la necesidad de ciertos mecanismos de defensa descriptos por el psicoanálisis, como son la disociación y la negación para poder hacer frente en forma efectiva a cierto tipo de situaciones. Las usamos todos, los días."

    Por su parte, el doctor Alfredo Cía, presidente de la Asociación Argentina de Trastornos de Ansiedad, sostiene que hasta hace poco más de una década, las terapias de orientación psicoanalítica dominaron el campo de la psicoterapia en nuestro país, con el énfasis puesto en el pasado. "Sin embargo –señala–, las terapias de mayor vigencia en los últimos tiempos, por su eficacia, son las orientadas a resolver los problemas actuales del paciente."

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