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Bienestar

Se crió en una casa de tierra y chapa; hoy es un exitoso referente en negocios internacionales

Jimena Barrionuevo
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18 de diciembre de 2018  • 00:10

Lo sabía. Era uno de los más pobres de su clase y el más humilde de su grupo de amigos pero estaba convencido de que su vida tendría un vuelco hacia un futuro prometedor. Se había criado en el pueblo de Pasteur, partido de Lincoln, en la provincia de Buenos Aires. Su madre, modista, era una mujer hermosa, fuerte e independiente, que trabajaba de sol a sol para sostener la casa en la que Marcos Perera Blasco (44) vivía con sus abuelos y su tía. Siempre faltaba el dinero, pero nunca los alimentos, porque su abuelo tenía huerta y las frutas abundaban de los árboles que años atrás habían sembrado. "Dado que mi madre siempre trabajaba mucho para sostener la casa, recuerdo que ya de chico me iba caminando solo al colegio. A los actos escolares, rara vez ella podía asistir, y tampoco me podía ir a buscar a la escuela, como otros padres hacían con sus hijos. Sin embargo, eso me enseñó a ser independiente. Yo notaba eso, pero también veía mi madre trasnochar haciendo vestidos y ropas para sus clientas. Después de la escuela, jugaba todo el día solo en el patio de la casa con los perros y gatos o me iba a la huerta con mi abuelo a sembrar, cosechar frutas, juntar huevos. Éramos muy compañeros, pero desgraciadamente lo perdí en 1978".

En 1986 la región sufrió una gran inundación y, aunque la casa no quedó cubierta, el agua brotaba por los pisos y se estancaba en los cuartos. Eso forzó a la familia a mudarse. Pero la casa nueva todavía estaba sin terminar: unas chapas tapaban aberturas, la cocina tenía pisos de tierra y por la noche los Perera tenían que batallar con las lauchas que comían y contaminaban los alimentos. "Cuando cumplí 14 años, mis compañeros organizaron una colecta y me regalaron un lindo jean y una remera, como los que estaban de moda. "A pesar de todo, mi madre siempre me alentaba con dichos y frases de pueblo que había aprendido de su padre. Mis curiosidades eran muchas y ella me hacía imaginar grandes sueños de viajes por el mundo. Todo me interesaba. Aún recuerdo que mi maestra de 5to grado retrato en mi boletín mis inquietudes como algo positivo. ¡Claro, yo era el típico muchachito preguntón!".

Cuando terminó el secundario, empezó a trabajar en una fábrica de masa para muzzarella. Todas las mañanas iba a buscar la leche en un camión sin puerta ni frenos junto a su fiel compañero Klay, un ovejero alemán, que nunca lo abandonaba. "Al lado de la fábrica vivía un viejito, Cordobita, que todos lo tildaban de bolacero por sus historias, tomábamos mates juntos todas las mañanas y siempre me alentaba. Lo interesante de estas historias era que tenían mensajes de creatividad, emprendedurismo, inspiración y éxito. En mi mente curiosa, eso era semilla de inspiración y motivación. Su motivación me ayudó a pensar diferente". Entonces habló con un tío que tenía una despensa y empezó a repartir alimentos de su almacén. Después del almuerzo estudiaba inglés con libros y un diccionario. Le dijeron que estaba loco y que no se podía aprender un idioma si no se iba a la escuela. "Pero como muchachito porfiado me gustaban los desafíos y no era de abandonar fácilmente una tarea cuando algo se me ponía en la cabeza".

Al poco tiempo consiguió una entrevista para trabajar como camarero en el restaurante La Caballeriza, de Puerto Madero, en la Ciudad de Buenos Aires. Obtuvo el empleo. No fue fácil, pero logró adaptarse a la vida agitada de la capital. Fue compañero del actor Esteban Lamothe, su hermano y gente del interior argentino que tenían mentes abiertas y cuyas charlas eran enriquecedoras. Así se fue gestando en su interior la posibilidad de viajar a los Estados Unidos para abrirse a la aventura y ampliar su horizonte de posibilidades.

Con 24 años y todo un mundo por delante, llegó a Indianápolis junto a Christine, su novia de aquel momento. Tomó un curso de inglés para pulir el idioma y, al finalizar, se radicó en South Beach, Miami, ya que ella trabajaba en un bar de la playa, mientras asistía su último año de universidad. Por su parte, Marcos también quiso hacer su experiencia en el área académica y se inscribió en el Miami Dade College para cumplir su sueño de estudiar la carrera de piloto. Mientras tanto, trabajaba como camarero también en South Beach por la noche, las propinas eran buenas y los horarios flexibles. "Por supuesto, la noche tenía sus parte mala, como excesos de drogas, alcohol, fiestas y un círculo vicioso de gasto excesivo. Pero mi simplicidad de pueblerino y pasado lleno de carencias nunca me permitió despilfarrar el dinero. De un restaurant mediocre pasé a uno mejor y así sucesivamente. Todo era en busca de mejores propinas. Los ahorros fueron tan buenos que junto a Christine llegamos a comprar dos departamentos en South Beach, para luego vender y capitalizarnos".

Desafortunadamente, luego de los atentados del 11 de septiembre, su sueño de convertirse en piloto se fue esfumando poco a poco. Pero en 2006 le surgió una posibilidad laboral única: se trataba de un puesto que lo enviaría a la Argentina por varios meses al año, para exportar maíz pisingallo desde la provincia de Buenos Aires a Medio Oriente. "Esto requería viajes por el mundo, estadías en hoteles 5 estrellas, reuniones con ejecutivos, ferias internacionales, alguna que otra visita a embajadas americanas y tanto más, que me superaba. De pronto los sueños que había tenido de niño se estaban cumpliendo. Lamentablemente, la distancia ahondó diferencias e hizo que el vínculo con Christine terminase de común acuerdo".

Pero el trabajo estaba rindiendo sus frutos. Ya sin compromisos afectivos en Miami, consideró que era lo más acertado mudarse a Indianápolis, donde estaba radicada la empresa que lo había contratado y donde también vislumbraba mejores oportunidades en bienes raíces. "Tenía mucho por aprender y era consciente que había dado un salto importante, muchas veces encontrándome perdido, frustrado y sobrepasado. Así fue que en el invierno de 2008 me radiqué en Indianápolis. Los primeros meses fueron difíciles. Sufrí un shock cultural porque la vida no era como en Miami, además el invierno era duro, el sol casi no sale y las temperaturas pueden llegar a -15 a -20 C grados". Pero pudo sobreponerse y concretar la compra de una vivienda que lo lleno de satisfacciones. "Si había venido a un lugar nuevo a vivir no podía pretender llevar la misma vida que conocía y hacía. Cenar a las 9 o 10 de la noche era algo inconcebible, tampoco se daba un beso a la gente al llegar al trabajo o cuando te presentaban, nadie te daba una opinión sin que se la pidieses, hablar sin saber te podía acarrear problemas y era más sensato decir que no se sabía algo, interrumpir alguien cuando hablaba era una señal de mala educación, llegar tarde era descortés, decir malas palabras era vulgar y así tantas cosas más. En Argentina o en Miami, este tipo de reglas tácitas eran imperceptibles. ¿En Indianápolis? Imprescindibles…".

Con la crisis el mercado financiero de 2008, Marcos recordó uno de los consejos de su querido Cordobita: "tenés que comprar cuando nadie quiere algo, para venderlo cuando todos lo quieren." Así, invirtió todos sus ahorros en la bolsa de Nueva York y un par de meses más tarde vio su portafolio crecer, crecer y crecer. "Otra lección que Cordobita me había dado era la de invertir en bienes raíces, como una manera estable y pasiva de crecimiento. En 2011, junto a su esposa Laura -que había conocido y conquistado en un viaje de negocios- hizo su primera adquisición inmobiliaria: una casa de 3 habitaciones, 1 baño y un garaje de 2 autos, con un patio inmenso. "Después de incansables horas de trabajo, alquilamos la casa a una pareja recién casada de ingenieros americanos. Ya con un éxito bajo el brazo, fuimos por más y por más hasta llegar a unas 9 propiedades, algunas de las cuales vendimos porque no estaban en buena zona, para luego comprar otras en mejores lugares y con mayores rentas. Hoy logramos tener unas 10 propiedades, que funcionan muy bien. Para llegar a este punto he trabajado turnos dobles, fines de semanas y noches hasta las 3 o 4 de la mañana. Hago mi trabajo de 9 a 5, preparo la cena, ceno con la familia y dependiendo del proyecto me voy a trabajar a las casas por un par de horas".

Aunque vienen de culturas completamente diferentes, Marcos y Laura se entienden y apoyan mutuamente. Ella viene de una familia de clase media alta, aunque muy humilde y sencilla. "Por supuesto que los dos hacemos cosas que para el otro no tiene sentido, pero no nos juzgamos. por ejemplo, yo aún sufro los efectos de la hiperinflación del gobierno de Alfonsín, donde los alimentos eran escasos y me cuesta tirar las cosas. Lavo las bolsitas para reutilizarlas y en varias ocasiones he sacado alimentos de la basura que ella ha tirado. También compro muchos alimentos cuando están en oferta y los guardo". Tienen dos hijos, Alexios de 7 y Elliana de 5. Een junio de este año Alexios fue durante un mes a la escuela donde Marcos tuvo sus primeros años de lo enseñanza. "La experiencia para él y para los niños de la escuela fue absolutamente positiva. El próximo año tengo intenciones de llevar a ambos niños, para que aprendan el idioma, pero más importante que también absorban la cultura".

Hoy Marcos es Vicepresidente Comercial de Ventas Internacionales de una empresa para la que trabaja remotamente. También trabaja junto a la entidad indígena Intertribal Agricultural Council, asesorando empresas indígenas en comercio exterior. "Lo más importante es enfatizar que ha habido estrategia y un plan en mi vida. Los planes pueden cambiar por otros mejores, pero no es aceptable truncar un plan por simple abandono. No creo en la suerte, pero sí en la importancia de creer en uno mismo. El fracaso absoluto no existe, pero sí existe el fracaso por miedo al fracaso, que no te deja vivir. Cuando uno cree en sí mismo, nada ni nadie te doblega y las metas siempre son alcanzables".

La voz del especialista

El Dr. Claudio Waisburg es médico neurólogo, egresado de la Universidad de Buenos Aires con diploma de honor, donde también se desempeñó como docente. Ha realizado la especialización en Pediatría y la residencia y jefatura de residentes en el Hospital de Niños "Ricardo Gutiérrez". Actualmente es director del Instituto SOMA y en este audio explica el concepto de un cerebro resiliente que se auto-motiva para salir adelante frente a la adversidad.

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