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Bienestar

Se enamoraron en Ushuaia y viajan por todo el mundo ayudando a quienes más lo necesitan

Alejandro Gorenstein
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30 de octubre de 2018  • 00:52

"Estábamos metidos dentro del espiral del consumo y seguíamos al pie de la letra los mandatos del sistema. Pero queríamos conocer el mundo y entendimos que hacerlo en vacaciones era algo imposible. Así que renunciamos a todo. A pesar de tener muchos miedos, pusimos fecha límite a nuestros sueños y en Agosto del 2012 renunciamos a nuestros trabajos. Desde entonces nos hemos dedicado a lo que realmente nos apasiona, no hemos pasado necesidades a pesar de que no hemos vuelto a tener un trabajo estable. Hemos descubierto muchas alternativas que nos han permitido viajar por más de 20 países, situación que nos abrió la cabeza para transformarnos en herramientas para el cambio sintiéndonos útiles".

Florencia Rey Lacoste (34) es de Tres Arroyos (provincia de Buenos Aires) y Germán Vildoza (38) de Mendoza. Sin embargo, el destino quiso que se conocieran en Ushuaia. Ella era guía de turismo y trabajaba en diferentes agencias de viajes, en atención al público y ventas de aéreos. Él es Técnico en Acuicultura y se desempeñaba en una fábrica de control de calidad. En el fin del mundo se vieron por primera vez y se reconocieron desde un principio. Las primeras conversaciones tuvieron como referencias las ganas que ambos tenían de viajar alrededor del mundo. Y desde ese momento no se separaron más: no tardaron mucho en ponerse de novios, se enamoraron, comenzaron una larga travesía y empezaron a cambiar sus vidas. Pero también la de mucha gente.

De Ushuaia al otro lado del mundo

Florencia y Germán partieron desde Ushuaia en una mini Van Dama Daewo donde recorrieron durante un mes casi toda la Patagonia. Luego, decidieron viajar a Europa haciendo escala en España, Italia, Francia y Grecia, entre otros países. Luego, visitaron La India, el país que les cambió la vida. "Durante los primeros días tuvimos la sensación de estar inmersos en una pesadilla, debido a lo contrastante, la realidad del país aún en estos días sigue siendo demoledora.

La India es un país muy religioso, desigual, de extremos en lo que se refiere a riqueza y pobreza, con contaminación, olores, hay gente por todos los lugares y a todas horas. Lo mejor, y lo más motivador para nuestro trabajo actual, son las personas: siempre te sonríen y están dispuestas a ayudarte", recuerda Florencia.

"Allí hemos aprendido a valorar lo que tenemos, a diferenciar lo que es realmente importante, a auto-motivarnos. La India, sin dudas, fue una experiencia que nos hizo personalmente más fuertes. En ese país pudimos conectarnos con la esencia del ser humano, con lo más básico experimentando la solidaridad en primer plano. Las mejores cosas nos sucedían cuando nos perdíamos y fue allí donde también aprendimos que la ayuda siempre viene de un desconocido y que son los que menos tienen los que más dan", agrega Germán.

A partir de ese momento, Florencia y Germán comenzaron a pensar en la posibilidad de poder colocar su granito de arena para tratar de mejorar la calidad de vida de algunas de las personas que iban conociendo durante la estadía en ese país.

"La primera experiencia fue espontánea y sucedió junto a unos niños de la calle. Sin siquiera hablar el idioma local comenzamos a armar unos talleres de música, no fue nada organizado, son esas cosas que suceden. De pronto, teníamos una ronda de más de 20 niños atentos a todo lo que hacíamos y decíamos. Fue en ese momento en que nos sentimos parte de la gente y no simplemente turistas. Pudimos conectar de la forma más hermosa y espontánea en nuestro viaje. Esto nos permitió llegar a las personas de la manera más linda que es compartiendo. De esa simple manera pudimos traspasar la barrera cultural, no solo que nos sentíamos más cerca de la gente, también nos invitaban a sus casas mostrándonos desde adentro la verdadera cultura", se emociona Florencia.

De la mano por el mundo

Fue en China en donde junto a otras personas ( viajeros solidarios) Florencia y Germán comenzaron a sentar las bases para lo que luego sería el movimiento De la mano por el mundo, que en principio transmitía esas misma filosofía que los chicos habían recibido de tanta gente: compartir los conocimientos.

Movilizados por las realidades de las que eran testigos decidieron comenzar a compartir sus habilidades principalmente con los niños, tratando primero de conocer las historias, el lugar y la cultura. La idea era bien clara: generar impactos positivos, dejar huellas.

"No teníamos ningún tipo de experiencia previa en intervenciones sociales, pero sí teníamos esa inquietud de conocer culturas e intentar interactuar con personas de otras nacionalidades. Los talleres, al principio, eran más bien desestructurados, a veces se daban de acuerdo a las propuestas de las mismas personas, los mismos niños. Por ejemplo, hemos hecho actividades con niños en situación de calle en la misma calle. Esos primeros intercambios fueron increíbles, nos hicieron sentir parte y protagonistas de la realidad de cada lugar", expresa Florencia.

Viajando con una mochila y una carpa, se trasladaban por varios pueblitos de China, lo que les permitió ir conociendo "lugares increíbles y personas e historias inolvidables", dicen. De esa manera el gigante asiático les mostró su cara más noble, más solidaria ya que siempre existió para ellos un plato de comida y un hogar en donde pasar la noche.

"En China creamos un grupo de voluntarios con la función de viajar a distintos países y desarrollar proyectos en comunidades vulnerables. En ese momento es en donde ya comenzamos a vernos como organización, a identificarnos con un movimiento internacional. Nuestro primer y gran proyecto se desarrolló en Filipinas, motivados por la necesidad y la pobreza de ese país. Creamos un Departamento en el cual incluimos a la currícula educativa herramientas de educación intercultural y proyectos de desarrollo comunitario por medio del arte".

Además, en una isla llamada Malapascua, observando la cantidad de niños que morían a causa de enfermedades prevenibles como el dengue y la tuberculosis, Florencia y Germán convocaron a una doctora voluntaria de México que donó su tiempo para brindar cursos sobre prevención de enfermedades y accidentes domésticos, técnicas de RCP e información para las madres. "Nos llevó casi 9 meses recorrer más del 80% de la superficie de ese país llevando a cada comunidad nuestra propuesta. Así fue como logramos intervenir más de 150 escuelas, más de 58 centros culturales y 24 comunidades indígenas. Actualmente se llevan adelante 3 proyectos educativos en distintos puntos del país", cuentan, orgullosos.

Después de un tiempo dejando huellas por La India, China y Filipinas, Florencia y Germán y arribaron a la ciudad de Tijuana, en el límite con los EE.UU. donde trabajaron por más de 6 meses desarrollando proyectos de inclusión social junto a Madres Soñadoras de Tijuana, un grupo de mujeres que sufrieron la separación de sus respectivas familias como consecuencia de la deportación. También crearon el grupo auto-gestivo "Reciclando Arte Tijuana" dando participación a personas en situación de calle. Además, trabajaron junto a unos profesores que visitan zonas rurales, asentamientos y comunidades lejanas brindando capacitaciones logrando que la mayoría de la población vulnerada finalice los estudios primarios y secundarios. "Tuvimos la oportunidad de trabajar en distintos albergues donde se encuentran niños rescatados de situación de trata, balaceras y familias deportadas", añade Germán.

Profetas en su propia tierra

La idea de los chicos siempre fue regresar a la Argentina con un proyecto social. Por esa razón, un amigo se puso en contacto con una comunidad originaria en Salta y desde ese momento comenzaron a trabajar en las necesidades de esas personas. Una vez que retornaron comenzaron a implementar el proyecto SaltArte que incluye programas artísticos y culturales en comunidades rurales originarias.

Al igual que en experiencias anteriores y proyectos previos la relación con el pueblo Wichí, cuenta Florencia, se fue gestando de manera muy natural y compartiendo el día a día de la comunidad para poder adentrarse en sus necesidades. "Este pueblo tiene una riqueza cultural enorme y es una pena muy grande en la situación de olvido que se encuentran estas comunidades. A ellos les encantan los talleres de oficio y de cocina y las actividades deportivas", cuenta Germán.

Florencia y Germán están totalmente convencidos de que estos últimos años fueron los más hermosos y significativos de sus vidas. Y que, claramente, hay un antes y un después desde el momento en que decidieron abandonar la zona de confort para emprender ese largo viaje que permitió y permitirá seguir dejando huellas y contribuir a cambiar la vida de muchas personas.

"Creemos que lo mejor que le puede pasar a un ser humano es sentirse útil y nosotros hoy nos sentimos útiles. Sentimos que pudimos transformar las palabras en acción y eso no tiene precio. Todas estas experiencias nos cambiaron la manera de ver las cosas, que hay problemas realmente graves. Hoy por hoy nos sentimos personas íntegras, seguras y, sobretodo, decididas a continuar lo que venimos haciendo. Hemos encontrado nuestra misión en esta vida y esa misión tiene que ver con ayudar a que más personas puedan lograr alcanzar sus sueños, aun si esos sueños son tan básicos como los de un plato de comida, una vivienda, un trabajo y educación".

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