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Cor@zones

Se enamoró, lo ayudó económica y emocionalmente y se llevó una sorpresa

Señorita Heart
(0)
22 de noviembre de 2019  • 00:27

Se conocieron una noche de verano en la costanera porteña. Él estaba ahí, con su sonrisa y su grupo de amigos, y ella, que apenas se encontraba a unos metros, no pudo dejar de mirarlo. Tenía algo diferente, aunque en aquel instante Julieta no pudo descifrar bien qué. Ella también iba acompañada por sus amigas y pronto, gracias al carácter extrovertido de Valeria, juntaron mesas y le dieron comienzo a un nuevo ciclo de amistad.

A ese fin de semana le siguieron otros, primero salidas grupales de noche, luego asados y piletas y, al cabo de un mes y medio ya todos se consideraron amigos. Eran muy jóvenes, tenían unos 22, una edad en donde los círculos multitudinarios de amistad suelen florecer fácilmente. Pero lo de Darío y Julieta trascendía la camaradería y pronto se pareció más al amor.

Una noche con amigos.
Una noche con amigos.

Primero hubo besos de bar, apartados de sus conocidos y, con el tiempo, llegaron las salidas de a dos: a lugares nuevos, paisajes distintos y películas en donde no primaba la distracción, ya que los dos eran amantes del cine. Aunque, para ser sinceros, Darío más que ella. "Un día, a la salida de ver una película, nos sentamos en un pasillo de shopping y me contó que estaba estudiando Imagen y Sonido porque anhelaba convertirse en director. También me confesó que antes de ponerse a trabajar al cien por ciento quería conocer Europa. Por mi parte, le conté que amaba las letras y que soñaba con convertirme en editora", rememora Julieta.

Dar por amor

Darío provenía de una familia de clase media baja, estaba becado y apenas le alcanzaba para el colectivo y los apuntes. Julieta, en cambio, venía de una de clase media alta, y decidió que siempre invitaría la cerveza, lo alcanzaría a su casa si sus padres le prestaban el auto y le daría el peso que le faltaba para que jamás dejara de ir a la facultad, deseaba con toda su alma que cumpla sus sueños. "Me había contado que había superado una enfermedad bastante grave y me mostró las múltiples cicatrices de las operaciones; me conmoví por su coraje, por su sonrisa eterna, por sus ganas de vivir sus sueños", cuenta ella.

La relación creció, se veían varias veces por semana, hablaban todos los días por teléfono y ella comenzó a sentirse enamorada. "Ya había pasado un año, pero había una ex que él no podía olvidar del todo y los te quiero no llegaban, hasta que una noche, en un bar, tomé valor y se lo confesé. Darío me miró extrañado, como halagado por mi valentía, pero inhibido porque no encontraba las palabras. Finalmente me dijo que creía que no le pasaba igual: sí te quiero, me dijo, pero creo que no de la forma que vos lo hacés".

Besos por la noche.
Besos por la noche.

Con el corazón destrozado, Julieta decidió tomar distancia, sería lo más sano hasta que el tiempo lo curara todo. Aparte estaba enojada, muy enojada, se sintió usada, y maldijo haber hecho tanto por él sin haber recibido siquiera un agradecimiento.

Tal como anhelaba, el tiempo sanó las heridas y conoció a otro hombre. "Entonces un día me llamó para decirme que lo había pensado, que me extrañaba y que también me quería, ¿pueden creerlo?", ríe, "Realmente habían pasado muchos meses, tenía mucho orgullo y le dije que había llegado tarde".

Diez años después y una lección de amor

Una década más tarde se volvieron a cruzar de casualidad en un bar y, sin dudarlo, se sonrieron y abrazaron con fuerza. "¡No te lo puedo creer! ¿Qué es de tu vida?", le preguntó él. "Bueno, me recibí, estoy escribiendo y hace poco cumplí mi sueño y empecé a trabajar en una editorial", le contó Juli. "¿Y vos?". Aunque Julieta ya sabía por una amiga en común, él también había cumplido su sueño y trabajaba como director audiovisual en un reconocido canal. Darío se lo confirmó, así como el hecho de que había vivido en Europa por un año, algo que ella desconocía. Se observaron con orgullo y admiración y él la invitó a salir un día para ponerse al día.

La pasó a buscar y fueron a un lugar de agrado para ambos. Charlaron, rieron, recordaron viejos tiempos y se felicitaron por sus logros, pero fue un gesto en especial el que ella recordaría de por vida. "Me dijo: mirá la carta y elegí lo que quieras sin dudarlo. No sabés lo feliz que me hace haberte reencontrado, y este gesto es una pavada. Jamás te di las gracias y en todos estos años me sentí muy mal por eso, fui muy egoísta, pero quiero decirte que nunca olvidé todo lo que hiciste por mí y no me alcanza el mundo para devolvértelo. Gracias de todo corazón", relata Juli, "Recuerdo que llegué a casa y lloré de la emoción".

Reencuentro.
Reencuentro.

"Esa noche nos besamos, pero fue una despedida. Teníamos más de treinta y nuestros corazones ya habitaban en otros lugares. Estuve enamorada de él y tal vez él también de mí, pero ahora éramos otras personas, aunque no importó, porque ese día recibí un regalo enorme de la vida. Entendí que ambos nos habíamos obsequiado el tesoro de luchar por nuestros sueños ¡él me había inspirado con su pasión! Y comprendí que dar de corazón siempre es lo correcto, sin importar que la persona no lo pueda percibir y agradecer en el momento. Un día, de una manera u otra, la vida recompensa. O, mejor aún, la misma persona te brinda el reconocimiento, aunque sea diez años después. Para mí fue una gran lección de amor", concluye conmovida.

Todas las historias recibidas corresponden a lectores de la columna. Si querés contarle tu historia a la Señorita Heart, escribile a corazones@lanacion.com.ar con todos los datos que te pedimos aquí.

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