srcset

Grandes Esperanzas

Se tiró de un barranco y subestimó el peligro: "Todo se puede, pero debemos medir riesgos"

Carina Durn
(0)
1 de noviembre de 2019  • 00:22

Iván Place nació en 1967 en San Juan, lugar que lo vio crecer y en donde vive hasta el día de hoy. Desde muy temprana edad su pasión por la tierra y la crianza de animales fue notoria, por lo que en el año 1980 comenzó a cursar en la escuela de Fruticultura y Enología para adquirir mayores conocimientos de aquel mundo. Cuando no estudiaba, el joven pasaba su tiempo en el campo de su abuelo, colmado de olivos, parrales y caballos. "Podía percibir cómo ese estilo de vida me entusiasmaba cada día más. Mi sueño era recibirme de enólogo e ingresar luego a la carrera de ingeniero agrónomo", rememora.

El 11 de enero de 1983, sin embargo, su vida dio un giro inesperado que cambió su destino para siempre. Se encontraba de vacaciones en Calamuchita junto a sus amigos, cuando decidieron ir al río a pasar un buen rato y refrescarse. "Teníamos quince", cuenta, "Siempre me tiraba de cabeza al río desde un barranco de aproximadamente cuatro metros de altura. Subestimé el peligro y al zambullirme inmediatamente dejé de sentir mi cuerpo, intentaba salir a la superficie, pero no reaccionaba ninguna parte de mí, no podía mover nada más que la cabeza. En ese momento de desesperación intenté mantener el aire lo más que pude y quedé con la cabeza hacia abajo flotando".

Sus amigos creyeron que se trataba de una broma, cosa habitual en Iván, pero al cabo de unos tres minutos se dieron cuenta de que no era un juego, corrieron a socorrerlo pero el agua comenzó a arrastrarlo hasta que finalmente lograron sacarlo y trasladarlo al Hospital Español en donde quedó internado en terapia intensiva. "Recuerdo que me pusieron una tracción en el cráneo y de ahí colgaba una soga con una pesa de 5 kilos. Pensaba que al cabo de quince días volvería a casa".

Pasión por el campo.
Pasión por el campo.

Un largo regreso a casa

La vuelta para Iván fue más larga de lo esperado, lo trasladaron a Buenos Aires en donde permaneció internado por dos meses, lo sometieron a operaciones cervicales, y tuvieron que enyesarle cabeza, cuello y pecho; lo único que quedó libre fueron las orejas, los ojos y la boca. Tiempo después, comenzó su trabajo de rehabilitación y su lucha para recuperar la mayor cantidad de músculos posibles en el centro ALPI. El 16 de diciembre le dieron el alta luego de casi un año de internación. La doctora le explicó que no podía recuperarse más de lo que ya había logrado, que era movilidad del cuello, hombros y la parte proximal del brazo izquierdo, que le permitía que su mano llegara hasta su boca. Ahí se enteró: había quedado cuadripléjico.

"Después de tanto tiempo, nunca había pensado regresar en ese estado físico a casa. Y a partir de allí empezó la ardua carrera por tratar de superarme cada día un poco más, física y emocionalmente. El primer año me costó mucho. Decidí terminar la escuela secundaria, pero no me dejaron por tener materias prácticas, por lo que tuve que culminar rindiendo libre en la Escuela San Martín. Pensé estudiar abogacía, pero realmente no me gustaba, hice cursos de computación, me inscribí en la facultad para ser programador, pero lo cierto es que mis ojos y mi mente seguían en el campo".

Entre amigos.
Entre amigos.

Hacia su primer amor

Con la llegada del año 1992, un equipo de rugby le ofreció al joven la posibilidad de ser su entrenador. Iván, que había practicado con éxito el deporte en su primera adolescencia, decidió aceptar el desafío y ese año salieron campeones. "Un jugador me dijo que había pensado que si con un entrenador que camina nunca lo habían logrado, con uno en silla de ruedas iba a ser peor. Me lo contó, me dio un beso en la frente, me pidió disculpas y me dijo que contara con él para lo que quisiera y necesitara. Seguí entrenando equipos de rugby y, en 1994, viajé a Europa en una gira con mis ex compañeros del club y seguí transitando la vida como cualquier persona".

Con los años, Iván comenzó a entender que sus sueños, en circunstancias y situaciones diferentes a las imaginadas, de a poco se le cumplían. Comprendió que todas las trabas que creía que serían las mayores no lo eran y solo habitaban en su mente: con el tiempo pudo hacer las actividades de campo que tanto había anhelado en su silla de ruedas e incluso volver a montar a caballo una vez más. "No fue fácil aprender a desplazarme entre cascotes, callejones y potreros arados, pero aun así seguí", afirma emocionado, "Llevé caballos de raza árabe a mi finca, y mi hermano decidió anotarse para correr una carrera de Endurance de 25 kilómetros, hace ya 9 años. Hoy armamos un equipo llamado `Mercedario´ con el que vamos a competir a Buenos Aires, Córdoba, Río Cuarto, entre otros lugares. En un viaje a La Pampa me preguntaron si quería subir a un caballo, y yo respondí que sí. Después de 25 años volví a montar, aunque me dio mucho miedo porque recordé las tantas veces que lo había hecho y me había caído cuando todavía podía caminar. Entonces decidí que en adelante iba a disfrutarlo desde abajo, acariciándolos y acompañándolos".

En su tierra amada.
En su tierra amada.

Volver a intentar, siempre

Iván, que se recibió de técnico en Higiene y Seguridad Industrial en el 2013 y fue ganador del Premio BIENAL 2019 de ALPI, actualmente da charlas donde se brinda como ejemplo. "Siempre digo que todo se puede en esta vida, pero también que debemos observar y medir riesgos. Si no prestan atención a sus actividades y no saben medir el peligro o las consecuencias de sus acciones, pueden terminar mal como me ocurrió a mí al haberme confiado de que lo que hacía no me iba a causar ningún daño. Es solo un segundo, un instante y eso puede cambiar toda una vida".

A pesar de que asegura que la discriminación a veces se siente fuerte, como aquella vez que quiso comprar con tarjeta de crédito en una conocida tienda y no lo dejaron porque no podía firmar, Iván asegura que no se priva de hacer nada que no esté a su alcance como, por ejemplo, ir a la cordillera. Sus amigos lo llevan alzado, con la silla al hombro y él realmente disfruta de esos momentos con mucha intensidad.

En la entrega de premios ALPI junto a sus amigos.
En la entrega de premios ALPI junto a sus amigos.

"Sigo metiéndome al agua en canales, ríos, lagos y mar. Al agua no le tengo miedo, siempre que tenga un buen salvavidas. Mis familiares y amigos me han ayudado incondicionalmente y me ayudan a seguir adelante con la vida, enfrentando todos los problemas que se puedan presentar. Me dicen así mismo que, cuando se sienten mal, se acuerdan de lo que pasé y cómo estoy hoy y eso les da energía para sobreponerse y darse cuenta de lo que realmente es importante. En la vida cada uno se impone los límites, nada ni nadie nos los pone. Yo siempre voy e intento, y si no puedo vuelvo a intentar. Será porque soy muy testarudo o perseverante", asegura.

"Cuando fui entrenador de rugby de varias divisiones inferiores siempre traté de llevar este mensaje a los chicos poniéndome de ejemplo, no sólo por la secuela que tuve, sino también por la decisión de nunca bajar los brazos, nunca ceder ante las adversidades, mirar siempre para adelante. La vida te da otras oportunidades si querés tomarlas. Las personas perseverantes triunfan donde las otras terminan por fracasar", concluye con una gran sonrisa.

*

Si tenés una historia de resiliencia propia, de un familiar o conocido que quieras compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar .

ADEMÁS

MÁS LEÍDAS DE Lifestyle

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.