Sebastián Girona: "Las parejas deben aprender a pelearse"

Fuente: LA NACION - Crédito: Santiago Cichero/AFV
Laura Reina
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11 de mayo de 2019  

Hace años que su ámbito dejó de reducirse exclusivamente a las cuatro paredes de su consultorio. Puede estar en un estudio de radio con Clemente Cancela, con quien comparte desde hace años una columna sobre vínculos primero en Gente Sexy y ahora en Sexy Pipol (por @escuchocongo, una plataforma online desde donde se transmite el programa), en un escenario del Teatro Border donde presenta la obra que escribió junto con uno de los actores, Terapia en escena, o en una sala de la Feria del Libro donde la semana pasada presentó Cada cual por su lado, un extenso diagnóstico de la actualidad de muchas parejas. Y en cada espacio el psicólogo Sebastián Girona se mueve con la naturalidad con la que lo hace en esa caja de resonancia de conflictos en la que suele transformarse el consultorio de un psicoanalista. Salir de ahí, tomar un poco de aire, se volvió imprescindible para él. "Siempre me gustó comunicar, y después de haber logrado una cierta base teórica en años de consultorio, sentí que era el momento de salir un poco de ahí".

-¿Cuándo empezó a interesarte el tema de los vínculos de pareja?

-Empecé a ver que en la terapia individual saltaban siempre problemas de pareja. Es el vínculo complejo que le cuesta a mucha gente. Hay muchas parejas que la pasan mal porque hay muy mala distribución del poder dentro de esa relación. Parejas que terminan siendo muy asimétricas, como un jefe y un empleado o una madre con el hijo. También empecé a notar una distancia emocional dentro del vínculo, que termina siendo otra asimetría donde uno de los dos se aleja tanto que el otro termina sintiéndose más solo que si no tuviera pareja.

-Parece contradictorio... muchas veces pasa que se sigue manteniendo una pareja en la que no se es feliz por el miedo a la soledad.

-Sí, es cierto. Pero eso está cambiando. Las que más sienten esta soledad estando en pareja son las mujeres. Hay muchas mujeres "no vistas" por sus parejas que ahora se animan a separarse, que es una gran diferencia respecto de lo que pasaba en la generación de nuestros padres. Hoy se están flexibilizando todos los prejuicios, muchos están cayendo, y se valora más a quien se separa si no es feliz. Una mujer sola que se animó a cortar esa relación es valiente porque entendió que estar en una pareja es para estar bien, más allá de los conflictos que se presentan. Para una mujer que no se siente mirada ni valorada que se separe es una buena noticia.

- Otro concepto que está siendo revisado es el de la monogamia. ¿La infidelidad dejó de ser el gran tema de una pareja? ¿Se la acepta más?

-La monogamia es una construcción cultural, una orden que nos da la sociedad para que nos manejemos en la vida. Empieza con la propiedad privada, para asegurar que esas tierras que ahora son mías queden en manos de mis hijos. Y para asegurarme de que son mis hijos tengo que estar con una sola mujer, y esa mujer estar solo conmigo. Mucha de la falta de deseo que aparece en las personas tiene que ver con la monogamia, con el impedimento de estar con otras personas. Antes el hombre tenía más derechos que obligaciones y la mujer, más obligaciones que derechos. Y dentro de esos derechos que tenían los hombres estaba la infidelidad. Eso está cambiando. La infidelidad se democratizó, puede ser tanto del hombre como de la mujer. Los dos tienen derecho a ser infieles. Antes era la mujer la que perdonaba, probablemente porque no le quedaba otra. Hoy, el hombre, en esa revisión del macho proveedor, también empezó a perdonar. Antes, la infidelidad de una mujer era sinónimo de ruptura. Eso también se ha flexibilizado. Hay parejas que están transitando una infidelidad que después de elaborar esa situación mejoran el vínculo. Por eso la infidelidad es difícil de encasillar. Hay parejas que funcionan y sin embargo uno, o los dos, es infiel. Y también está la discusión de qué es infidelidad. Para mí, el contacto físico marca un límite entre lo que es y no es infidelidad. Pero también es un concepto muy subjetivo.

-¿Qué es una pareja sana desde el punto de vista psíquico?

-Por empezar, una pareja sana no es una pareja que no discute, sino la que sabe resolver los conflictos, que no se le va el vínculo en cada pelea. Por eso digo que hay que saber pelearse. Hay que partir de la base de que los conflictos son inherentes a las parejas en general. Es decir, la pareja va a pelearse. Entonces tiene que aprender a hacerlo. Se trata de agarrarle la mano a cómo resuelve el otro los conflictos, los tiempos de cada uno. Por ahí cuando hay un problema yo lo quiero hablar al instante y mi pareja al otro día porque necesita un tiempo para calmarse y después poder hablarlo. Esas cosas son muy importantes.

-¿Entonces los que se viven peleando y reconciliando si saben cómo hacerlo pueden tener un vínculo sano? Porque también suele pensarse que hay parejas que funcionan así.

-Si el conflicto se instala y esa instalación no les hace ruido a los integrantes de una pareja, entonces tenés un vínculo tóxico. Esas parejas que se pelean y reconcilian todo el tiempo no son sanas. A veces lo que pasa es que esa pareja termina su etapa de enamoramiento, que se caracteriza por tener una gran intensidad sexual, y tiene que empezar a construir un vínculo en profundidad. De esa adrenalina positiva que hay en el principio de una relación muchos pasan a la adrenalina negativa durante ese proceso. Y ahí empiezan a pelear. Pero no está bueno. El vínculo se tiene que bancar que el enamoramiento se termina en algún momento. Es un poco como la vida: no se sabe cuándo se termina, pero no hay duda de que se termina. Y se tiene que terminar. Porque estar "borracho de amor" no te permite construir nada.

-¿Por qué siempre anhelamos esos primeros tiempos y de alguna manera buscamos volver?

-Es que es uno de los mejores momentos de la vida: añorás al otro en todo momento, querés estar sexualmente solo con esa persona, que además creés que no tiene defectos. Pero cada pareja debería encontrarle el gusto a cada etapa. La etapa de construcción no es tan explosiva como la del enamoramiento, pero tiene una estabilidad que también tiene cosas positivas. Nos gusta pensar a la pareja como algo envuelto en cierta magia o misticismo y nos cuesta mucho conjugar la pareja con las palabras "amor" y "esfuerzo". En el único momento que se acepta "trabajar" por la pareja es al comienzo, durante la conquista. Después no queremos esforzarnos más.

-¿Qué sería esforzarse dentro de una pareja? ¿El vínculo no debería tener cierta fluidez?

-Todo se sostiene con esfuerzo: el trabajo, los amigos, la familia. Hacemos cosas que tal vez no nos gustan porque queremos seguir manteniendo ese vínculo. Pero extrañamente, con la pareja no queremos esforzarnos. No estamos hablando de sacar el pico y la pala, sino de considerar al otro, sostenerlo, mirarlo, admirarlo, fomentar el contacto físico. Es prestarle atención a quien está a mi lado. Eso es trabajar por el vínculo, no es algo tan terrible. En general, el hombre es más limitado en esa tarea, le sigue costando ser empático porque implica un compromiso con el otro para entender lo que le está pasando. Y eso no es fácil.

-La famosa comezón de los siete años, ¿se adelantó?

-No existe el contrato eterno en una pareja. El contrato son esos aspectos inconscientes de una relación que suelen ser tácitos. Cada tanto hay que revisarlos, renovarlos. Tal vez antes era a los siete años y hoy probablemente esa renovación sea bastante antes. Se aceleró porque ahora, en general, hay muy baja tolerancia a la frustración.

-Si la infidelidad dejó de ser el gran tema de una pareja... ¿la rutina que implica llevar a delante una familia lo es?

-La rutina es un riesgo silencioso que se va metiendo en la pareja. Los hijos te invitan más a que se instale esa rutina. Lo que me llama la atención en el consultorio es que las parejas no salen solas o salen muy poco los dos. La llegada de los hijos es un cimbronazo porque le tenés que hacer lugar a un tercero que es prioridad. El hombre queda desplazado, la mujer arma una célula con el bebé y algunos hombres no se bancan ese desplazamiento. Es una renegociación forzada del contrato. Y muchos no lo renuevan. Hay estadísticas que muestran que aumenta muchísimo la cantidad de separaciones durante el primer año del bebé.

-¿Por qué son pocas las parejas que después de hacer terapia para salvar la relación siguen estando juntas?

-Básicamente depende del estado en que esa pareja llega a terapia. Es como con la salud: si a una enfermedad la agarrás a tiempo tenés más posibilidades de salir adelante. Acá pasa lo mismo. Si llega después de tres años de conflictos permanentes, incendiada, el pronóstico es reservado. Están las que llegan preventivamente y sin dudas tienen mejor pronóstico. De todas maneras, si la pareja termina separándose después de la terapia, puede llegar a ser positivo. Hay parejas que se tendrían que haber separado hace años y la terapia ayuda a que eso suceda. Una separación civilizada es fundamental. Si la terapia sirve para eso, entonces es valiosísima.

-[Friedrich] Nietzsche decía que las parejas no fracasan por falta de amor, sino de amistad. ¿Estás de acuerdo?

-Los dos factores son fundamentales. Toda pareja tiene un componente erótico y otro de ternura, lo ideal es que estén equilibrados. Hay parejas que tiene muy buen sexo pero muy poco compañerismo y otras al revés. Mantener el equilibrio es difícil, sobre todo a lo largo del tiempo. Pero tu pareja, técnicamente, tuvo que haber podido también ser tu amigo.

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