Sensibilidad en movimiento

A fuerza de optimismo e intuición, Ana María Gabriel se ganó un lugar en el diseño argentino
A fuerza de optimismo e intuición, Ana María Gabriel se ganó un lugar en el diseño argentino
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29 de junio de 2002  

Su romance con la decoración comenzó muy pronto: era apenas una niñita, y ya se dedicaba a ordenar objetos, muebles y accesorios en el hogar paterno. Sin embargo, tuvo que pasar un buen tramo de su vida adulta hasta que decidió dedicarse profesionalmente a esa tarea. "Una vez que crecieron mis hijos, me encontré con que ya no tenía que estar completamente dedicada a ellos -comenta Ana María Gabriel-. Entonces comencé a estudiar lo que más me gustaba."

Siguieron seis años de cursos de decoración y tres de licenciatura en arte. Al término de ellos, y casi sin experiencia profesional, ganó el concurso de Casa FOA 1996. Su propuesta para el paseo de compras de la estancia Abril fue, así, su presentación pública como diseñadora de interiores. "En realidad, he tenido mucha suerte. Cuando me presenté al concurso, sólo había hecho trabajos para amigas o conocidos. A partir de esa presentación empezó mi carrera. Después siguió el primer premio del concurso organizado por la Cámara Argentina de Alfombras, Revestimientos y Afines (Cadara), en 1998, que consistía en un viaje a China; la mención especial por diseño de un porcellanato para Zanon, y la presentación de los baños públicos de Casa FOA 1999. Así que a los concursos les debo un poquito lo que soy", comenta.

Los logros, por cierto, continuaron. En 2000 se encargó del diseño y la construcción de la sala de mascarones de proa del Museo de Artistas Argentinos Benito Quinquela Martín. Un trabajo que mereció el reconocimiento de DArA a la mejor decoradora de ese año, además de un viaje a Milán. Hoy se desempeña al frente de su propio estudio y colabora en la subcomisión de educación de DArA.

Nunca es tarde...

-¿Alguna vez imaginó una vida profesional como la actual?

-Estoy convencida de que si en la época en que me dedicaba a la crianza de mis hijos alguien me decía que iba a trabajar en esto, no le hubiese creído. Realmente empecé mi carrera de grande. Por eso siempre trato de decirles a esas señoras que están en su casa, viendo cómo sus hijos ya comienzan a hacer su propia vida, que no se queden paralizadas: siempre hay oportunidad para hacer un montón de cosas. Lo importante es dedicarse a lo que a uno le gusta y estar abierto a los demás, a sus ideas o sugerencias.

-¿Piensa que el azar también colaboró en todo lo que le pasó en este último tiempo?

-Se me fueron dando oportunidades y nunca dejé de tomarlas. Estuve permanentemente activa, preparando propuestas para concursos o proyectos. Pienso que el movimiento es lo que genera oportunidades; es fundamental no quedarse quieto.

-¿Cuáles considera que fueron sus mejores trabajos?

-El paseo de compras que presenté en FOA y el diseño de la sala de mascarones de proa del Quinquela Martín.

-Respecto de este último, ¿cómo lo encaró?

-Cuando entré en la sala y me puse en contacto con los mascarones... Tienen una vibración, una magia impresionante. Son elementos que estuvieron en el mar mucho tiempo. Esas sensaciones y mi formación fueron sedimentando hasta que nació el proyecto. Para los muros utilicé un tipo especial de metal que les da movimiento; parece que esas paredes hacen olas. Fue un desafío importante que trabajé con las nociones de funcionalidad y armonía.

-Al encarar un diseño, ¿sigue alguna técnica o procedimiento en particular?

-Creo en la energía de los objetos, y que ellos funcionan bien o mal según cómo estén ubicados en el ambiente. Por otra parte, un proyecto no se termina hasta que no siento que esa ambientación gira sobre sí misma. Yo me paro en el lugar, y si lo siento vibrar me digo a mí misma: "Se logró la armonía; el trabajo está finalizado".

-Sin embargo, es un método intransferible, muy subjetivo...

-Sí, me guío por las sensaciones. Tengo una base, que es lo que estudié; eso es fundamental para todo profesional. Pero después está algo más difícil de definir, eso que solemos llamar intuición. Muchas veces no sabemos por qué, pero hay algo en nuestras casas que hace que nos sintamos incómodos. En ese momento entra el decorador, como un aliado del buen vivir, y percibe cuáles son los elementos que, con otra disposición, nos harían sentir mejor. Una de las cosas más difíciles de lograr es vivir en armonía, sobre todo en la propia casa. Y, hoy más que nunca, con todos los problemas que se viven en el exterior, es importante que sea un refugio. Estoy convencida de que el diseño de interiores no es un lujo, es una necesidad.

-¿Existe un estilo Ana María Gabriel ?

-No puedo afirmar que las casas que decoro tienen un sello propio que se pueda identificar de inmediato. Mi misión es responder a los gustos y necesidades de la persona que me contrata. Ni siquiera en mi propia casa donde vivo con mi familia. Por lo tanto, representa un poco el criterio de todos los que la habitamos. Sí puedo decir que me gusta mucho jugar con transparencias: vidrios, resinas sintéticas, elementos que permitan el fluir del agua. Creo que mi realización en el Museo Quinquela Martín y el diseño de los baños de Casa FOA son los trabajos públicos que más me representan.

-¿Cuáles fueron los mejores momentos que le aportó su profesión?

-Es como parte de mí. Me brinda eso: vivir plenamente. Diseñar me resulta tan importante como respirar. Quizá sea una frase que utilizaron muchos otros, pero es una realidad. No digo que sin diseñar no podría vivir, pero con este trabajo logro la mayor plenitud. Es una actividad muy especial, que permite comunicarte con objetos bellos y con los artistas que los realizan. A veces creo que los diseñadores estamos como tocados por una varita mágica. Vivimos en permanente contacto con nuestro interior y eso nos brinda la posibilidad de que día a día nuestra sensibilidad se vaya desarrollando.

Modelos y precios

  • Base: de vidrio transparente trabajado con forma de hoja, $ 94 (Bepinel).
  • Floreros: cilíndricos de vidrio transparente, desde $ 18 (Bepinel).
  • Portavelas: cilíndricos, en resina, desde $ 10 (Bepinel).
  • Cenicero: en vidrio soplado, $ 24 (Bepinel).
  • Lámparas: de mesa, en resina blanca pintadas con colores vivos, desde $ 40 (Babel).
  • Lámparas: colgantes, en resina amarilla y naranja, desde $ 50 (Babel).
  • Cortina: en resina, $ 250 (Bacano).
  • Apliques: en vidrio, desde $ 100 (Bacano)
  • Lámparas: de mesa, con tulipa de vitraux, $ 200 (Bacano).
  • Lámparas: de pie o de mesa, de hierro reciclado, desde $ 200 (Bacano).
  • Fuentes consultadas: Estudio A. M. Gabriel: 4780-2272. Bepinel: Arenales 1143. Babel: Serrano 1542. Bacano: Armenia 1544.

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