Ser en obra

Guillermo Jaim Etcheverry
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27 de julio de 2008  

En oportunidad de presentar su último libro, El enigma del sufrimiento, Santiago Kovadloff mantuvo un revelador diálogo con Hugo Caligaris. Mucho de lo que se dijo en ese encuentro merecería ser comentado. Quisiera, sin embargo, detenerme en una frase del autor que replantea una cuestión esencial para comprender la crisis actual de la educación. En un pasaje de su exposición mencionó el hecho de que las personas prefieren, cada vez más, "la felicidad de ser a la tarea de construirse". Una síntesis excepcional de lo que hoy sucede.

Tradicionalmente se interpretó que la evolución de la persona era el resultado de una laboriosa tarea de construcción. La familia, primero, y la escuela, después, eran responsables de realizar aportes esenciales a esa labor, el bildung de los alemanes, que es, a la vez, educación y construcción. Se interpretaba que, como siempre supone edificar algo, la tarea de construirse como persona demandaba un sostenido esfuerzo. Estimulado y guiado por padres y maestros, cada uno de nosotros emprendía esa aventura, inexcusablemente individual, de "hacerse" persona. Resulta innecesario señalar que no se trataba de un hacerse aislado sino junto con los otros e, idealmente, con el objetivo puesto en servirles.

Pero para emprender esa tarea resultaba inexcusable haber tomado conciencia de la necesidad de "construirse", de verse a uno mismo como un trabajo inconcluso, un esbozo de persona abierta. De vivir, en fin, en un inestable estado de "ser en obra". Además, con la certeza de que ese proyecto no se concretaría por completo en el lapso tan fugaz del que disponemos para intentarlo.

Esa visión sobre nosotros mismos se está perdiendo aceleradamente. Resulta innecesario detenerse en las numerosas demostraciones del hecho de que hoy se prefiere la inmediata "felicidad de ser", de ser así como se es: simple, sin trabajo de elaboración alguna. No es casual escuchar a muchos jóvenes, carentes de toda experiencia y no pocas veces desprovistos de las brújulas intelectuales que les permitan orientarse en la realidad del mundo, decir que ellos "son así". Lo afirman con un orgullo desafiante. Se conciben cerrados, desinteresados por cambiar, hasta por considerar que tal vez existan alternativas. No se ven empeñados en el laborioso proceso de ser, sino que han sido convencidos de que ya son. Impermeables, creen que nada tienen por aprender de los demás, que padres y maestros no pueden aportar a su construcción. Que eso que tan fácilmente han llegado a ser, a consecuencia de la invasión silenciosa del ruidoso mundo que los rodea, es ya el producto final, concluido. Lo peor es que alcanzan esa felicidad de ser de manera pasiva, sin realizar esfuerzo alguno. Es más, lo hacen mediante la diversión y el goce.

¿Para qué esforzarse en la tarea de construirse si se es feliz con eso que, sin esfuerzo, ya se es? El desafío esencial de la educación actual es, precisamente, el de volver a convencer a las nuevas generaciones de que su principal tarea es, precisamente, la de construirse activamente. Que es preciso tomar la decisión consciente de encarar ese esfuerzo, ya que sin ser no hay posibilidad de experimentar la felicidad de ser.

Mientras ofrezcamos a nuestros jóvenes el engañoso espejismo de creer que esa felicidad es posible escapando a la responsabilidad de edificar su ser, no será posible reconstruir la educación. Debemos ayudarlos a ver una realidad que hoy se les oculta con la intención de convertirlos en dóciles instrumentos de un mercado que los prefiere así, primarios y felices de serlo, en lugar de concebirlos empeñados en la tarea de construirse cada día. Esto supone no sólo esfuerzo, sino también el desarrollo de una conciencia crítica considerada peligrosa. Debemos convencerlos de que la felicidad reside en advertir que tienen la capacidad singular de construirse permanentemente ya que son, somos, "seres en obra."

revista@lanacion.com.ar

El autor es educador y ensayista

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