Sexo con cosquillas. 5 respuestas acerca del tickling

Fuente: OHLALÁ! - Crédito: Shutterstock
Denise Tempone
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26 de junio de 2019  • 13:48

Muchas de nosotras estamos al tanto de que existen comunidades devotas al "tickling", es decir, a producir o a someterse a la risa mediante técnicas, artefactos y eventos creados especialmente para eso, pero la mayoría las vemos mucho más como una excentricidad que como una opción. Aún así, en los medios suelen surgir notas sobre los beneficios que podrían tener para nuestro organismo, para nuestra pareja, para nuestra vida sexual y sobre lo interesante que podría ser para la gente no fetichista experimentar con cosquillas. ¿Realmente nos estamos perdiendo de algo? Se lo preguntamos a la doctora Silvia Ongini, psiquiatra y estas son sus respuestas.

¿Por qué las cosquillas nos llevan a un umbral entre la risa y la aversión?

Las cosquillas son una sensación que experimentamos en algunas partes del cuerpo cuando son ligeramente tocadas. También pueden originarse cuando creemos que nos va a tocar. Aunque inicialmente para algunas de nosotras pueden ser placenteras, fácilmente llegan a ser desagradables. El límite entre el placer y la absoluta molestia, en las cosquillas, es borroso. Por eso pueden ser una hermosa manera de hacer reír a alguien pero también una horrorosa forma de torturarlo. La razón es que representan un estímulo "subumbral", un tipo de sensación que no alcanza para producir total placer pero tampoco total dolor. La forma de decodificar ese estímulo, finalmente, resulta personal. Esta característica hace que, de movida, no se puedan recomendar como una gran experiencia, placentera y sensual, para todo el mundo.

¿Realmente pueden considerarse un gesto sexual?

Hasta ahí nomás. Las cosquillas tienen efectivamente un punto de encuentro con el sexo y es que recibirlas representa un compromiso sensorial muy grande. Tanto cuando te hacen cosquillas como cuando tenés sexo, tus sentidos quedan a merced de la experiencia y en diferentes niveles, hay cierta pérdida de control. La diferencia fundamental es que, mientras el sexo, el placer, nos lleva a querer sumergirnos más en la experiencia, la primera reacción con las cosquillas, es siempre aversiva, evitativa, de autopreservación. Cuando nos hacen cosquillas, automáticamente nos preservamos del otro, tendemos a alejarlo de nuestro cuerpo. La figura de ese "otro" es tan crucial que las cosquillas, de hecho, solo pueden existir en su presencia: no podemos hacernos reír a nosotros mismos con nuestro propio roce, porque no podemos engañar al cerebro. El requisito para provocar la reacción es que el roce o el amague de roce, venga de parte de otro. Cuando te prestás a este juego, te estás prestando, básicamente, a un rol de sumisión.

¿Y qué le produce placer a los provocadores de cosquillas?

Para entender este juego tenemos que hablar de poder. A la hora de explicar conductas sexuales que ni siquiera implican un contacto físico, debemos contemplar dimensiones psicológicas relacionadas al control y el fetichismo. Provocar risas, así como provocar dolor, no deja de ser una forma de tener efecto sobre alguien. Si los pies o brazos de la otra persona están atados, entonces, la dominación es total. Por esta razón el Tickling se considera una subcategoría del sadomasoquismo y contempla los mismos pactos de común acuerdo, la palabra de seguridad para marcar límites y una confianza total entre personas.

¿Es cierto que algunas personas pueden alcanzar el orgasmo con las cosquillas?

Bueno, hay de todo en la viña del Señor pero no, no es cierto. Es bastante frustrante leer artículos que prometen eso porque no es, para nada, una reacción fisiológica a esperar. Las cosquillas pueden despertar un juego cómplice entre dos personas o convertirse en un pacto para buscadores de sensaciones más extremos. Para estos últimos, objetivo e las cosquillas más extremas no es necesariamente provocar placer en la otra persona sino generar la sensación de pérdida de control.

¿Existe gente que no siente cosquillas?

No mucha. La mayoría tenemos en mayor o menor grados en diferentes áreas del cuerpo. Este gesto es tan natural que, en ciertos casos, la ausencia de cosquillas puede denotar un alteración de la sensibilidad y de respuesta del cerebro.

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