Sexo y pareja: ¿da para blanquear esta relación?

Todo fluye, pero en el momento de abrir el vínculo a los demás, jugás a las escondidas. ¿Qué onda?
Todo fluye, pero en el momento de abrir el vínculo a los demás, jugás a las escondidas. ¿Qué onda? Crédito: Inés Tanoira. Producción de Vicky Dorin.
Cynthia Consoli
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7 de enero de 2019  • 13:53

El WhatsApp está a full todo el día. Se ven, salen y empezaron a compartir cierta cotidianeidad. Estás saliendo con alguien desde hace un tiempo y la cosa parece fluir. Sin embargo, medio porque querés hacer eternas las mieles, la adrenalina o el misterio de los comienzos y medio porque algo te está frenando, no te da para blanquear la relación.

Como suele pasar, la millonésima vez que te escuchaste responderle a él, a alguna amiga o a vos misma "por ahora estamos bien así", tus propias palabras hicieron ruido. ¿Por qué estás taaan cómoda puertas adentro? La verdad es que ya pasaron meses, la están pasando bárbaro y no hay impedimentos de ninguno de los dos lados para abrir el juego y empezar a compartir algunos espacios con tu entorno. Pero vos siempre sentís que todavía falta. ¿Tu pie de plomo es de puro precavida o hay algo más que te impide avanzar?

Explorá tus motivos

Para iluminar un poco el panorama, el primer paso sería preguntarte –y escuchar las respuestas sinceras– sobre los fundamentos que están retrasando el asunto de sacar a la luz a tu candidato. ¿Qué te detiene? ¿No te termina de "cerrar"? ¿Hay algo de su perfil que te da un poco de vergüenza? ¿Ya presentaste mil novios y siempre se pincha? ¿No querés pasar a otro nivel de compromiso? ¿Tenés hijos y preferís estar segura de que sea una relación más seria antes de que otras personas lo conozcan?

Si bien puede haber muchas más razones, y todas pueden parecer diferentes, se cruzan desde el principio en raíces parecidas y caminan hacia el mismo lugar. Todas llevan a un cierto estancamiento, a una relación que preferís mantener medio paralizada en un "gris", cuando ya parece haber alcanzado el punto de madurez suficiente como para dar un paso más. Y todas estas causas vienen a hablarte de mecanismos tuyos que –si estás leyendo esto– estás a punto caramelo para empezar a desactivar.

Debajo de la superficie

Seamos honestas. Desde la diferencia de edad hasta el look, pasando por el nivel de estudios y la forma de hablar, somos capaces de encontrar una infinita lista de pretextos para poner en duda si llegó el momento o es cauto seguir esperando. El tema acá es que si te estás resistiendo a blanquearlo porque te da cosa su aspecto o algo de su personalidad, te estás olvidando de algo fundamental: la persona en cuestión no te tocó en un sorteo, ¡la elegiste vos! ¿Te apuran del otro lado o no te bancás tu elección? ¿No será que te avergüenza que te guste alguien que supuestamente no debería gustarte? Porque no es profesional, porque todavía vive con los padres, porque no es Brad Pitt, porque tiene hijos, porque tiene una pila de años menos o por el corte de pelo que se hizo y que no te copa demasiado. Muchas veces, demasiada autoexigencia nos lleva a evaluar al otro con la misma check list de pretensiones y presiones que ejercemos sobre nosotras mismas, y ese "mambo" interno impide relajar. Son los prejuicios, como instrumentos de esa autoexigencia, los que te aseguran que, por h o por b, vos no deberías estar saliendo con él. Pero lo cierto es que estás y, hasta ahora, lo único que está impidiendo esa lista es que no termines de hacerte cargo. Quedás medio presa en algo del estilo "Yo soy arquitecta, no debería salir con alguien que no es profesional. Pero estoy, entonces no lo presento".

Otro factor clave es la mirada de los otros. Cuando se trata de nuestro entorno más cercano, tiene un peso enorme. El problema aparece cuando ese peso es excesivo y te condiciona a la hora de presentar una pareja, porque probablemente también esté metiendo las narices en otros aspectos importantes de tu vida. Si la opinión de tus amigas o de tus viejos te está limitando en esta situación, seguramente también lo haga en otras y te encuentres no contándoles cosas que te pasaron por lo que puedan llegar a pensar. Si este es tu caso, quizá sea un buen momento para revisar esos vínculos.

¿Y si no estás segura?

Muchas veces, blanquear o no una relación revela la incertidumbre que tenemos sobre ese vínculo. Porque es pronto, porque esperás a que esté consolidado, porque todavía no te sentís segura, porque tenés hijos. Entonces, mejor no. Pero si no lo blanqueás..., ¿hasta qué punto ese vínculo es realmente un vínculo?, ¿hasta qué punto vos estás bancando esa relación si no la compartís con las personas que más querés?

Acá aparece el "factor miedo", que tiene un montón de disfraces. En este caso, también tiene que ver con hacerse cargo. Blanquear una relación que se está poniendo seria o que sospechás que no tiene futuro asusta porque, inevitablemente, eleva las cosas en otro nivel. No es lo mismo haberlo nombrado que presentarlo. Aunque sea un amor reciente, cuando ya pasamos los 30, si introducimos a alguien en nuestros círculos, se supone que por lo menos por algún tiempo estaremos con él. Si eso no pasa –que perfectamente puede no pasar–, sentimos que quedamos expuestas ante toda la parentela a transitar situaciones y preguntas que es mejor evitar. Es un poco miedo a comprometerse con él y también con todos los demás, asumiendo que ahora forma parte de tu vida.

Está bien ser cauta, pero... ¿cuándo la prudencia se vuelve excesiva? Si hace un año que estás poniendo de excusa a tus hijos o esperando a que se ponga más serio, quizás en el fondo haya temores profundos a un vínculo de intimidad real, a que te vea como realmente sos, a un compromiso. O tal vez haya heridas de una experiencia fallida o traumática que te están aterrando por inercia (algo así como "el que se quema con leche ve una vaca y llora").

¿Cómo destrabar?

Dudá de tus certezas. Los prejuicios son creencias que tenemos metidas muy adentro como verdades absolutas. Si siempre estuviste segurísima de que tenías que salir solamente con cierto perfil de pareja, cuando te enamorás de uno que nada-que-ver, a veces se te arma un lío tremendo. La primera herramienta es cuestionar esas convicciones desde donde los prejuicios condicionan tu conducta. Poné entre signos de pregunta la opción: "¿y por qué no?".

Flexibilizá la vara. Si estás condicionada por tu altísima autoexigencia, es un buen momento para recordar que vos solita la pusiste allá arriba. Y que también tenés el poder de correrla, moverla, adaptarla al momento de tu vida que estés atravesando y a tu propia evolución cada vez que quieras. Esto también tiene que ver con tu flexibilidad a la hora de revisar qué te impide hacer lo que querés. Si lo que te frena es la pila de requisitos, prejuicios o prudencia pasada de rosca, tenés la opción de desarmar ese bloque y concentrarte en lo buena que podría ser la otra opción.

Sacale la ficha al miedo. Es clave diferenciar si sos cauta o tenés algún miedo disfrazado de precaución. En este último caso, la mejor receta es enfrentarlo de a poco. Nadie espera que des a conocer al candidato en una megafiesta en la que estén tu familia, tu jefe, tus compañeros de laburo, tus ex y tu grupo del colegio, porque eso no va a ayudarte para nada. Pero podés presentárselo a una amiga primero y después a otra, sin caer en que esa gradualidad se convierta en una nueva excusa para dar un minipasito y quedarte ahí. ¿Y si el disfraz te frena porque puede no ser el indicado? No es un motivo sólido para mantenerlo en penumbras. Lo de "el indicado" sale de una lista poco realista con la que jamás podríamos medir a ninguna pareja de carne y hueso. Sí es esperable que en algún momento sientas que hay una persona con la que querés compartir un montón de cosas y proyectarte, pero ¿de verdad hay que tener ganas de jurarse amor eterno para llevarlo a comer pizza con tus amigos? Sería cargar el vínculo de una responsabilidad que no viene al caso.

Soltá las presiones. Un buen ejercicio es criticar la importancia que le das a la mirada de los demás. Quizás estás dotándola de un poder determinante que no suma. Otro, ensayar un pensamiento más realista y asumir, sin tantas expectativas, que tu pareja no tiene que maravillar a todas tus amigas y primas, a tu papá y a tus hermanos. Que a muchos les va a caer bomba, a otros "ni fu ni fa" y a otros les va a parecer un tarado, un genio, un divino o antipático, como seguramente a vos también te pasa con las parejas de los demás. Por último, hacé el ejercicio de ablandar tu pensamiento y liberate: con que te guste a vos es más que suficiente.

Confiá en vos. Lo más importante para que puedas hacerte cargo de tu elección es revisar cómo estás de autoestima. Trabajá para fortalecer tu propia seguridad personal. Validá tu criterio, confiá en tu intuición y autobancate en todas las decisiones que tomes, con lo bueno y lo imperfecto.

Cuando suena la alarma

Tomemos como metáfora la adaptación a un trabajo. Los primeros tres meses, es normal que estés desbordada en el nuevo escenario. En este período, que seas prudente con una nueva relación es hasta correcto. Entre los 3 y los 6 meses, se espera que estés asentada y más cómoda. En este tiempo, puede pasar que un vínculo de dos se abra a los afectos más cercanos. Después de los seis meses, lo ideal es que estés canchera. Si pasaste ese umbral y seguís sin intenciones de que tu conquista vea la luz, puede estar pasando otra cosa.

¿Y SI TE APURAN? Que te haga un planteo tipo "ya llevamos siete meses, esto se pone más o menos serio..., ¿y vos no me presentás?, ¿qué onda?" es otro buen sensor que puede sonar. Si esto pasa dentro de los confines del sentido común (que no lleven una semana saliendo, que realmente esté todo bien, que hayan hecho algunas cosas juntos), es una demanda sana que revela un buen síntoma. Si la otra persona tiene esa necesidad y vos respondés a esa exigencia, está buenísimo y puede funcionar. Va a impactar de manera positiva en su autoestima y en el vínculo que están construyendo.

QUE NO TE PASE. No está bueno que la presentación suceda por obra y gracia del destino. La idea es que elijan juntos cuándo y cómo. Por eso, que tus amigos se enteren del romance porque los engancharon a la salida del cine o que tu mamá lo conozca súbitamente en el supermercado porque no alcanzaste a esconderte detrás de los congelados, lejos de ser un avance, es otra variante de no bancar tu elección. Y un bajón.

LUZ VERDE. Hay síntomas que indican cuando las condiciones están OK: que te sientas bien, que tengas ganas de verlo y que exista algún nivel de enamoramiento son bases necesarias. Pero hay otro indicio de que es un buen momento: un proyecto, por más simple que sea, es la fantasía de que dentro de ese tiempo –dos semanas, dos meses o cinco– van a seguir juntos. Planear un finde en la playa, por ejemplo, genera la sensación de que la pareja empieza a tener futuro. Pone de manifiesto que están pasando cosas copadas, las ganas de compartir cada vez más y que se están pensando juntos. Si están en ese mood, ¡metele! •

Experto consultado: Sebastián Girona, psicólogo especialista en vínculos, Sebastiangirona.com.ar.

Agradecemos a Zhoue, Acero Soho, Le Loup y Casa Cavia su colaboración en esta nota.

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