Silencio

Guillermo Jaim Etcheverry
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5 de febrero de 2012  

En un libro de memorias publicado en 1922, Charles Chaplin afirmaba: "¡Qué pocos de nosotros sabemos disfrutar de ese don universal que es el silencio! Quizá porque no se compra. Los ricos compran ruido. Nuestra alma se deleita con los silencios de la naturaleza, que no se niegan nunca a quienes los buscan." Para confirmar esa impresión basta con mirar alrededor: vivimos en medio del estruendo. Construimos un entorno cada vez más ruidoso, posiblemente porque tememos enfrentarnos al silencio que nos obliga a encontrarnos con nosotros mismos, a recorrer nuestro interior.

El ensayista y novelista inglés Pico Iyer, uno de los más reconocidos escritores sobre viajes, ha dedicado muchos de sus artículos a analizar el significado del silencio. En uno de ellos reproduce una frase de Herman Melville, quien señala que "todo lo profundo está relacionado con el silencio y rodeado por él." No es casual que los ámbitos destinados a los cultos religiosos sean silenciosos. Es en ese entorno en el que podemos escuchar algo diferente al estruendo del mundo, nuestro interior. En el silencio la mente queda como suspendida y, cuando cesan las palabras, nos inundan y controlan los sentimientos.

La música es una prueba de que el silencio se escucha. Recuerdo una conversación pública que mantuve hace ya algunos años con Daniel Barenboim cuando me correspondió el honor de entregarle una distinción académica. Le pregunté entonces sobre el papel del silencio en la música. El maestro respondió que está indisolublemente integrado al sonido y viceversa, porque la primera nota adquiere su expresividad sólo en relación con el silencio que la precede. La relación entre el silencio y el sonido, estrecha y permanente, es comparable, dijo, con la ley de gravedad de Newton, ya que el sonido es atraído por el silencio. Por eso, la expresividad de la música depende no sólo de las notas, sino del silencio, ya que cada nota que tocamos, cantamos o escuchamos está en relación permanente con el silencio. Por ejemplo, en momentos de intenso dramatismo, éste puede llegar a ser mucho más potente que el sonido que lo precede.

El escritor nigeriano Ben Okri ha señalado, con acierto, que "cuando el caos es la deidad de una época, la música estruendosa se convierte en su principal instrumento." De allí que en una realidad esencialmente ruidosa como la que nos rodea, el silencio represente la música de otro mundo. El encanto del sonido se percibe cuando cesa, cuando lo reemplaza el silencio que no es sólo la ausencia del sonido sino, más bien, un modo de aproximación a algo más profundo. Como dice Iyer: "A la profundidad que hay por debajo de nuestros pensamientos".

Es en silencio que entramos en contacto con esa calma que se encuentra en algún sitio dentro de nosotros. Es en silencio donde podemos escucharnos pensar, pero, en verdad, donde logramos sumergirnos dentro de nosotros mismos. En verdad, la experiencia de la realidad adquiere su verdadero valor cuando logramos transportarla a ese ámbito inmóvil al que volvemos. A su vez, el hecho de prestar atención al silencio que se aloja en nosotros nos permite expresar nuestro interior cuando regresamos al mundo sonoro. El filósofo danés Soren Kierkegaard, quien escribió páginas esenciales sobre el silencio, dijo en 1846: "Sólo una persona que sabe cómo permanecer esencialmente en silencio sabe hablar, y actuar, esencialmente. El silencio es la esencia de la vida interior".

Pero para poder retirarnos a ese silencio debemos realizar un trabajo laborioso, ya que es preciso transformarlo de una ausencia en una presencia, de un vacío en algo cargado de significado. Así como el silencio de la naturaleza se revela rico en sonidos para quien se detiene a escucharlo, el silencio interior también lo será para quien haya logrado enriquecer ese interior, entre otras experiencias, mediante el contacto con lo mejor que el ser humano ha sido capaz de crear.

* El autor es educador y ensayista

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