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Grandes Esperanzas

Sin límites. Es ciega pero luchó por un dispositivo para oír lo que no ve

Jimena Barrionuevo
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16 de enero de 2020  • 14:43

"El límite es el cielo", le dijeron sus padres cuando apenas era una niña. Y, aunque su infancia fue como la de cualquier otro chico, Milagros Soria (20) siempre creció con la fuerte convicción de que no existen las limitaciones. Su llegada al mundo fue anticipada: nació a los seis meses y, como muchos bebés, presentó retinopatía del prematuro, una enfermedad ocular que hace que crezcan vasos sanguíneos anormales dentro de la retina, y puede llevar a la ceguera. Estuvo en incubadora dos meses y una vez que tuvo el alta y logró ir a su casa, fue allí donde su padre advirtió que la menor de sus cuatro hijos no seguía los juegos ni las luces y que el movimiento de los ojos no era normal.

Preocupados, los padres de Milagros volvieron a la maternidad privada de la provincia de La Rioja, donde la pequeña había nacido y exigieron un fondo de ojos. "Su hija no vio nunca ni va a ver", sentenció una médica. Pero los Soria quisieron más respuestas. Empezaron a viajar por todas las provincias: Córdoba, Buenos Aires, San Juan y consultaron a una decena de médicos. Aunque todos coincidían en el diagnóstico, hubo uno en particular que siempre recordarían. Él les dijo que Milagros iba a poder llevar una vida absolutamente normal a pesar de su ceguera. Y así fue que empezó estimulación temprana. Fue creciendo con muchos miedos pero luego esos temores se transformaron en algo sorprendente, cada cosa que hacía era un logro en su vida.

Crecer como no ciega fue una etapa que Milagros transitó con mucha alegría. "Uno va tomando dimensión poco a poco y en mi caso nunca sentí que había cosas que no podía hacer por la discapacidad; al contrario, siempre sentí que había algo que hacer con eso, que había muchas cosas que se podían mejorar. Uno no elige nacer con una discapacidad pero sí elige qué construir a partir de eso". Creció rodeada de muchos amigos. La discapacidad siempre era algo que estaba ahí pero no era centro de atención. "Siempre tuve un grupo de amigos muy buenos que me integraron como una más".

El límite es el cielo

Una tarde de verano, mientras Milagros navegaba en la web, se topó con una publicación que llamó su atención. Se trataba de un dispositivo con inteligencia artificial que permitía oír lo que se no ve, a través de la lectura y el reconocimiento visual. La pieza (que se comercializa con el nombre OrCam) se monta sobre los anteojos y permite a las personas con discapacidad visual saber lo que dice cualquier libro o revista, un cartel de la calle, el menú de un restaurante, reconocer rostros, elegir un producto en la góndola de un supermercado o saber el color de una prenda en un local de ropa y pagarla con el monto exacto. Todo esa información la traduce en audio.

Milagros fue detrás de ese dispositivo. Averiguó dónde podía conseguirlo y cuál era su costo (unos $90 mil en ese entonces). "Los voy a comprar", le dijo a su familia ante el asombro de todos. De clase media, sabían que era prácticamente imposible reunir ese dinero. "Mi idea era apelar a la solidaridad de algún político que pudiera donar algo. Logré una entrevista en Radio Fenix con Ximena Marenco, que ya me había hecho otras notas por el deporte. Conté mi historia de vida y luego hablé del dispositivo. Me acuerdo que llamó un oyente diciendo que donaba $10.000 y eso fue el punto inicial como para arrancar una campaña. Salió todo de forma espontánea. Hicimos números: si 2000 personas donaban $40, podíamos llegar a la suma que necesitaba. Empezaron a donar todos los chicos del programa, la producción, la gente que estaba ahí y se armó una campaña gigante. Donaron hasta los políticos, el gobernador y mucha gente anónima".

La campaña duró una semana y Milagros logró reunir $120.000. No perdió un segundo. Sacó pasajes para viajar a Buenos Aires y allí pagó por el dispositivo. "Fue el mejor día de mi vida. Desde entonces puedo sentarme a leer una revista, leer las etiquetas de los productos en el súper y saber quién pasa por mi lado (porque la lente graba los rostros de las personas y luego las reconoce). La felicidad que da a leer en papel es una cosa que solamente la persona que lo vive lo puede contar. Son cosas muy lindas y yo cada vez que me pongo los lentes me siento como libre. Siento que no hay límites, cualquier cosa que quiera hacer, lo puedo hacer con mucha más libertad que antes".

El deporte como puente

En el colegio, trabajó sin maestra integradora. Aprendió por su cuenta a manejar la computadora de la mano de amigos que siempre colaboraban y lo mismo ocurrió cuando se animó a probar suerte en el atletismo, en la disciplina de salto en largo. "Creo que fue lo mejor que me pudo haber pasado en la vida. Porque a raíz de eso aprendí a manejarme sola y empecé a viajar mucho sola. Cuando lo hice por primera vez, a los 10 años, fue todo un desafío, sobre todo para la familia en general porque tenía muchos miedos. No sabían cómo iba a ser y para mí era todo un logro porque uno a los 10 años no toma dimensión de lo que significan algunas cosas".

El deporte le abrió nuevos caminos y le propuso nuevos objetivos. Tuvo la oportunidad de participar en un Panamericano y de ganar una medalla de plata. Viajó mucho, recorrió todo el país, fue seleccionada por la Federación Argentina para ciegos y recibió muchos premios. Milagros nunca bajó los brazos, su esfuerzo y compromiso la llevaron a ser portadora de la antorcha olímpica. "En cualquier deporte para ciegos, generalmente se entrena con una persona al lado, con un profesor, por ejemplo, en el caso del atletismo se corre con una persona guía que va con una soga y te va llevando. En realidad te va guiando porque el atleta va adelante. Una de las reglas clave para que no te descalifiquen de la competencia es que el acompañe vaya siempre atrás".

Más adelante sumó natación a sus entrenamientos. Lo hacía hobby para complementar el atletismo pero hubo un tiempo en que se centró solo en mejorar como nadadora. "En el agua tenemos un poco más de libertad con respecto a los guías. La única cosa que hace la persona, en este caso el profesor, es tocarnos con un topper, una suerte de barilla para tocarnos la cabeza cuando estamos llegando al borde de la pileta y nos avisa que podemos hacer la vuelta". Ganó varias medallas de oro y su tenacidad la llevó a probar el hice volteo adaptado. "Siempre me gustaron los animales y subirme a un caballo era lindo. Después tuve que hacer trucos arriba. Ir de rodillas con la mano suelta, fue increíble. Me ayudó a soltarme y sentir la adrenalina de la libertad".

Si tenés una historia de resiliencia propia, de un familiar o conocido que quieras compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar

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