Sin publicidad ni redes, lograron posicionar su bar ochentoso en Villa Crespo

Cerveza y jueguitos de los 80´s, un gran combo.
Cerveza y jueguitos de los 80´s, un gran combo.
Matías Ortega
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5 de noviembre de 2019  • 13:35

Atado a su destino lúdico, Arcade Club Social empezó como un juego. "Estaría bueno que exista un lugar donde podamos jugar videojuegos como en los fichines de la Costa y que se pueda tomar una cerveza, ¿no?", se dijeron Ana Etcheto y Emilia Mihovilcevic (ambas, 31). Y, como si fueran parte de una aventura en dos dimensiones, le dieron start a este emprendimiento único. Acá te contamos su historia y su genial estrategia publicitaria.

El armado y puesta a punto

Lo primero fue salir en búsqueda de los fichines. Buscaron en Google, Mercado Libre y redes sociales si las consolas se vendían. Y descubrieron que sí, que había grupos privados de Facebook habitados por coleccionistas y nostálgicos. Incluso antes de alquilar el local, le compraron un lote de quince máquinas a Darío -un coleccionista del Conurbano con el que mantienen buen vínculo- y los guardaron cuatro meses en un garaje. Mientras tanto, avanzaba otra búsqueda: un local que sea también máquina del tiempo.

Lo encontraron en la calle Serrano, más precisamente en Warnes, una zona de talleres y locales de autopartes. Antes de firmar el contrato de alquiler, se asesoraron con abogados culturales y con un arquitecto para no cometer errores en materia de habilitación. Y delinearon algunas políticas que fueron claves para el perfil del lugar. "Tanto Emilia como yo trabajamos en publicidad, lo primero que dijimos fue: 'Queremos que sea boca en boca, de verdad'", cuenta Ana Etcheto. Entonces no cargaron la dirección en Google Maps, no abrieron redes sociales y solo pasaban la dirección por mensaje privado. Durante los primeros meses, la lógica fue el anonimato. "También nos gustaba que fuera en Villa Crespo: lejos del círculo de Palermo, un lugar más fresco. Y no queríamos ser un nicho gamer , queríamos que fuera un lugar democrático, incluso para aquellos que no conciben a los videojuegos como parte de su identidad", agrega Ana.

Happy problems

El lugar abrió en marzo de 2017 y se convirtió en el primer espacio cultural vinculado a videojuegos de Buenos Aires. La propuesta fue fichines más cerveza y panchos como única oferta de comida. La respuesta del público fue rápida. Como un club de barrio, emitieron 350 carnets de socios: se volvió tan popular que el espacio les quedó chico. "Fue un problema que viniera tanta gente, pero es lo que llamamos un 'happy problem', una consecuencia de la buena respuesta que tuvimos", dice Ana.

El éxito de la convocatoria también se explicó por el auge de los video-juegos ochentosos y cierta estética retro impulsada por Instagram y las series como Stranger Things. De hecho, la decisión de colocar un neón con el nombre del espacio estuvo motorizada por esa idea visual. "Nos parecía un escenario muy Instagram. Si no íbamos a hacer redes sociales, teníamos que lograr que la gente hiciera redes sociales por nosotras. No es que descartábamos la posibilidad de estar en Internet, queríamos estar en primera persona", agrega Ana.

Viaje en el tiempo

A la hora de las definiciones, las creadoras de Arcade Club Social prefieren denominarse como espacio cultural, no como barcade . Consideran que hay un aporte cultural a la Ciudad a través de los fichines. Podrían ser un museo: sus máquinas son todas originales y abarcan títulos desde finales de los '70 hasta principios de los '90. Actualmente tienen 35 juegos -desde el Galaga hasta el Kung Fu Master, pasando por el PacMan, el Wonderboy o el Super Mario Bros- y tienen nuevas placas listas para ser armadas. Además, realizan proyecciones de visuales retro y música de DJ's en vivo. En sintonía con los nuevos desarrollos, generan presentaciones de videojuegos creados por gamers locales e internacionales. La última presentación fue la del juego "Line Wobbler", desarrollado por Robin Baumgarten, de Alemania.

Poder femenino

Uno de los desafíos que les plantea gestionar ACS es el mansplaining . "Es increíble la cantidad de chicos que se acercan a la barra para decirnos 'a mí esto ya se me había ocurrido', o nos quieren explicar cómo poner los juegos o cómo vender la cerveza", comenta Ana. Y hay otros aprendizajes vinculados al género: "Cuando tenés que hablar con el distribuidor de cerveza, te encontrás con que 'la noche' está pensada en la lógica de los hombres. Pero nos dimos cuenta que es posible enfrentar esos conflictos desde la lógica femenina".

Recién en noviembre de 2018 abrieron una cuenta de Instagram, su única red social, inaugurada con una foto de la gata Calu sobre el pinball de Arma Mortal. Desde entonces, la comunicación de Arcade Club Social se basa en una mezcla de memes, cultura Internet e identidad barrial. Las stories anuncian el horario de apertura de 19 a 02. En el local también se filmaron videoclips de artistas indie como Dani Umpi, Caydy Cain o Tani.

Dos años y medio después de haber abierto sus puertas, el ACS sigue superándose: sus creadoras saben que quedan muchos niveles por desbloquear.

¿Cómo lo hicieron?

  1. Asesorarse con especialistas. Hablaron con abogados culturales y con un arquitecto, previo alquilar el lugar. Hay un montón de cuestiones que tuvieron en cuenta: salidas de emergencia, altura de techos, etc.
  2. Buscar los video-juegos. Descubrieron que hay grupos de Facebook cerrados donde se comercializan los fichines. Y realizaron una instalación eléctrica especial para el funcionamiento de las máquinas.
  3. Definir una identidad y una estética. Determinaron una política de speakeasy sin revelar la dirección del lugar en Google Maps, ni redes sociales. A la vez, definieron una identidad de club social, a través de carnets para socios, y una estética con luces de neón y visuales en las paredes.
  4. Crear una historia detrás. "Estamos en Warnes, entre talleres mecánicos y autopartes, y tenés que tocar un timbre y se abre una puerta y te metés a un lugar desconocido... Todo eso es parte de crear la mística del espacio".

Los consejos de Ana y Emilia

  • El éxito comercial no es el único motor. Parte del éxito del espacio es que la gente no siente un fin comercial detrás. Lo que nos moviliza no es un negocio. El éxito es una consecuencia de ese esfuerzo y el dinero no puede ser el motor exclusivo.
  • Ofrecer algo sincero. El público debe sentir el lugar como propio, que sienta que es parte de algo, que no es una mera transacción.
  • Dividir roles entre socias. Tener en claro cuál es el talento de cada parte y complementarse. Ana entiende más de las máquinas, no le dan miedo los cables, se rompe algo y lo arregla. Emilia es buena negociando precios, comprando y vendiendo. Y saben que hay momentos de cansancio y de contener a la otra.
  • Si tenés ganas de emprender, empezá a hacerlo. Cuando estás generando un emprendimiento, hacés muchas cosas por primera vez. El margen de error es grande pero el de aprendizaje es aún mayor.

Una buena idea llevada a cabo con ganas y con una buena estrategia publicitaria, puede ser un éxito absoluto. Y ninguna publicidad es mejor que las buenas experiencias de los clientes en tu local.

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