Somos nuestro cuerpo y es tiempo de recordarlo

Sergio Sinay
Sergio Sinay PARA LA NACION
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13 de junio de 2020  

¿Cuándo volveremos a abrazarnos? ¿Nos saludaremos nuevamente con un beso? ¿Regresará la costumbre de estrecharnos las manos? ¿A qué distancia física estaremos en el futuro unos de otros? Estos y otros interrogantes similares se naturalizaron entre las dudas surgidas en sucesivas cuarentenas. La particularidad de estas preocupaciones en especial es que involucran de manera esencial al cuerpo. En nuestra cultura dualista, el cuerpo ha sido tradicionalmente menospreciado. Es la sede de los pecados, el portador de enfermedades, a lo sumo una suerte de trípode para sostener la mente, a la que creemos propietaria de nuestra identidad. En el mejor de los casos, le asignamos al cuerpo la función de proporcionarnos placeres sensuales. Y lo acallamos a fuerza de analgésicos para que no nos perturbe con dolores, como si estos no fueran una advertencia necesaria y útil acerca de algo que debemos atender. En el colmo del maltrato y el desprecio al cuerpo, alguno de esos analgésicos promete que "el dolor para, vos no". Clarísimo ejemplo de la dualidad. No se sabe quién es "vos", pero se sugiere que no sos tu cuerpo, que este y el dolor son intrusos, son otra cosa, alienígenas.

En la cultura del exitismo, el hedonismo, el consumismo insaciable, el productivismo maniático y el narcisismo terminal, habíamos hecho del cuerpo un objeto al servicio de esos ismos. Yo y mi cuerpo como dos entes separados. Decir yo no incluía el cuerpo. ¿Habíamos? ¿No incluía? ¿Vale el tiempo pasado? Se sabrá en el tiempo por venir. Quizás algo cambie para mejor. Quizás todo siga igual. O peor. Se sabrá. Hasta aquí, hasta el inicio de la experiencia inédita que trajeron las cuarentenas, el cuerpo era cosa extraña al propio ser. Cosa que, además, las especialidades médicas se encargaron de trozar al punto en que dejó de ser vista y comprendida como una integridad, como una realidad holística. Quien entiende de corazón no sabe de riñón, y quien se especializa en hígado ignora sobre el pulmón. Pobre cuerpo, cada vez menos miradas que lo comprendieran y atendieran en su totalidad. Cada vez más lejano aquel pensamiento de David Herbert Lawrence (1885-1930), el autor inglés de El amante de lady Chaterley, Mujeres apasionadas e Hijos y amantes, fervoroso humanista para quien "la vida sólo es soportable cuando el cuerpo y el alma viven en perfecta armonía, existe un equilibrio natural entre ambos y se respetan recíprocamente."

Somos, de manera indivisible, holística, cuerpo, mente y alma. Ni cabezas flotantes ni músculos y órganos dispersos

Ese cuerpo era sometido a dietas absurdas, a exigentes rutinas gimnásticas, a mutilaciones, perforaciones y estampados. Así se lo pretendía domesticar y amaestrar para que fuera vidriera del narcisismo de su portador. Y ese cuerpo es el que tiene hambre de abrazo, de beso, de mano estrechada, de encuentro con otro cuerpo. Ese cuerpo, sí, se convirtió entonces, durante cuarentenas sucesivas, en el clamoroso mensajero de lo ausente, de lo necesario, de lo extrañado, de los anhelos más profundos del alma. Porque somos, de manera indivisible, holística, cuerpo, mente y alma. Ni cabezas flotantes ni músculos y órganos dispersos. Con todo eso que somos amamos y gozamos, nos dolemos y sufrimos. Con todo eso que somos nos extrañamos y nos celebramos, nos enfermamos y nos sanamos, nos perdemos y nos recuperamos. Con todo eso que somos recordamos y olvidamos. Acaso ese virus que parecía atacar a nuestros cuerpos solo cumplió con la tarea de aislarlos, de ponerlos a distancia para que advirtiéramos que esos cuerpos somos nosotros.

Nadie sabe (por muchos futurólogos que ofrezcan sus servicios) cómo será lo que viene. Pero si nuestras partes se integran, seguramente algo habrá cambiado. O seguiremos andando como El barón demediado, la novela de Italo Calvino cuyo protagonista vagaba por el mundo partido en mitades que se añoraban y buscaban.

Somos nuestro cuerpo y es tiempo de recordarlo.

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