Soy venezolana, me mudé a Buenos Aires y así me sentí al llegar

Crédito: Andrea Arzola
Andrea Arzola
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13 de diciembre de 2018  • 11:46

"Entre Dorrego y Nicaragua", fueron las primeras cuatro palabras que intercambié con un argentino. Se refería a mi nuevo hogar, una casita azul sobre la calle Dorrego, en el barrio de Palermo en la Ciudad de Buenos Aires, que pasaba desapercibida. Sin saber nada de Argentina, con mi mamá emprendimos el viaje hacia ese país un 11 de marzo. Con mucha confusión y exceso de preguntas, en ese momento de incertidumbre, sólo la tenía a ella como contención. El apoyo de alguien que cree en ti y en tus decisiones es fundamental al momento de lanzarte al vacío y arriesgarlo todo en el nuevo lugar. Recuerdo que antes de irse, cuando ya se había asegurado de que yo estuviera medianamente instalada en aquel hostel que ahora debía llamar hogar, mi mamá me entregó un último regalo: una libreta titulada ¨Mi diario de viajes¨. Y en la primera hoja dejó escrito: Que este sea el inicio del mejor viaje de tu vida, sunshine. Desde entonces se convirtió en mi escudo ante cualquier momento de debilidad.

Crédito: Andrea Arzola

Primeras impresiones

De lo que nadie me habló fue de las sensaciones que iba a vivir al emigrar a otro país. Te despiertas, estás ahí, sola en el mundo junto a un grupo de completos extraños. Sentía como que algo me atrapaba y me encogía a la vez, algo que me hacía sentir chiquita, me daban unas ganas absurdas de dejarlo todo y subir al primer vuelo que consiguiera para volver a Venezuela. Pero cuando sentía que ya no podía dar más, me salía de adentro una energía enorme y me ponía como objetivo cambiar mis hábitos. Llené mi vida de palabras de aliento, puse post-its positivos en la heladera y empecé a tomarme unos minutos por la mañana para agradecer -y para extrañar, no miento. Buscaba rodearme de gente que me subiera el ánimo y, cuando me agarraba la angustia, empezaba a caminar y a caminar, hasta encontrar alguna respuesta. Caminé tanto que a todos mis zapatos le salieron roturas. Pobres zapatos, pensaba, no están acostumbrados a caminar tanto, Caracas no estaba hecha para transeúntes. Gracias Buenos Aires por enseñarme a caminar.

Crédito: Andrea Arzola

Ni de acá ni de allá

"El emigrante no es de aquí ni de allá", leí alguna vez en un artículo. Al principio no entendía a qué se refería, pero al cabo de un tiempo me dio la sensación de que tenía todo el sentido del mundo. Tu mente está allá, pero tu cuerpo está aquí. Cada tres meses visitaba mi país. Se volvió una constante eso de ganar dinero para poder irme otra vez. Pensaba siempre en ese momento de llegar a casa, de pisar mi tierra y ver la cara de mi mamá en el aeropuerto de Maiquetía. Ir y venir. Volver y tener ganas de irse de vuelta. Ese intermedio me dejaba exhausta. Hasta que ya no más, basta de endeudarse por solo 10 días en casa. Necesitaba establecerme en el lugar que me estaba abriendo las puertas como ningún otro lo había hecho. Quise permanecer, hacer de esta ciudad desconocida mi hogar, terminar de adaptarme y agarrarle gusto a las empanadas, a los mates y a los pibes. Decidí vivir en el aquí y en el ahora.

Crédito: Andrea Arzola

Ganarse la vida

Me volví mil personas en una. Estaba en la búsqueda de la nueva yo. Trabajé en restaurantes, en call centers, en hoteles, en agencias, en un sinfín de lugares. En el hostel conocí a paraguayos, rosarinos, mendocinos, brasileños, chilenos, colombianos, ecuatorianos… Todos estaban en la misma situación que yo: fuera de casa, y rodeados de un grupo de extraños con los que debíamos compartir la lavadora, la heladera y los utensilios de cocina. Con el tiempo se convirtieron en mi familia, intercambiamos recetas, nos quedamos hasta las 2 am hablando de nuestras costumbres o simplemente de la vida. Nos reímos mucho y la mayoría del tiempo, nos bancamos en los momentos difíciles.

Qué aprendí al cabo de 4 años

La primera etapa de este viaje es una de las cosas que mejor y con más cariño recuerdo. Aprendí a tolerar más a mi entorno, abrí mi cabeza y miré el mundo desde otra perspectiva. Pasaron 4 años y acá estoy. Los puntos se unieron hacia atrás y le dieron respuesta a muchas preguntas que habían quedado incompletas. Los trabajos que creía innecesarios, me sirvieron de puente para oportunidades increíbles. Mudarme siete veces, al final tuvo sus ventajas, viví en muchos barrios y ahora conozco cada rincón de esta ciudad como la palma de mi mano. Cambiar de trabajo – algo que veía como negativo– me dejó un gran número de amigos. Entendí que cada etapa está hecha de procesos, por ende reforcé mi paciencia y aprendí a tolerar el tiempo. Estoy en casa, así sea de alquiler, pero lo estoy. Siempre recordaré a Buenos Aires –con lo bueno y lo malo- como el primer lugar que me permitió construirme, en donde tantas puertas fueron abiertas. Por tan solo el hecho de decir que sí, que sí me voy, que sí viajo, que me quedo y lo intento. Por no abandonar cuando el terreno se ponía incomprensible. Y hoy finalmente puedo asegurar que, sin duda alguna, este viaje fue el inicio del mejor viaje de mi vida.

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