Sueño cumplido

Daniela García Charch
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14 de noviembre de 2014  

Todo cobró dimensión desde la posibilidad de irnos de La Plata a Francia. Sabíamos que teníamos un sueño y que había una Tierra Prometida por conquistar. En un viaje conocimos a un matrimonio italiano que nos conectó con un millonario inglés llamado Michael Likierman. Este hombre de negocios era propietario del restaurante Mirazur, que había quebrado y buscaba un chef de alta gama para sacarlo a flote. Likierman, al cabo de una conversación y previo examen exhaustivo acerca de Mauro Colagreco, decidió alquilárnoslo por una cifra irrisoria. Los dos miramos el restaurante de tres pisos y un jardín exótico con el asombro de un niño y con una inmensa alegría, al punto de llorar. Ya el nombre parecía profético, significaba mirando al sur. La adrenalina fue al extremo y el sueño comenzó. Mauro armó su brigada en cocina. Tomó un cocinero japonés (ex Alain Passard) y a la mejor pastelera argentina (hoy chef en Green Bamboo). Yo me ubiqué en la recepción y atendía al cliente desde la reservación hasta su partida, estaba en todos los detalles. Luego contábamos con una brigada de franceses, el director de sala y dos mozos. Armé una galería de arte en el bar donde los artistas regionales podían mostrar gratuitamente y vender sus cuadros mientras rotaban cada tres meses. Mandé a hacer tres tipos de cortinas roller, un VIP y pedí que nos hicieran unos pufs pequeños para las carteras de las damas. Mauro eligió los platos y manteles, y yo el resto de la decoración. Me ocupé de enviar las invitaciones para la apertura a la prensa especializada, a las celebrities de la región y al mismísimo príncipe Alberto de Mónaco, pese a que Mauro se reía de mi ocurrencia. Para el asombro de los dos, aunque no vino para la inauguración, un martes a la noche, previa reservación de su secretaria, llegó a comer con su custodia, una personalidad que marcaría un antes y un después con su extremo charme y su generosidad. Luego vendría Carlos Bianchi con Margarita (su encantadora esposa) y la familia Berlusconi. A los seis meses de haber abierto el restaurante vinieron tres hombres de traje a comer el menú degustación; cada uno pidió diferentes platos y diferentes postres. Al final, antes de partir, uno de ellos se me acercó y me dijo: "Dígale al chef que comimos excelente y que somos inspectores de la Guía Michelin". El cuerpo me tembló por un instante y corrí hacia la cocina para que Mauro viniera a conversar con ellos. Más tarde nos enviarían una carta felicitándonos porque vendría la condecoración de la primera estrella. Buscamos que en la excelencia de la comida y el servicio, ese día o esa noche, degustaran deliciosos platos y volaran sobre una alfombra mágica alada, dentro de un marco paradisíaco donde se imponen por detrás las montañas de los Alpes y por delante, el azul del Mediterráneo.

  • La autora es asesora de imagen y comunicación de Mirazur

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