Tal para cual

Por Eduardo Tarnassi
Por Eduardo Tarnassi
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25 de marzo de 2000  

Jugar con la imaginación es uno de los mayores deleites de todo aquel que aún conserva algo de fantasía en sí mismo.

Existen innumerables variantes, pero una de las más cotidianas es encontrar parecidos entre alguna persona y un perro.

Es que, aunque parezca mentira, esas semejanzas realmente existen, aunque no sean necesariamente físicas, como la de la fotografía que ilustra esta nota.

En la relación del ser humano con su perro pueden darse los contrastes más marcados y las semejanzas más insospechadas, tal como ocurre con aquellas parejas que han pasado toda una vida en común. La larga convivencia los vuelve parecidos a la percepción de cualquier observador externo.

La fuerte corriente de afecto que se establece entre ambos hace que caminen de modo similar y quizás hasta adopten la misma expresión alegre, melancólica, enérgica o amargada. Konrad Lorenz, considerado el padre de la etología, dijo al respecto: "Tener un perro que presenta caracteres similares a los de su amo es prueba de un cierto equilibrio en este último. Incluso me atrevería a decir de una cierta satisfacción personal. Así, pues, una relación como la que se establece entre perro y amo requiere, en calidad de premisa, que ambos estén satisfechos de sí mismos".

También puede darse la posibilidad de que se construya una relación complementaria y no simbiótica entre ambos.

En ese caso, mantiene cada uno su independencia. Al respecto, una historia apropiada es la de Garúa, mi desaparecido cocker spaniel.

Cuando comenzó a envejecer, nuestros paseos se fueron acortando. Sin embargo, su espíritu libre se mantenía intacto. Por aquel entonces, las calles del barrio en el que circunstancialmente vivía eran tranquilas. El caminaba suelto y siempre adelantado respecto de mí, habitando con resolución su mundo independiente y poco afecto a trabar relaciones con extraños.

En una oportunidad, observé que recibía con agrado las caricias de una señora vecina. El gesto se convirtió en un rito hasta que, por sí mismo, decidió suspender los paseos y visitar a su amiga, deteniéndose frente a su puerta. Tardé en comprender sus deseos hasta que Tante Grette lo invitó a entrar. Desde ese momento hasta que murió cumplió diariamente con su compromiso social, de 3 a 5 de la tarde, hora en la que se apostaba en la puerta esperando a que lo pasase a buscar.

A casos así Lorenz los denominó perros complementarios, de los que dice: "No significa que la relación entre el perro y el amo sea menos afectuosa y feliz, sino que, por el contrario, puede ser mucho más dichosa, como ocurre entre dos seres humanos cuando los caracteres de uno y otro se compensan y complementan".

En último término, cabe preguntarse si es posible que existan ejemplos de perros que tienen muchos amigos y ningún dueño.

A propósito, viene bien recordar el fragmento de un poema de Alberto Cortez en el que dice: Era callejero por derecho propio/ Su filosofía de la libertad/fue ganar la vida sin atar a otros/y sobre los otros no pesar jamás. Esta estrofa se ajusta con exactitud a Fernando, el perro de la ciudad de Resistencia.

Fue un animal que tenía por dueños a los habitantes de la ciudad chaqueña, los que lo alimentaban, bañaban, curaban e invitaban a sus casas. Asistía a fiestas, conciertos y cumpleaños. Tan famoso fue que mereció un monumento en vida. A su muerte, el 29 de mayo de 1963, el diario El Territorio dijo de él: "No era un perro trashumante, sin personalidad, común, del montón". Más adelante finalizaba de la siguiente manera: "Perdónesenos pues, si hemos ocupado este espacio en el deseo de referirnos nosotros también a Fernando. Pero es que acaba de irse definitivamente, casi cubierto el ciclo de su vida, vencido por los achaques de la vejez. Murió ayer, no sin antes haber recibido atención veterinaria. En el ámbito del Fogón de los Arrieros, cuya sede tuvo muchas noches como cordial refugio, los restos de Fernando recibirán sepultura hoy a las . . ."

Sin duda, esta historia da respuesta a la pregunta planteada.

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