Tato: palabras de un oráculo

Un monólogo escrito por Santiago Varela para Good show , el ciclo que Tato hizo en 1993. Su vigencia es desoladora
(0)
30 de junio de 2002  

Señores: si hacemos un recuento de todo lo que pasó en el último mes podemos sorprendernos, porque uno tiende a recordar solamente lo último... Y lo último suele tapar a lo anterior. Les digo más, desde el asesinato de Abel por Caín siempre pasó algo después que hizo olvidar lo anterior. Pero como el laburo mío es ser memorioso y no olvidarme de nada, retomamos desde donde dejamos el último programa. En ese momento el tema era los 26 muertos por el vino adulterado. Se acuerdan? (Pícaro) Más vale que se acuerden, porque hoy parece que no se acuerda nadie... hasta que vuelva a pasar.

Como también pasó que, por tirar ácidos en las cloacas murieran siete personas en Avellaneda... y todavía no se sepa nada. Miren, yo me acuerdo de la serie del Dr. Quincey, que era un médico forense que encontraba un pelito debajo de la uña y te decía de qué había muerto, quién lo había matado, el nombre de los cómplices y qué había morfado la mamá del asesino en los últimos 10 días.

Yo no sé si nosotros todavía estamos en la época de la ventosa y la bolsita de alcanfor, pero aquí (Enumera) no se sabe cómo fue, de dónde vino, por qué pasó y, por supuesto, tampoco se sabe quién tuvo culpa, si es que alguien tuvo la culpa.

Mientras tanto, la Municipalidad dice que no tiene nada que ver. Los dueños de las cloacas dicen que ellos son responsables de los caños, pero no de lo que va adentro. María Julia dice que el medio ambiente está al margen y que ella está para proteger a los zorros colorados en sus dos subespecies: tapados y estolas. Los que controlan las industrias dicen que ellos no son Mandrake. Pero entonces ¿quién se tiene que hacer cargo de controlar, de vigilar, de prevenir? –Yo se lo digo, Tato –dijo mi gran amigo el oficialista José Todo Está Fenómeno–. Los encargados de esto son Magoya, Montoto y Serrucho.

–Pero escuchame, José; Magoya, Montoto y Serrucho están encargados de resolver el problema del cólera, de la meningitis, del analfabetismo, de los chicos de la calle, la desocupación, la pobreza... No se les puede pedir que también se dediquen a controlar que las obras no se derrumben, los balcones no se caigan, el propóleo no envenene, los colectivos no maten, los trenes no atropellen micros, los caños de gas no exploten, los enfermos no se contagien de sida en los sanatorios, el vino no sea letal, los cables no electrocuten, las cloacas no sean tóxicas... Son muchas cosas para Magoya, Montoto y Serrucho. Van a tener que poner más gente.

–Imposible Tato, hay que achicar el Estado.

–Está bien, achicá el Estado, pero no agrandés los cementerios.

–Tato, no joda, estamos en un sistema en el que cada uno se cuida solo y el que no se escondió se embroma. Se acabó la época en que el Estado era una gran teta en la que estaban prendidos todos.

–Lo que no dicen –chilló el contra José No Hay Pelusa Que Me Venga Bien– es que la teta la vendieron y ahora los que están prendidos son unos pocos.

–Andá, chanta –gritó Todo Está Fenómeno–. Andá y votá de nuevo, a ver si así pueden sacar más votos...

Como vi que éstos se agarraban a las piñas, me despedí, les regalé un preservativo con un cartelito que decía: “Producto probado y revisado, pero, por si las moscas, antes de usarlo ínflelo, no sea cosa que pierda”, y me las tomé rumbo a los tribunales porque no podía dejar el tema de la Corte sin tratar. Llego y me encuentro a la estatua de la Justicia que estaba como si le hubiese pasado un colectivo diferencial por arriba.

–Tato –me dijo con lágrimas en los ojos–, lo que está pasando no se puede creer. Que algún abogado se afane un expediente cada tanto, vaya y pase. Que haya algún juez por ahí con vocación de corrupto, pasa en las mejores familias... pero la Corte, Tato, la Corte es como la vieja... Con la Corte y con la vieja no se jode... Y este gobierno, por querer una Corte adicta, lo que logró es que sus miembros se transformaran, casualmente, en cortesanos.

–Bueno, no será para tanto, calma.

–Calma un catzo, Tato. Antes la Corte era lo puro, lo prístino, lo incólume, lo acrisolado, lo impoluto; ahora aparecen en los diarios en medio del escarnio. El Mingo los trata de corruptos, el ministro de Justicia les pide la renuncia, los diputados les quieren hacer juicio político, los colegios de abogados ponen el grito en el cielo. Y a mí, Tato, que represento a la Justicia, ya nadie me tiene respeto... me tiran moneditas en la balancita, me usan la espada para cortar la torta y repartírsela entre ellos, me sacan la venda y me la ponen como vincha con la inscripción “Menem 95”. Pasan y me tocan el tujes...

–Eso, eso es lo que nosotros decimos, aquí no hay seguridad jurídica –chilló un abogado con pinta de contrera.

–Verso –gritó otro boga con pinta de funcionario–. La Justicia jamás funcionó tan bien, Tato. Es más, hasta inventamos otra instancia: (Enumera) Está el juez de primera instancia, luego la Cámara, la Corte y, si no nos gusta lo que falla la Corte, lo tenemos a Cavallo que dice “ese fallo está equivocado” y manda a que lo cambien... o que se lo afanen. ¡Inventamos la cuarta instancia, Tato! Y como el Mingo depende de Carlos Saúl I, la seguridad jurídica pasa porque aquí siempre se hace lo que le conviene al Ejecutivo. ¿Es o no es seguro eso? Como vi que a la estatua de la Justicia le estaba dando unos retorcijones como para morirse ahí mismo, me despedí con un besito, a los boga les regalé un preservativo con un cartelito que decía: “La Justicia se basa en lo justo y esto es justo lo que usted necesita. Aproveche”, y me las tomé.

Salgo y me encuentro con el analista político mi gran amigo José Mariano Yo Te La Explico.

–José, suerte que te encuentro. Quiero que me expliques un poco el resultado de las elecciones: ¿cómo puede ser que, en medio de tantas crisis, con recesión, cierres de fábricas, falta de guita, despelotes por todas partes, el menemismo haya barrido en todos lados? Quiero saber por qué a todos los que les pregunto me dicen que no lo votaron, pero, al final, lo votaron todos. Quiero que me digas si la gente lo vota porque cree en él o lo votan porque no creen en los demás. Quiero enterarme por qué los desocupados votaron este plan económico. ¡Necesito una explicación! –Tato –me dijo Mariano–, la época de las explicaciones terminó. Como decía el Viejo Platón: “La única verdad es la realidad, aunque a veces no se pueda creer”. Además, Tato, ahora estamos en una Argentina nueva, distinta. Vino Michael Jackson, volvió Maradona, ¿qué más nos puede faltar? –concluyó, y se despidió porque se tenía que ir a hacer una encuesta para ver a quién le creía más la gente: si a él o a tío Berny. Pero eso sí, me aclaró, por si acaso no la hago por teléfono. Y se las tomó.

Hago unos metros y veo que llega corriendo mi gran amigo el periodista José Móvil Uno.

–Tato, ¿se enteró? Lo van a operar de urgencia al presidente Menem. Tiene una obstrucción en la carótida.

–¿Una obstrucción? –dijo una vieja–. Debe ser Duhalde que se le quedó atravesado.

Ni lerdo ni perezoso, salí de raje para el sanatorio. Llego y, como no dejaban pasar a nadie ni aunque fuera un enfermo y se estuviera muriendo, rápidamente me disfracé de electrocardiograma y me mandé. Si afuera había un montón, adentro estaban todos.

–Que no le pase nada justo ahora que afanamos en las elecciones y ya tenemos la reeelección en el buche –imploraba Gostanián de rodillas.

Eso, gordo, eso –le decía Kohan–, vos rezá, que mientras tanto yo voy a renovar el pasaporte, porque si nos quedamos sin paraguas...

–Nos mojamos –dijo el gordo.

–No, vamos todos en cana.

–Calma compañeros, calma, todo está bajo control –gritaba Bauzá –Sí, pero, ¿bajo control de quién? –preguntaron varios.

–No se preocupen –tranquilizaba Ruckauf–. Si Dios le dio una mano para hacer el plan económico, ¿cómo no lo va a ayudar con una tontería como ésta? –No es por ser ave de mal agüero, pero: ¿alguien sabe cómo funciona la ley de acefalía? –preguntó Pierri.

–Por ahora, queda el hermano Eduardo y después, el Congreso decide –dijo alguien.

–En realidad, en el Congreso se reúnen, ahí se agarran todos a las piñas y el que gana se queda con la manija –aclaró uno.

–No puede ser que estemos todos cortando clavos –se quejó Erman González–. El destino del país no puede depender de la salud de una persona.

–Tenés razón, el destino del país no, pero el nuestro sí –contestó Cuozzo, el peluquero, mientras cortaba clavos, bulones, tachuelas, de todo.

–Lo que quiero decir es que para algo están las instituciones... el Congreso, la Justicia, los gobernadores... que son independientes.

–Che, no jodan . Este no es lugar para hacer chistes –se enojó Ramón Hernández.

–Muchachos, si les hace falta un presidente por un par de años, no se olviden de mí, que estoy en el banco –dijo Alfonsín, que no se sabía muy bien si había ido para desearle suerte a Menem o para refregarle en la jeta a De La Rua quién era el dueño del partido.

–Compañeros –se impuso Bauzá–, con orgullo debo informar que terminó la operación y que, igual que el 3 de octubre, también ganamos. El ateroma ha sido derrotado. El presidente ahora se encuentra en su habitación en compañía de tío Barny, que ocupa la cama de al lado y con quien comparte la chata.

El suspiro de alivio fue tan grande que arrancó los árboles de diez manzanas a la redonda. Luego la gente estalló en vítores, cantaban la marcha peronista (Para, aclara), en realidad, la tarareaban porque, a esta altura del partido, la letra no la conoce nadie (Sigue), los ministros se abrazaban, “zafamos, zafamos”, gritaban. Batata le daba besitos a Ruckauf. El Mingo temblaba de los nervios: “Primero el helicóptero, ahora esto, así no hay coronarias que aguanten”, decía.

Realmente, eso parecía una fiesta, no faltaba nadie. También habían ido Vicco y Amira, y estaban Gerardo y María Julia. “Nunca vi tantos procesados juntos”, decía una viejita emocionada hasta las lágrimas.

Como vi que aquí, felizmente, la cosa había terminado bien, dejé mi disfraz de electrocardiograma, pasé entre la nube de periodistas que, a falta de noticias, le pedían a los médicos que les enseñaran a los televidentes cómo hacer una operación de apendicitis en la cocina de sus casas y me las tomé.

Salí y enfilé para mi casa en busca de la tranquilidad de mis líbros, mis flores y mis pájaros... mientras pensaba lo que había dicho Mariano Yo Te La Explico. Y es cierto: vino Michael Jackson, volvió Maradona, el dulce de leche cada vez lo hacen más rico, Gardel cada día canta mejor, Carlos Saúl ya está pensando en ofrecerle a Dios compartir la fórmula para el 95 que sería “Menem-Dios”. Entonces: los que se quejan: ¿se puede saber de qué corno se quejan? Mientras tanto, mis queridos orejones del tarro, a seguir laburando, la neurona atenta, vermut con papas fritas y... Good Show!!

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Usa gratis la aplicación de LA NACION, ¿Querés descargala?