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Terminó sus 28 sesiones de rayos por un cáncer y al día siguiente se fue a esquiar

Jimena Barrionuevo
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8 de noviembre de 2019  • 08:39

El tiempo se detuvo en ese mismo instante en que José Leturia (50) escuchaba las peor noticia de la boca del médico que estaba frente a él. "Tengo dos noticias: una, tenes cáncer. Y la otra, de esto casi seguro no te morís". Fueron los segundos más largos de su vida. Las imágenes de muchos conocidos que habían muerto por la enfermedad inundaron su cabeza. Mientras, el cerebro de José hacía cuentas y trataba de calcular si con el dinero que tenía podía pagar los estudios de sus hijos, pensaba qué sería de su mujer Valeria y muchas otras cuestiones más.

"Lo miré fijo al Dr. Terres y le dije según mi experiencia de esto no se salva nadie. Pero él se paró y me llevó a conocer una paciente. Se llamaba Victoria, era como un ángel. La encontramos en una sala de espera. Victoria le había ganado al cáncer, fue como una caricia al alma. Yo tenía mil toneladas de responsabilidades y preocupaciones sobre mis hombros y los ojos llorosos, pero ahí había alguien que le había ganado".

José salio del Hospital Austral, en Pilar, provincia de Buenos Aires en silencio. Llevó a su mujer hasta la casa y se fue al trabajo. "En el camino lloré, eso me alivió. Llegué a la oficina, me reuní con mi jefe Sebastián Biaggini y le dije Sebas tengo cáncer, me tengo que curar el tratamiento es largo y no se cuánto voy a rendir, quiero renunciar". Su jefe lo miró con los ojos desorbitados. Le negó por completo la posibilidad de renuncia y puso la oficina a disposición de José para que él pudiera continuar de la mejor forma posible. "Una enorme sensación de que yo también le ganaría me invadió, me sentí invencible y así empecé mi camino".

José es oriundo de la provincia de Neuquén y la montaña es su pasión.
José es oriundo de la provincia de Neuquén y la montaña es su pasión.

Siguieron estudios de todo tipo. José tenía un tumor de tamaño considerable entre el colon y el recto, con metástasis en el hígado. El pronóstico era complicado. "Mi oncólogo me dijo que tenía muchas posibilidades de curarte. Yo ya estaba convencido de que así sería. Me dieron 28 sesiones de rayos combinados con quimioterapia oral. Y me advirtieron: vas a tener diarreas, cistitis, cansancio, descomposturas. Pero yo me mentalicé y me propuse que nada de eso me pasaría". Así, junto a su familia, ideó una logística para que pudiera hacerse los rayos a la tarde para llegar a su casa, meterse en la cama y descansar. A las 7 del día siguiente salía a trabajar. "De a poco, me sentía cada vez mejor, y nada de lo que me dijeron que me podía pasar me pasó. Yo no lo permití, al contrario, hacia planes a futuro. Terminé de hacer rayos y al otro día me fui a esquiar con mis amigos".

Después de la nieve

José atravesó dos nuevas etapas más de quimioterapia. "Solo sentí una sensibilidad a las cosas frías en dedos y garganta, que no me afectaban, se puede vivir sin tomar ni tocar cosas frías". Con ese panorama, los médicos planificaron cuatro cirugías: una de colon, había que sacar el tumor de ahí, dos de hígado y otra reparadora del tránsito intestinal. "Me reuní con los médicos y les pedí que planificáramos bien los tiempos porque, entre operación y operación, yo tenía viajes de trabajo y no me los quería perder".

La primera de las intervenciones, en diciembre de 2017, fue de diez horas: los especialistas lograron sacaron el tumor, limpiar la zona, unir el intestino y cerrar con una ileostomía-una práctica que se utiliza para llevar la materia fecal fuera del cuerpo-. "Es una bolsita que uno lleva pegada al cuerpo por lo menos durante cuatro meses. Uno se acostumbra y se vuelve parte. Nunca la oculté ni me impidió nada, hasta a la playa fui con ella. Usaba una remera de neoprene y la colocaba debajo".

La segunda de las operaciones fue del área de los hepatólogos. "Entré al quirófano y les dije rapidito por favor que en un mes tengo que estar en Barcelona en un congreso, me desperté y vi a los pies de mi cama a mi mujer, (siempre esta ahí). Me dijeron que la cirugía había sido un éxito, que no iba a necesitar una segunda intervención y que en ocho semanas iba a estar recuperado. Pasé mi cumpleaños 50 en el Austral, saber que no necesitaría otra operación me emocionaba. A los 13 días estaba trabajando y al mes, como había anticipado, en Barcelona".

Luego le quitaron la ileostomía y, de pronto, aparecieron dos nuevas manchas en el hígado que fueron extirpadas, una vez más, en el quirófano. "A las dos semanas de la operación le pregunté a mis médicos si podía ir a esquiar. Te ponés una faja y hacé lo que quieras, me dijeron. Y en agosto estaba esquiando con mis hijos y amigos. El cáncer me puso en perspectiva de la finitud de la vida, de lo importante que es el día a día y de cómo tenemos que disfrutar de todo, porque no sabemos qué nos depara el destino. Me volvió más humano, me acercó más a los afectos, me recordó quiénes son los amigos,quiénes están y no".

Martina y Facundo junto a su papá José.
Martina y Facundo junto a su papá José.

Al regreso José empezó una tanda de seis sesiones más de quimioterapia. "Ya en mi cuerpo no hay enfermedad y es divino que los estudios no muestren manchas y los indicadores tumorales den normales. Esta enfermedad no se rinde fácilmente. Yo menos. Sé que le voy ganando por muchos motivos: primero porque estoy convencido de ganarle. Segundo porque tengo una familia, amigos y mi equipo de trabajo que soporta mi situación, acompaña y contiene, y el tercero porque los equipos médicos de los doctores Silva, Podesta y Leme son de una calidad académica y humana que día a día me sorprenden. El cáncer se cura y la cura empieza por uno. De eso estoy convencido".

Si tenés una historia de resiliencia propia, de un familiar o conocido que quieras compartir, escribinos a GrandesEsperanzas@lanacion.com.ar .

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