Todo por ser mamá

Un trabajo de Luciana Mantero que refleja el arduo recorrido que deben afrontar muchas mujeres para poder tener hijos
Un trabajo de Luciana Mantero que refleja el arduo recorrido que deben afrontar muchas mujeres para poder tener hijos
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11 de octubre de 2015  

¿Seré una excepción? ¿Qué me espera? ¿Qué les pasará a otras mujeres? ¿Cómo vivirán la situación de querer un hijo y no poder tenerlo de manera natural, la búsqueda de un embarazo sin suerte que se prolonga, los tratamientos y la vida mientras tanto?

Una colega me habla de una amiga suya que ha pasado por este periplo. Vive en Mendoza. Le escribo para contarle que estoy en esta búsqueda personal y que también estoy pensando en publicar algo sobre el tema. Acordamos hablar por Skype. Me conecto el día y la hora convenidos y Camila me cuenta su historia.

El cuerpo de Camila es poesía

Fue una tormenta de un año y medio que le pareció una eternidad. Para Camila todo empezó después del casamiento. La ceremonia fue austera: un civil y después un almuerzo con la familia y algunos pocos amigos. Nada de vestido blanco, ni jaquet, ni ramo, ni champán, ni anillos. Hacía dos años que estaba con Tomás y por primera vez, en sus 33 años y sus varias parejas estables, le dieron ganas de tener hijos.

Había pensado que el momento indicado no iba a llegar nunca. Se aburría a los veintipocos cuando iba de visita a sus pagos en el interior de Mendoza, metida entre sus amigas panzonas, rodeada de niños reptantes, llantos inclementes, pañales sucios y tetas a punto de explotar. En ese momento, tenía otros planes para su vida. Vivía en la capital de la provincia, donde había estudiado y conseguido trabajo de lo que le gustaba. Escribía poesía. Había viajado a España con una beca para terminar un libro que estaba a punto de publicar un editor porteño. Se encontraba cada año con un grupo de escritores en algún lugar del país para compartir lo que hacían. La vida era salvaje y desaforada. Peligrosamente ciclotímica también.

Sin embargo, un tiempo después habían llegado a su vida Tomás y la idea de los hijos. Y él, que es un poco más formal, le había dicho: "Entonces nos casamos".

Todo el mundo sabía que el matrimonio era apenas la primera estación espacial hacia esa otra galaxia.

***

Otro fin de semana glorioso en los albores del otoño. Un lago profundo de agua turbia con algunos bichos de la familia de los patos. Un banco gastado donde descansaba una panza. Un bebedero y una fuente. Un cochecito que venía. Espacios verdes. Niños jugando a la pelota. Árboles floridos. Otro cochecito. Una mujer acunando a su bebé. Otra panza.

"Voy a tener que dejar de venir al parque", especuló Camila. La torturaban aquellas escenas alrededor suyo, que vistas a la distancia siempre parecen perfectas. Nunca tendría hijos, pensó. A ella no le iba a tocar. Caminaba de la mano de Tomás y no le decía nada, pero él paró para abrazarla porque de alguna forma sintió su tristeza.

"¿Por qué a mí? ¿Qué hice mal?" Nunca había pensado que le podía pasar que empezara a buscar un hijo y no quedara embarazada. No conocía a nadie que se hubiera enfrentado a esa situación.

Había dejado pasar un tiempo prudencial entre que abandonó la medicación psiquiátrica y empezó a buscar. Su psiquiatra y su ginecóloga le habían dicho que el clonazepam no afectaría al embrión, pero Camila sentía que su cuerpo tal vez había quedado infectado. O que habían sido las pastillas anticonceptivas, aunque no las había tomado más de un año seguido. O la dilatación del tema y que ya estaba demasiado vieja? ¿Por qué había esperado tanto tiempo? ¿Vieja a los 34?

Hacía un año y tres meses que estaban buscando un hijo; más de un año de ansiedad con picos que escalaban al acercarse la fecha de su menstruación. Aunque sin obsesionarse, estaba pendiente de la ovulación. Cuando tenía algún atraso, salía corriendo a comprar un test de embarazo.

Cada vez que iban de visita a lo de su suegra era lo mismo: "¿Y? ¿Alguna novedad?". También el resto de la familia se lo preguntaba con otras fórmulas. Novedades era la palabra clave. La movilizaba desde la punta del pelo hasta las uñas de los pies. Se angustiaba.

El especialista en fertilidad con el que acababan de hacer una primera consulta, joven y muy canchero, les había infundido confianza. Los había mandado a bajar la ansiedad y a tener relaciones intensamente durante los siguientes tres meses (les había dicho: "A ponerse la pilas. Todos los días o día por medio, fiesta"). Eso ya lo venían haciendo, casi como autómatas; tanto que Tomás había tenido que pedirle a su jefe que le cambiara la fecha de un viaje porque justo caía en el momento de ovulación. Y para eso le había tenido que explicar? ¡Su vida sexual, en boca de otros!

Pero no había ninguna novedad. Y el tiempo seguía pasando. Las panzas esa tarde en el parque eran como un imán; relucían con el sol.

***

Pasaron los tres meses y llegó la hora de estudiarla, le dijo el médico canchero. Todo el resto de los análisis le habían dado bien. Ahora le tocaba verse la cara con "el cuco", con el estudio más temido. Tenía que hacerse una histerosalpingografía.

(…) El doctor canchero se hizo de los resultados. Tomó el CD y lo puso en su computadora. No pudo verlo porque algo no funcionaba. Inclinó con cuidado la radiografía a contraluz. Agarró el informe y lo leyó de una manera que parecía concienzuda. Hubo un silencio y a Camila le dio taquicardia.

–Dos por ciento –soltó, y fue una bomba–. Tenés dos por ciento de posibilidades de quedar embarazada naturalmente. Tenés una trompa tapada completamente y otra, en un noventa por ciento. Hizo cuentas.

–Quizás en diez años lo logres, si tenés suerte.

Con ese resultado, les dijo, había que ir por un método de alta complejidad. Ni siquiera serviría una inseminación. El procedimiento más eficaz, les sugirió, era la fertilización in vitro mediante un ICSI (extraer sus óvulos e inyectarles en el núcleo los mejores espermatozoides. Luego, si evolucionan, implantar un par de esos embriones en el útero).

Camila se largó a llorar desconsoladamente. Suerte que estaba con Tomás, que la contuvo. Se alejó un segundo del cuadro y se miró desde afuera: era como si le estuviera pasando a otra. Ese tratamiento no era para ella. A ella con unas pastillitas le bastaba.

Salió de aquel cuarto chiquito y aséptico en shock.

***

–¿Edad?

–34.

–¿Has tenido hijos?

–No.

–¿Con qué te has cuidado todo este tiempo?

–Con pastillas anticonceptivas.

–¿Has abortado?

–No.

–¿Edad de tu primera relación sexual?

Parecía un interrogatorio policial. Sentía como si estuviera intentando entrar a un país sin el pasaporte en regla. De algún modo lo era.

Esta mujer que ahora la interrogaba tenía las llaves del cielo y del infierno. Era la médica encargada de evaluar a todos aquellos afiliados a OSEP, la obra social de los empleados públicos de su provincia, que buscaban tener un hijo naturalmente y no lo lograban; era quien daba el visto bueno para hacer los tratamientos. Su poder había crecido últimamente desde que se había aprobado la Ley Nacional de Reproducción Médicamente Asistida, que indica la cobertura de los tratamientos de fertilidad; la demanda de las parejas se había disparado.

Camila y Tomás llegaron con sus estudios y la sugerencia del médico canchero bajo el brazo.

–Mirá, acá no hay que hacer ningún tratamiento. No sé con quién has ido ni me interesa. Necesito ver tus trompas. Así que vamos a hacer una cirugía laparoscópica (una técnica quirúrgica "mínimamente invasiva" que requiere anestesia general). Esto que me traés es una foto. Las máquinas son máquinas y se pueden equivocar, y las personas también a veces nos podemos equivocar. Pero yo necesito ver tus trompas –le dijo con tono imperativo.

(…) Camila había nacido con un problema en el corazón casi imperceptible (prolapso mitral), pero, en el caso de una operación, había que monitorearlo especialmente. Tenía pánico a que algo fallara y su corazón se detuviera. Nunca la habían operado. Tenía miedo de morirse.

Por último, estaba el tema de la cobertura. A ellos el dinero no les sobraba: alquilaban su casa y para pagar el tratamiento habían pensado en vender el auto.

–Mirá –dijo la médica impaciente–, acá, gracias al director de OSEP, que es muy generoso, la obra social te cubre dos tratamientos por año y hasta ahora hay una lista de ciento veinte parejas. Así que seguramente dentro de cinco o seis años les toque a ustedes. Pero primero tenemos que hacer una laparoscópica y ahí vamos a ver si es necesario hacer un tratamiento.

Dentro de seis años Camila tendría 40.

***

Después de las visitas al médico canchero y a la doctora impaciente, decidieron ir a otro especialista. Le llevaron los resultados de la histerosalpingografía: la radiografía, el informe y el CD.

¿Las trompas casi totalmente obstruidas? No, él no veía nada de eso, les dijo. En el informe decía que una trompa estaba normal y la otra no se veía bien, pero tampoco había nada concluyente.

"¿Cómo? ¿Y el dos por ciento?", pensó Camila. El médico les propuso intentar durante algunos ciclos una estimulación de su ovulación con pastillas para ver qué pasaba. Quedaron en volver a verse para arrancar cuando a Camila le hubiera venido la menstruación. Para ella fue un alivio.

Días después, aterrizaron con un turno en el consultorio de un erudito en acupuntura (…). Fueron quince minutos con la aguja clavada en el tobillo, luz y música tenues, y calma. Se relajó totalmente.

(…) Es curioso cómo, cuando uno empieza a contar sus problemas, salen del ropero muchas otras personas que pasaron por lo mismo: su ginecóloga, amigas de amigas, compañeros del trabajo de Tomás e hijas de amigas de su mamá también buscaban hijos sin éxito. Sentirse acompañada, de alguna forma, le dio algo de aliento.

Esperaba con ansiedad su menstruación para ir al médico y empezar con la estimulación, pero su menstruación no venía. Ya iban dos días de atraso. Ese lunes no aguantó más y corrió a la farmacia. Se encerró en el baño y esperó los cinco minutos sin espiar. El test de embarazo (¿sería el octavo o el décimo que se hacía desde que empezó a buscar?) esta vez dio positivo.

Tuvo taquicardia. Le preocupó estar alucinando. Seguramente se había equivocado. Volvió a la farmacia y, como necesitaba hablar con alguien, encaró a la farmacéutica. La chica le aseguró que positivo era positivo, pero ella aun así, se llevó otra cajita.

Ahora han pasado cuatro meses y Camila, feliz, se acaricia la panza, que ya dejó de ser tejido flácido justo encima de sus caderas para tomar la forma de un embarazo. Recuerda con una media sonrisa que en la segunda ecografía el especialista arriesgó: "Si tengo que decir algo, para mí es una nena".

El bebé nacerá en marzo y se llamará Santiago.

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