Trabajo de vivir

Guillermo Jaim Etcheverry
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3 de junio de 2007  

El joven buscó un sitio adecuado en el rincón de una concurrida estación del subte de Washington, la capital de los EE.UU. Eran casi las ocho de una cruda mañana invernal de enero pasado. Inadvertido para la multitud que caminaba velozmente tratando de superar la aglomeración matinal, extrajo su violín del estuche, que colocó abierto frente a sí, luego de deslizar subrepticiamente en él algún dinero. Y comenzó a hacer música.

El joven no era un músico callejero común, su violín no era un instrumento cualquiera y las obras que ejecutaba no eran sencillas. Se trataba de Joshua Bell, uno de los más destacados violinistas del mundo, su violín era un Stradivarius de 1710 –valuado en más de tres millones de dólares– y atacó con la Chacona de la Partita Nº 2 de Bach. Otro gran músico, Johannes Brahms, alguna vez confesó: "Si yo sólo imaginara haber creado esa música o tan sólo la hubiera pensado, estoy seguro de que la excitación y la conmoción que habría experimentado hubiesen bastado para enloquecerme".

El sonido inundaba la estación, cuya acústica era sorprendentemente muy adecuada, y la magistral arquitectura sonora de Bach se adueñó rápidamente del ámbito. No pasaba inadvertida. ¿Cómo reaccionarían los transeúntes? En un contexto banal y en un momento inoportuno, ¿tendría la belleza capacidad para trascender? Esos interrogantes eran precisamente los que buscaba responder la experiencia de la que la situación descripta formaba parte, organizada por el matutino The Washington Post. Previendo que Bell sería reconocido –pocas semanas después habría de recibir el premio al mejor músico clásico de los EE.UU.– se organizaron estrategias para contener la multitud.

Jamás se reunió tal muchedumbre. Quienes caminaban ante Bell le dispensaban, en el mejor de los casos, una mirada esquiva; la mayoría lo ignoraba. Durante los 45 minutos, pasaron frente a él 1097 personas, siete se detuvieron y recaudó 32,17 dólares.

El análisis de tan apasionante experiencia ha generado debates en todo el mundo. Resulta interesante destacar dos aspectos. Muchos eran los jóvenes que caminaban frente al violinista con audífonos, escuchando su propia música. La difusión de la tecnología, en muchos caso, limita en vez de expandir nuestra experiencia de la realidad: escuchamos lo ya conocido, recibimos las noticias de quienes piensan como nosotros, nos vamos cerrando a los demás y a vivencias que nos son desconocidas. Si ante tan inesperado y generoso ofrecimiento de lo mejor, caminamos ciegos y sordos, ¿qué otras cosas nos estaremos perdiendo?, se pregunta Gene Weingarten, el periodista que relata esta experiencia en un bello artículo titulado Perlas antes del desayuno. Evoca a este respecto unas estrofas del poeta W. H. Davies "¿Qué es esta vida si, atrapados por ansiedades / carecemos de tiempo para detenernos y contemplar?"

El otro aspecto para destacar es que, entre las escasas personas que se interesaban por Bell, la mayoría eran niños. Que ni siquiera llegaban a detenerse porque eran arrastrados por sus mayores para que no perdieran tiempo. El poeta Billy Collins señaló que los niños nacen con un conocimiento y una apreciación innatos de la poesía, dones que la vida les va quitando lentamente. Posiblemente lo mismo suceda con la música.

Tal vez una de las más importantes conclusiones de esta aleccionadora experiencia sea precisamente la necesidad de preservar para los niños ese contacto directo con la realidad. En este caso, con la realidad de una música de la que alguien ha dicho que "no hace nada menos que demostrarles a los seres humanos por qué vale la pena tomarse el trabajo de vivir".

revista@lanacion.com.ar

El autor es educador y ensayista

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