Tradición y novedad

Guillermo Jaim Etcheverry
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12 de marzo de 2006  

Todo ha sido dicho. Pero nadie escucha. Por eso debe ser dicho una y otra vez, sólo que mejor. Aunque, para poder decirlo mejor, es preciso saber cómo fue dicho antes." Esta frase pertenece a Roger Shattuck, uno de los más notables escritores y críticos literarios estadounidenses, que murió a fines de 2005. Expresa una idea poderosa: para decir algo mejor –o al menos intentar hacerlo– es preciso saber cómo fue dicho antes. Constituye el fundamento de la educación, su piedra angular. Es muy difícil realizar un aporte original si no se sabe; resulta imposible hacerlo desde la ignorancia. Para cambiar las leyes de cualquier quehacer humano es preciso conocer las que hoy lo rigen. De allí que la tarea educativa refleje ese conflicto entre lo que se sabe y el impulso de modificarlo.

También este aspecto ha sido brillantemente resumido por Shattuck en sus Diecinueve tesis sobre literatura, que expuso en 1994 durante una reunión celebrada en Boston. Dijo entonces: "Al concluir el siglo XX, razonablemente deberíamos esperar que una educación liberal en nuestras escuelas y universidades cumpla con dos objetivos principales. El primero es el de presentar las bases históricas de nuestra compleja cultura y los estándares políticos y morales que han surgido de ellas. El segundo es el de brindar a los estudiantes las bases intelectuales para evaluar esa cultura, sus ideales y sus realidades. El primero explica e incluso justifica el statu quo. El segundo lo cuestiona. En una democracia, ambos resultan imprescindibles. Estas funciones opuestas se pueden cumplir casi simultáneamente gracias a un conjunto de obras escritas que proporcionan la base de la tradición occidental y, al mismo tiempo, la desafían."

De una manera cristalina, Shattuck advierte esa dualidad que define a las grandes producciones culturales: la de insertarse en una tradición y, al mismo tiempo, desde esa posición, intentar renovarla. El desafío actual reside precisamente en encontrar el modo de combinar ambos aspectos esenciales de la actividad educativa. La incorporación del pasado, desvinculada de la posibilidad de cuestionarlo, desemboca en un peligroso dogmatismo y puede transformarse en un esfuerzo estéril que sólo provocará el rechazo de las nuevas generaciones. Lo opuesto, cuestionar desde la ignorancia más absoluta, puede en cambio resultar atractivo en una época en la que se exageran el culto del individualismo y un riesgoso relativismo. Aunque sin duda encontrará más adeptos porque no supone esfuerzo de aprendizaje alguno, este camino no generará alternativas válidas.

Regresar a la concepción sostenida por Shattuck requiere comprender que frecuentar las grandes creaciones del ser humano –en este caso, las literarias, ya que él confía en el potencial humanizador que tiene la experiencia de imaginar– supone moverse en esa frontera ambigua de la tradición y su cuestionamiento. Para poder decir algo, si no original, al menos de modo novedoso, siempre será preciso saber cómo fue dicho antes. Lo que a primera vista aparece como un esfuerzo –la apropiación de la cultura– es una fuente de genuino placer precisamente por esa tensión que se genera entre la tradición y su crítica. Ese placer es el que surge al acercarse a los grandes problemas que acosan al ser humano desde siempre. Son los mismos que seguirán haciéndolo, aunque hoy hayamos elegido olvidarlos, asfixiados en una atmósfera de grosera banalidad en la que actuamos como si nos faltara el tiempo para lo único importante: reflexionar acerca del mundo y de nuestra propia vida en un intento de que los demás, y también nosotros mismos, vivamos mejor.

* El autor es educador y periodista

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