Un año difícil en África

Agustina de Alba
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11 de noviembre de 2016  • 00:00

En mi último post les conté cómo era vivir en la Isla Mauricio y cómo, inesperadamente, me anunciaron que yo iba a ser la nueva Head Sommelier del hotel en el que trabajaba.

Yo directamente no dormía, pasaban los días y me replanteaba si estaba lista para este desafío o si la sumatoria de las cosas me superaría. Estaba evaluando si agarraba todo y me volvía, pero siempre soy de las que pienso por algo me toca lo que me toca. Por eso en ese momento dije: Ok, vamos con todo.

El nuevo puesto inmediato no solo implicaba más responsabilidades laborales, sino además estar a cargo de un equipo de 12 wine waiters (todos hombres) nativos de la isla que hablaban en creole, no porque no manejaran otros dos idiomas, sino porque no tenían ningún interés en que una mujer, de 23 años, de tez blanca y extranjera les enseñara nada. Y una de mis principales tareas era capacitarlos, contagiarles la pasión por el vino, explicarles cómo vender/recomendar un vino. ¡Era tan difícil para mí! Además, entraba a las 10 de la mañana todos los días y me quedaba hasta las 11 de la noche, tenía un franco de vez en cuando... Estaba obsesionada con superar el desafío. Como si fuera poco, en el medio de la adaptación, mi jefe vino a pedirme que cambie la carta de vinos del restaurant hindú por completo en menos de 7 días, algo prácticamente imposible, porque hacer una carta de vinos lleva mucho tiempo y dedicación. Y encima hacer una carta de vinos con vinos de todo el mundo que prácticamente no conocía era impensable. ¿Vieron cuando decís: Bueno alguien va a tener piedad, ¿algo más me va a pasar? Eso sentía en ese momento. Mi novio me preguntaba todas las noches: "¿Por qué seguís?"

Eso sí, lo bueno es que tenía la posiblidad de probar vinos de todo el mundo; los vinos más caros de mi vida los probé ahí. Todas las noches, todos los días, abría botellas carísimas, ya que a ninguno de los huéspedes de ahí les importaba el precio. Recuerdo noches enteras de estar capacitando a los wine waiters, armando stock, planillas de costos, abriendo vinos en los restaurantes y probando (todas las noches servía en los tres restaurantes a la vez e iba y venía en mi carrito de golf) y anotando... Hasta que un día todo se complicó aún más de lo que podía imaginar. Solo habían pasado unos meses, cuando de pronto un día estaba hacienda el inventario de vinos: había mas de 5000 botellas y nos dimos cuenta de que faltaban 6 botellas de Chateau Margaux (uno de los vinos mas caros del mundo) y 6 botellas del Champagne Laurent Perrier Alexandra Rose, ¡y no aparecían por ningún lado! Hasta que esa noche salgo en mi auto y me paran 3 personas de seguridad, me abren el baúl, cosa que nunca había sucedido hasta ese momento y ¡pum! Ahí estaban los vinos. Ah no, lo que lloré, Dios mio.

Enseguida el Gerente General del hotel pidió ver las cámaras de seguridad y ahí descubrimos cómo me habían hecho la trampa. Mi novio me volvía a insistir que nos volviéramos y yo quería quedarme más que nunca. Me tomé un día de franco, descansé y pensé. Armé un plan de capacitación, exámenes y puntajes para los wine waiters. Ese puntaje estaría relacionado a la cantidad de propina que se llevaba cada uno. A la vez, le pedí al Gerente de alimentos y bebidas que hubiera un profesor de informática porque ninguno de mi equipo manejaba una computadora y era fundamental para buscar información de cada una de las casi 2000 etiquetas que había en la carta. También pedí un aumento de sueldo para todo mi equipo, y a las bodegas más cercanas (ubicadas en Sudáfrica) les empecé a pedir viajes de capacitación para ellos como incentivos. Y así empecé, porque me di cuenta de que lo mas importante era mi relación con ellos. Si ellos aprendía, de esa manera íbamos a avanzar.

Y avanzamos, al menos empezaron a venir a las capacitaciones, y la relación empezó a fluir de otra manera. Me empecé a ganar su respeto y en ese camino conocí a Prakash, uno de los wine waiters que me llego al corazón, que de repente entraba 5 horas antes para estar al lado mío y para asistirme en lo que necesitara. Él empezó a ser mi mano derecha y les pidió a los demás que aceptaran el idioma inglés en el grupo para comunicarnos. Por suerte todos aceptaron y así armamos un equipo, y empezamos a compartir y se cumplió mi año laboral. En agradecimiento a Prakash por toda su ayuda y sus infinitas horas extra, le conseguí un viaje pago de capacitación a Sudáfrica, a las mejores bodegas. Y ahí fue cuando él me dijo: "Tina nosotros no tenemos DNI, no podemos viajar, nunca tomé un avión". Pero ahí lo tramito por primera vez al DNI, y viajó, muerto de miedo.

A mi papá le iba contando lo que iba viviendo semana a semana hasta que un día se apareció en la Isla para decirme que vuelva a casa. No sé si fui del todo feliz, porque fueron meses muy difíciles, pero me pusieron a prueba, me hicieron más fuerte, me reafirmaron una vez más que amo mi profesión y que no podría vivir la vida de otra forma. Y lo último y más importante, es que en esta experiencia sacié mis ganas de seguir buscando aventuras por el mundo y empezó una nueva etapa en mi vida: la de vivir, habitar y elegir Buenos Aires. Y cierro este post, acordándome de cómo nos despedimos con Prakash: él vino a mi casa, me trajo un dulce hecho por su mujer y me escribió una carta de agradecimiento por haber confiado en él. Nunca lo voy a olvidar.

Mis recomendados

Cuando llega esta época del año y empiezan los días cálidos, esta es una variedad que amo y bebo seguido durante el verano: Sauvignon blanc, una variedad blanca, suave, cítrica y refrescante.

Es una variedad francesa que da origen a grandes vinos blancos franceses como Pouilly Fume o Sancerre, a su vez se adaptó muy bien en Nueva Zelanda convirtiéndose en la variedad blanca estrella del país.

En Argentina tenemos grandes ejemplares de esta variedad, sobre todo en zonas mas frescas como Valle de Uco en Mendoza y Patagonia.

Aquí mis recomendados:

Zorzal Terroir Unico Sauvignon Blanc 2016 , Bodega Zorzal, Tupungato, Mendoza, 150 pesos

Riglos Quinto Sauvignon Blanc 2016, Bodega Riglos, Tupungato, Mendoza, 179 pesos

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