Un campamento de rehabilitación para adictos... a la tecnología

En California, cada vez más profesionales recurren a organizaciones que ayudan a dejar teléfonos, computadoras, tabletas y relojes, y enseñan cómo "desconectarse para reconectarse"
En California, cada vez más profesionales recurren a organizaciones que ayudan a dejar teléfonos, computadoras, tabletas y relojes, y enseñan cómo "desconectarse para reconectarse"
Matt Haber
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3 de agosto de 2013  

NUEVA YORK.–De pronto, sentí un zumbido fantasma en los calzoncillos. Había llevado mi iPhone en el bolsillo delantero izquierdo durante tantos años, que mis jeans tenían una marca rectangular descolorida y permanente a la altura del muslo. A estas alturas, el teléfono es casi una extensión de mi sistema nervioso: aunque no lo lleve encima, puedo sentirlo, como si fuera un miembro amputado.

Pero mi celular estaba guardado con precinto dentro de una bolsa de compras reutilizable, junto con mi reloj pulsera, mi tarjeta de crédito y mi documento de identidad, así que cualquier zumbido que pudiera oír, era, seguramente, imaginario. Además, pudo haber sido un mosquito.

Era mi día 2 en el Camp Grounded (Campamento de Castigados), un campamento de verano exclusivo para adultos que se lleva a cabo en los ex cuarteles de los Boy Scouts en Navarro, California, unas dos horas y media al norte de San Francisco. Alrededor de 300 personas se habían reunido allí durante tres días para dividirse en equipos y jugar carreras de embolsados, hacer concursos de talentos y otras actividades para bajar un cambio, organizadas por Digital Detox, una agrupación que se dedica a enseñarles a los adictos a la tecnología a "desconectarse para reconectarse".

En Camp Grounded las reglas son simples: ni teléfono, ni computadora, ni tabletas, ni relojes. También está prohibido hablar de trabajo y revelar la edad y el nombre real de los participantes.

Esas restricciones me resultaban atractivas y con razón. Hace un año, era editor de un blog de noticias. Mi día empezaba a las 7.30 en la oficina, donde trabajaba de corrido hasta las 18.30. Estaba obligado a seguir a 1200 usuarios de Twitter, limpiar 180 publicaciones RSS y editar decenas de posts al día, una cinta transportadora que se aceleraba cada vez más. Por la noche, tenía la oportunidad de ponerme al día con los programas de televisión más "importantes", pero sin perder de vista mi Twitter.

La crisis personal y profesional de Walter White –el traficante de metanfetamina de Breaking Bad– o de Don Draper –el ejecutivo publicitario de Mad Men–, en esos días en los que me sentía especialmente deprimido, eran como versiones amplificadas y con mejor dirección de arte de mi propia moledora de carne de trabajo ininterrumpido. De noche, dejaba mi celular cargándose sobre la mesa de luz, y así sentía que, aunque estuviese durmiendo, el flujo de datos seguía estando a mano, no fuera cosa que pasara algo…

Después de un par de meses, mis manos empezaron a entumecerse y le pedí a mi médico que me hiciera una placa de tórax, porque estaba convencido de tener neumonía. No sólo estaba quemado: estaba fundido, como un malvavisco que se chamusca demasiado cerca del fuego.

En Camp Grounded, sin embargo, ya no seríamos blogueros, ni empresarios, ni abogados, ni consultores, ni tendríamos ningún otro título: éramos sólo nosotros y, en mi caso, yo respondía al seudónimo de "Brooklyn". Al quitarnos aquello que supuestamente nos "conecta", en esta era inalámbrica de contenidos compartidos y falsa modestia virtual, los fundadores de Digital Detox se propusieron generar conexiones verdaderas y más profundas que seguirse unos a otros por Twitter o ponerle un pulgar hacia arriba a la foto de alguien en Instagram.

"Ahora mi objetivo es conectar a la gente –me dijo uno de los cofundadores de Digital Detox, Levi Felix, de 28 años–. Siempre habrá nuevos medios, más cosas para hacer fuera del lugar donde uno está. Pero el único momento que importa es el ahora." Felix, cuyo nombre dentro del campamento era Fidget Wigglesworth, forma parte de un incipiente giro hacia un uso más consciente entre los usuarios de tecnología. En vez de aceptar como si nada la intrusión de las redes sociales en las relaciones interpersonales y la experiencia distanciada que nos ofrecen los teléfonos inteligentes y las tabletas, algunos expertos en tecnología están reconsiderando su apego a los artefactos tecnológicos.

Hay grupos como Reboot que han empezado a luchar para que se establezcan días sabáticos digitales y un Día Nacional de la Desconexión. Recientemente, Jaron Lanier, pionero en el campo de la realidad virtual, empezó a criticar los efectos deshumanizadores de la tecnología. Y Adrianna Huffington, indiscutida decana de Internet, ha usado su sitio web y su Twitter para abogar por la desconexión, aunque todavía tiene que renunciar a sus cuatro BlackBerry.

Felix, por su parte, trabajaba en Causecast.com, una plataforma corporativa de caridad, pero el trabajo a destajo y la mala alimentación lo llevaron al hospital, así que tuvo que replantearse sus prioridades. Según dice, vendió su auto y su "fina ropa Penguin", y se fue de viaje durante dos años y medio. Pasó un tiempo en el sudeste asiático, donde se dejó crecer una barba de hechicero.

"Tuve la oportunidad de bajarme del tren de la vida moderna –cuenta–. Así que me escapé para hacer mi viaje iniciático. Muchos de los que lo hacen jamás regresan, y llevan vidas de vagabundos. Yo volví, y mi causa ahora es enseñarle a la gente a conectarse entre sí."

El año pasado fundó Digital Detox, conduciendo pequeños retiros en el norte de California, Camboya y otros lugares, con énfasis en el yoga, la meditación, una dieta saludable y conexiones persona-a-persona, para tomarse una especie de respiro de la vida digital.

Pero Camp Grounded, el evento más grande organizado hasta ahora por Digital Detox, fue pensado menos como un viaje espiritual que como un lúdico regreso a la infancia. Los participantes, que abonaron 300 dólares por el fin de semana, recibieron mapas, instrucciones y una lista de cosas para llevar.

Hombres y mujeres fueron separados y distribuidos en aldeas con diferentes temáticas animales, donde dormirían en refugios de tres paredes. El único equipo de acampar que recibieron de los organizadores fue una colchoneta a prueba de agua.

El campo de tiro con rifle de los scouts había sido reconvertido en "campo de máquinas de escribir", y junto a un arroyo construyeron una yurta que se usaba como lugar común accesible durante la noche. Durante el fin de semana era posible bañarse desnudo en el estanque, y un micro pintado psicodélicamente estacionado en un claro del bosque fue sede de un concierto. La última noche, hubo una fiesta de egresados temática de la década de los 80.

Las comidas eran variaciones veganas y libres de gluten de los clásicos del campamento. Si es por lo que decían los acampantes, parece que renunciar a la carne era más difícil que renunciar a la tecnología, y ya para el segundo día, la conversación giraba casi exclusivamente en torno de hamburguesas, tocino y pollo frito. De todos modos, las quejas eran pocas y los conflictos interpersonales casi inexistentes. "Cuando uno quita todos los factores de estrés de la vida, ¿qué razón queda para pelearse?", dijo Felix.

"Desde 1997 que literalmente no estaba tanto tiempo lejos de mi casilla de mails y mi celular", cuenta Montgomery Kosma, de 45 años, presidente de una fundación que se ocupa de la violencia con armas de fuego y cuyo nombre de campamento era Jefferson Smith. "Fue raro, pasé mucho tiempo pensando y escribiendo. Mi nombre y mi trabajo realmente conforman mi identidad. Es muy difícil hablar del trabajo en términos genéricos."

Después del primer día, sin embargo, Kosma se adaptó. Aprendió a hacer "tallados solares" con una lupa sobre madera. Una semana después, dijo que seguía llevando consigo el diario que le entregaron en Camp Grounded, y en el que se pregunta una y otra vez: "¿Quién soy?".

Yo, en tanto, pasé dos días conociendo a mis compañeros y participando en el taller de respiración meditativa. También me quedé sin voz entonando esas canciones "que sabemos todos". Me pinté la cara, dormí la siesta en una hamaca y bailé espontáneamente, cosa difícil si se toma en cuenta que no he hecho nada espontáneo en toda mi vida.

Y una noche, me encontré tumbado boca arriba observando el cielo. Las únicas veces que había visto tan claramente las constelaciones había sido mirando el cielorraso de Grand Central Station.

En algún lugar, fuera de Camp Grounded, los iPhone zumbaban con las últimas noticias sobre el divorcio de Rupert Murdoch y el bebe de Kim Kardashian. Pero yo estaba buscando estrellas fugaces, no estrellas de la realidad.

Por: Matt Haber
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