Un mundo fugaz

Guillermo Jaim Etcheverry
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17 de agosto de 2003  

Dice Blas Pascal en uno de sus Pensamientos: "Para nosotros nada se detiene. Tal es nuestro estado natural y, sin embargo, el más contrario a nuestra inclinación; ardemos en deseos de hallar un asiento firme, una base final y constante para levantar sobre ella una torre que se eleve al infinito; pero todo nuestro fundamento se desmorona, y la tierra se abre hasta los abismos". Ecos de esta lúcida visión de la condición humana se reconocen en un pasaje del apasionante panorama del mundo actual que trazó Julio María Sanguinetti durante una reciente visita. El ex presidente de Uruguay afirmó: "Vivimos en un mun-do fugaz. Es preciso encontrar puntos de anclaje".

Si algo caracteriza a esta época es, precisamente, la velocidad vertiginosa que han adquirido nuestras vidas. No sólo no encontramos sitios firmes, sólidos, en los que anclarlas, sino que ya ni siquiera los buscamos. Habitamos esa realidad que el pensador de origen polaco Zygmunt Bauman caracteriza con maestría como la "modernidad líquida". Ese es el título de su libro que acaba de publicar, y que se inaugura con esta cita de Paul Valéry: "La interrupción, la incoherencia, la sorpresa, son las condiciones habituales de nuestra vida. Se han convertido incluso en necesidades reales para muchas personas, cuyas mentes sólo se alimentan de cambios súbitos y de estímulos permanentemente renovados. Ya no toleramos nada que dure. Ya no sabemos cómo hacer para lograr que el aburrimiento dé frutos".

Los sólidos, al conservar su forma, desafían al tiempo con su permanencia. Por el contrario, los líquidos son amorfos y, al fluir, se transforman a cada instante. De allí que lo líquido describa con precisión la realidad que nos rodea: un confuso estado de disolución de acontecimientos, vínculos, historias. Esta fugacidad de nuestra experiencia nos ha convencido de que "al patinar sobre hielo delgado, la única seguridad es la velocidad", según la metáfora de Ralph Waldo Emerson. No correr cuando debajo nada nos sostiene equivaldría a ahogarnos. Vivir a esta velocidad nos impide pensar, considerar el largo plazo. Si es preciso detenerse para hacerlo, ¿quién arriesgará caer al frenar un instante sobre el delgado hielo?

Correr se opone al ansia de encontrar bases sólidas para construirnos como personas, para edificar el mundo.

El hecho de vivir en este presente que, según Guy Debord, "quiere olvidar el pasado y ya no parece creer en el futuro", también explica la agonía de la educación, vinculada hasta ahora con la memoria de ese pasado y lanzada, desde siempre, como esperanza hacia el futuro. La tarea que realizan los educadores carece de sentido en la modernidad líquida que ha minado pasado y futuro, y que Bauman caracteriza como "los dos pilares sobre los que asentaban los puentes morales entre lo transitorio y lo duradero, entre la mortalidad humana y la inmortalidad de los logros humanos, y entre la asunción de la responsabilidad y la preferencia por vivir el momento". Sin embargo, tal vez en la labor empecinada y silenciosa de educar a los recién llegados al mundo, poniéndolos en posesión de su herencia y descubriéndoles así lo vasto de sus capacidades, resida la última esperanza de proporcionarles los elementos que les permitan intentar echar anclas.

Es posible que la reflexión les ayude a frenar las insensatas carreras en que se están convirtiendo sus vidas instantáneas que se deslizan veloces sobre el delgado hielo que les ofrece como soporte este, nuestro mundo fugaz.

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