Un texto egoísta

DJ
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Leo Ferri
(0)
31 de marzo de 2015  • 16:07

Una pregunta que me hacen casi tanto como "¿cómo está tu hijo?", es "¿cómo es Benjamín?". Y uno, que durante el día mantiene muchas charlas accidentales pero muy pocas que alcancen cierta profundidad, siempre termina respondiendo más o menos lo mismo: que es un copado, que durante el día duerme muy poco, que tiene ojos grandes y lindos como los de su mamá, y cosas así. Aunque ciertas, no dejan de ser respuestas básicas, moldeadas de acuerdo al contexto de la charla. Si voy en un ascensor desde planta baja hasta el piso 9, es difícil que pueda realmente contar cómo es mi hijo; aunque también es probable que las otras personas sólo esperen respuestas de ocasión, y con eso sea suficiente. Es por eso que nunca consigo describir completamente a Ben con palabras, un poco porque no me alcanzan, y otro tanto porque algunas descripciones son difíciles: en un retrato juegan un papel fundamental las palabras del retratado, y en este caso no las tengo. Hace unos días, viendo lo rápido que se suceden las cosas, con Naty pensábamos que sería bueno tener algunas anotaciones, para no olvidar algunos detalles que dentro de un tiempo van a perderse en el vértigo diario. Así que si me disculpan, éste será un post que oficiará de ayuda para mi floja memoria. Y aunque pueda aplicarse para cualquier bebé de su edad, será un texto egoísta, sólo para mí.

Burbujitas
Burbujitas

Ben es un quilombo hermoso. Desde hace seis días tiene dos dientes que le empiezan a dar un toque blanco a su sonrisa desdentada, y también algunos mordiscos a la teta de mamá. Él la mira fijo a los ojos cada vez que lo hace, como si supiera de qué se tratan ese dolor y ese grito, pero al instante utiliza el arma con la que no queda otra que declararlo inimputable: su risa. Ben muerde y se ríe, y así es imposible enojarse con él.

Ben se lleva absolutamente todo a la boca: juguetes, peluches, pañales (limpios), su ropa, sus pies y sus manos. Es un innovador: prefiere chuparse su dedo meñique en lugar del más tradicional pulgar. También se intenta meter todo el puño hasta que, inevitablemente, tiene arcadas; y cuando no le estamos prestando toda nuestra atención, tose como si se ahogara. ¿Cuándo fue que aprendió a manipularnos así?

A Ben le gustan el Trivisol (vitaminas) y el Ferinsol (hierro), pero detesta el Termofren (paracetamol). Esos goteros, junto a la leche materna y la Nutrilon, conforman su todavía acotado universo de sabores.

Ben duerme en su catre, con los brazos para arriba y carita de paz. A la vuelta de nuestro primer viaje como familia, en mayo, pasará a su cuna. Por ahora nuestra cama sólo es para jugar y dar vueltas. No le gusta el chupete y ya reconoce las mamaderas con la desesperación propia de quien está muerto de hambre.

Hace poco aprendió a agarrar cosas. Por ahora lo hace con toda la palma, porque todavía no le sale usar sólo sus dedos. La semana pasada aprendió que sus piernas pueden servirle como pinza para acercarse algunas cosas. Así es con todo: yo me voy a trabajar a la mañana y a la tarde me encuentro con un pibe lleno de nuevos recursos. Es un genio.

Ben sabe quedarse bien calladito cuando sus papás están discutiendo por algo. También le dicen instinto de supervivencia.

Ben eructa sin pudor y vomita sin discriminar superficies para después, por supuesto, reírse. Cuando caga (porque a eso no se le puede decir "hacer caca"), los ojos se le ponen colorados y tuerce la boca. Ahí nos reímos nosotros.

Tranca
Tranca

Benjamín mira televisión, y BabyTV es su canal favorito. No entiende nada, pero le gustan los colores, los brillos y los sonidos que de ahí salen. Identifica las canciones de " Charlie y los números" y las pavadas que dice "Henry el Glotón". Por el contrario, protesta y se aburre con "Draco", "Hippa Hippa" y "Cariñositos". También le gustan las pantallas de los celulares y computadoras, pero no dejamos que los toque, porque también le gusta tirar cosas al suelo; y los celulares están caros.

Paz
Paz

Ben está enamorado de su mamá, pero lo mejor para mí es no considerarlo competencia, porque sería una derrota segura. Como es muy sociable puede estar bien en brazos de cualquiera, pero basta con que ella cruce la puerta de entrada y él escuche su voz, para que le cambie la cara y le brillen los ojos.

Hablando de ojos, todos coinciden en que se parecen a los de Naty, y el resto de la cara se parece a mí. También en el carácter, sobre todo cuando se enoja: ahí deja de ser "nuestro" hijo, y pasa a ser sólo mío.

Su otra debilidad es el abuelo Héctor. Y la debilidad del abuelo Héctor es Ben. Hay un ida y vuelta muy especial que no sucede con ningún otro integrante de la familia. Sí, pueden ponerse celosos.

Si hay algo difícil cuando se tiene un hijo, es encontrar a alguien "de confianza" para cuidarlo, que no sean las abuelas Tere y Graciela (dos diosas, por cierto). Pero no sólo tienen que caernos bien a nosotros: también al pibito. Por suerte Ben se lleva diez puntos con Andrea y Marina, dos amigas/niñeras a las que espera con los brazos abiertos y la sonrisa regalada.

Nuestra perra Sol formó parte de la familia desde el comienzo, y siempre tratamos de incluirla: la queremos, y así nos aseguramos de que no rompa ni mastique nada que no debe. Desde hace un par de semanas Benjamín empezó a registrarla, a seguirla con su vista y a mover los brazos en su dirección cuando la ve. La convivencia es más feliz.

Ben es runner, ¿se nota?
Ben es runner, ¿se nota?

Ben duerme poco de día y mucho de noche, así que no podemos quejarnos. Tiene sueños (sospecho que su actividad onírica se relaciona con tetas y mamaderas) y le gusta madrugar, quizás demasiado. Desde hace 5 meses que mis días son mucho más largos de lo que deseo.

Pareciera que Ben es más tranquilo cuando está conmigo que cuando está con su mamá. Tengo algunas sospechas acerca de los motivos, pero me las guardo para que el chico siga teniendo a sus dos padres viviendo en una misma casa.

Ben no tiene idea de esta sección ni de su pequeña fama (cada vez más gente me habla de él y de lo que acá escribo), y celebro que sea así. Me quedan algunos años hasta que empiece a reprochármelo.

Por: Leo Ferri

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