Un viaje por la belleza del bolero: el haitiano cuyo hogar era el cielo azul

Francis Mallmann
Francis Mallmann PARA LA NACION
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25 de noviembre de 2018  

Amar y ser amados. Todo lo demás será ornamento; la pompa del trabajo, los placeres, el arte. La leve afectación de la ropa; galanura, garbo y majestad. Con los años solo algunos forman un recinto imaginario pero sólido como el que había construido él, donde se puede vivir en la soledad del amor por la vida. Amados por ella misma con esperanza longeva.

Al final, quizás la vida pueda derramarse luminosamente en un viaje de Uber. Una vida clara como un vaso de agua. Era un auto casi limpio, mi mujer y mis hijas se sentaron atrás. Yo deposité en el baúl el carro de bebé de Alba y me fui adelante para sentarme al lado de él. Con ese acto, invadí su intimidad. Había algunos frascos de remedios y, aunque el asiento del acompañante estaba vacío, sentí que ese espacio no formaba parte de su entorno de trabajo. Tenía la piel muy oscura y los dientes muy blancos. Parecía ser un hombre que desde afuera se miraba hacia adentro, sobre todo ahondado en integridad; aquel auto, su corbata y los boleros parecían un cálido refugio en su ir y venir por la ciudad.

Era haitiano y tendría casi 80 años, corbata y pantalón azul, camisa celeste y un sombrero elegante de lino. Se molestó un poco cuando elegí el camino y le di mis indicaciones. Igual fue afable; carcamán, pero solícito. En la radio sonaba "Son de la loma" por Roberto Ledesma, el cantante cubano nacido en 1924 que emigró a Estados Unidos, a la Florida, en 1960. Me dijo el nombre del cantante tres veces y cuando no hablábamos, en voz apenas audible cantaba un poco en español, levemente moviendo la mano, mirando la radio como si allí estuviera el cantante. Le pregunte de dónde era y mirando hacia arriba me contestó: "Del cielo azul. ¿Ve ese cielo? Vengo de allí, de Haití". Entonces comencé a hablarle en francés, y me dijo que en 1803 le ganaron la última batalla en Vertières a Napoleón y que en 1804 les dieron la independencia, aunque 20 años después Francia solicitó un convenio de pago de una onerosa indemnización. Demoraron 125 años en pagarlo. Eso, me dijo, lo entristecía mucho.

La colonia antes de la independencia crecía con el masivo uso de esclavos provenientes de África y la producción de caña de azúcar. En aquella época, por cada blanco había esclavos. Durante la revolución, todos los líderes fueron esclavos. De hecho, su primer presidente y rey, Henry Christophe, también lo fue. Todos los líderes del nuevo gobierno salieron de aquella lucha por la libertad.

Le pregunté si tenía hijos y me dijo que estaba muy distanciados de ellos y de su mujer, que no honraba la vida que habían elegido. Cuando dije la palabra bolero me habló de la belleza de aquellas canciones que derraman el más profundo amor, entre palabras y compases. Un romántico. Al subir el último repecho y llegar a casa, me dijo soy cantante, y fraseó una estrofa, un poco como Henri Salvador. "Tengo buena voz", me dijo.

Este hombre contenía una misteriosa dignidad emplazada obcecadamente entre las ventanas del auto, el cielo azul, los boleros y los gestos sosegados de sus manos, que parecían bailar suavemente con algún amor que no podía olvidar.

El auto se detuvo y todos nos bajamos. Le di la mano y me deseó buena suerte. Apenas pasan unas horas y me parece extrañarlo; lo hubiera invitado a comer. Éramos casi iguales, los dos teníamos corbata, yo debajo de mi chaqueta de cocina. También compartí ese cielo azul que sentía como su casa, aunque estuviera muy lejos de ella: "Haití siempre será mi madre y mi padre, este país es la suegra que no elegí".

En la vida hay amores dignos, lo demás son ornamentos. Una vez que estamos listos el amor hace una casa dentro nuestro.

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