Una declaración valiente y una perspectiva incómoda

Mercedes Funes
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16 de noviembre de 2019  • 12:37

Austral y fuera de calendario, el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, es como abrir por diez días un portal secreto en Latinoamérica en donde un montón de cinéfilos, críticos y estudiantes quedan aislados de las convulsiones de la región, que llegan siempre mediadas por pantallas: las de las salas, que contarán la historia con pretensiones más o menos obvias de dejar su moraleja, y las de los celulares, siempre mucho más atentos a reservar tickets para la próxima película que a las noticias. Entre la playa, la buena pesca y las construcciones de una era que resisten como la piedra al paso de los años, de no ser por el cine, el viaje también sería temporal. Pero si es posible estar bastante ajeno a las penurias de nuestros vecinos chilenos y bolivianos -hasta que nos las cuentan llorando sus protagonistas, los actores y directores que sienten alivio, pena y culpa por no estar en sus países-, ya no es posible evitar la revolución de las mujeres, ni sus réplicas: los dinosaurios que salen de abajo de las piedras para recordarnos que los derechos por los que peleamos no son tan urgentes, porque nunca lo fueron; las compañeras que se aferran a una foto vieja porque empoderadas por la lucha, aun no imaginan un mundo en el que podamos sentarnos a negociar como iguales.

Lo sentí esta semana en el Foro de Cine y Perspectiva de Género que el Festival abrió por segunda vez consecutiva en esta edición. En el foro, mientras algunas voces cuestionaron que en la película de apertura, Los muchachos de antes no usaban arsénico, proyectada para homenajear al maestro José Martínez Suárez -presidente del Festival por más de diez años, hasta su muerte en agosto último- hubiera tantos femicidios, y otras lamentaron la proyección especial del documental Que sea ley (¿Cómo un hombre blanco, cis, patriarcal y privilegiado podía contar la lucha por el aborto legal en la Argentina?), la siempre lúcida Albertina Carri dejó un mensaje profundo, concreto y verdaderamente revolucionario.

"El feminismo es la única ética posible -sostuvo la directora de Los Rubios y Las hijas del fuego-. Por eso, me corro de la discusión de género sobre las mujeres y desde esa ética y esa filosofía que significa el transfeminismo, propongo una ruptura total con lo establecido. Es por lo menos incómodo ser cineasta: la vida es una contradicción, cada época, cada generación, padeció su propio sino y a nosotras hoy aquí nos toca pensar en esta contradicción sobre nuestra profesión porque somos parte de esta época de descontento y de movimientos sociales y culturales que intentan poner en evidencia todo el despliegue de violencia que necesita el capital para seguir sosteniendo sus desigualdades. Mi propuesta es entonces ser parte de este medio como ese insecto incómodo que es la ladilla".

Y así, con la vista siempre adelantada y mientras otras sacaban la cuenta de las directoras presentes o proponían sumar por mandato una académica con perspectiva de género en cada producción para controlar contenidos a la altura de los tiempos, Albertina decide incomodar también, y en vez de nombrar a una mujer entre aquellas que incomodan, elige para siempre a la "poesía ladilla" de Pier Paolo Pasolini y a su política cinematográfica que habla de la igualdad y la particularidad de las putas, los putos, los reos, las maricas, los violados y las gordas como cuerpos posibles y habitables, que atraviesan e interpelan, "¡porque las ladillas son contagiosas!"

Y vuelvo a pensar en la mirada de José Martínez Suárez, y en la ausencia de ese caballero del cine que es la presencia que hoy habita -contagiosa- este festival con su humor, su sutileza, su elegancia, su respeto por la pluralidad de ideas que lo hizo maestro de realizadores tan diversos como Juan José Campanella, Lucrecia Martel y José Celestino Campusano (que en esta edición tiene en competencia Bajo mi piel morena, una formidable película sobre la feminización de la pobreza), y en cómo en su tiempo, hace ya 43 años, cuando fue filmada, esa extraordinaria comedia negra que es Los muchachos de antes... José, de quién nadie podría decir (tampoco ahora que no está) que haya sido un feminista, se las arregló para denunciar el horror del encierro y las desapariciones en la dictadura. Y recuerdo cómo él mismo tenía bien claro que hubiera sido imposible que la remake de Campanella -uno de sus alumnos más queridos- incluyera todos los femicidios del guión original.

Apenas unos días después del foro y en la misma sala, el director de Jauja, Lisandro Alonso, dirá en una masterclass -y sin que a nadie se le mueva un pelo- que sólo filma con hombres, denostará a Martel -acaso la más premiada de las realizadoras argentinas- e ironizará: "Todas mis influencias en el cine son varones, pero ahora queda bien sumar alguna mina, así que mejor pongamos que también me gusta María Luisa Bemberg". Y pienso, sobre todo, en Que sea ley, el documental de Juan Solanas sobre la lucha de las argentinas por la legalización del aborto, que fue ovacionado en festivales de todo el mundo, pero casi nos perdemos de ver en la Argentina por un absurdo boicot hecho por grupos de mujeres que consideraron un problema que su director fuera un varón blanco y privilegiado. Y me dan ganas de levantar más alto mi pañuelo verde después de ver la producción, en cuyo equipo ejecutivo también trabajaron dos mujeres talentosísimas, (Victoria Solanas y Laura Caniggia) algo que algunas sororas quizá olvidaron en el fragor de las cuentas.

"La película tiene una sola motivación: que el aborto en la Argentina sea legal, seguro y gratuito", dijo Solanas. Y lo logra con un recorrido limpio y balanceado, donde los argumentos son tan fuertes que hablan por sí mismos. ¿No es banalizar las muertes clandestinas ponerse a hablar de quién hizo qué cosa cuando el mensaje -que tanto les preocupa a algunos- es tan poderoso?

Y de nuevo vuelvo a Albertina y pienso también en la gran diva argentina, Graciela Borges, premiada y adorada como la gran figura del cine argentino y de este festival, y en su mandato cotidiano de hacer "declaraciones valientes". Acá va entonces la mía: José Martínez Suárez y Juan Solanas tal vez incomodaron más que algunas mujeres haciendo cuentas y que los supuestos maestros que dan cátedra de machismo. Y es que la perspectiva es importante, siempre que no nos nuble la visión.

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