Una ventana en el muro

Doris Quispe y Lidia Pérez ingresaron en la Universidad cuando estaban en la cárcel. Hoy, en libertad, cuentan por qué estudiar les cambió la vida
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20 de diciembre de 2009  

Ambas comenzaron la carrera de Sociología en la cárcel de Ezeiza. Ahora cursan en la sede de Marcelo T. de Alvear de la UBA y están dando los primeros pasos en la carrera de Derecho. Se convirtió en un lugar común escuchar que las cárceles, lejos de corregir caminos desacertados, acentúan y perpetúan los perfiles delictivos de quienes allí caen. Si bien la calle ofrece de forma corriente ejemplos que así lo evidencian, existen otras historias, como las de Doris Quispe y Lidia Pérez, que han cumplido sus penas respectivas y que encontraron en el estudio un recurso de cambio, crecimiento, esperanza e inclusión, que también abundan.

La Universidad de Buenos Aires (UBA) y la Cárcel de Devoto cooperan desde hace más de 20 años para brindar educación universitaria a los internos. El Programa UBA XXII - Educación en Cárceles nació en diciembre de 1985 por un convenio entre la UBA y el Servicio Penitenciario Federal. Del programa participan diversas unidades académicas, el Ciclo Básico Común (CBC) de la UBA, UBA XXI, y las facultades de Derecho, Psicología, Ciencias Económicas, Ciencias Sociales y Ciencias Exactas. La iniciativa, única en el mundo por sus peculiares características, registra una gran cantidad de egresados, alumnos que han obtenido el título mientras cumplían su pena o bien que los culminaron una vez en libertad.

La educación en las cárceles es un instrumento de socialización e integración, como lo explica la licenciada Alcira Daroqui, coordinadora de la carrera de Sociología en el Programa UBA XXII Universidad en Cárceles, investigadora del Instituto Gino Germani y docente en las universidades nacionales de Buenos Aires y Lomas de Zamora: "El que es chorro es chorro. Pero uno supone que el estudio es una herramienta muy buena y eficiente para elaborar un proyecto de vida productivo". Sólo en este sentido, agrega, "es probable que apostemos a bajar la reincidencia del delito."

Repensar la vida

Doris Quispe tiene 35 años y nació en Lima, Perú. Estuvo presa 4 años y 9 meses en la Unidad III de Ezeiza. Empezó Sociología mientras cumplía su condena; hoy está en 2° año de la carrera y en 1° de Derecho. Es soltera, tiene una hija de 15 años, y cuenta que su "problema" -como alude al delito que cometió- tuvo que ver con que "la persona con la que estaba en ese momento me manipuló". Y continúa: "Ahora me siento segura de mí misma; soy yo, me quiero yo".

-¿Cómo y por qué te decidiste a estudiar dentro de la cárcel?

-Primero me la pasé haciendo carreras cortas. Luego me anoté en Sociología, la única carrera que en ese momento se ofrecía en la Unidad III. Al principio no sabía para qué estudiaba; con el tiempo aprendí a querer la carrera. Dentro del penal los conocimientos me sostuvieron, fueron un rebusque. Todo interno que se anota para estudiar lo hace para salir de los pabellones. La primera meta es salir, y a medida que avanzan las materias uno quiere superarse. Estaba presa físicamente, pero esencialmente mi saber, mi pensar, era libre, lo único que no estaba condenado. Creo que esto fue lo que me hizo sobrevivir al encierro. Por el hecho de haber pasado por una situación de encierro pude repensar y revalorar el significado de la libertad y de la libertad de pensar. Esto es lo que he salvaguardado adentro a través del estudio. Para quien practica la libertad mental los muros no existen.

-¿Cuál era la postura del Servicio Penitenciario en torno al tema del estudio?

-El maltrato no era físico, sino de apremios psicológicos. Ahí te dicen que el estudio es un beneficio, y no es así, es un derecho.

-Una vez en libertad, ¿cómo fue la inserción en la facultad?

-Acá no sufro ningún tipo de discriminación; tuve aceptación. Nunca me sentí una mujer presa, sí una mujer estudiante y universitaria. Cuando me llegaron las salidas transitorias, salía para cursar en la facultad. Ahora me interesa demostrarle a la gente quién soy, y que el estudio te permite repensar tu vida. La realidad no se puede borrar con corrector, hay que superarla.

-Además del estudio, ¿a qué otras cosas dedicas tus días?

-Con Lidia (Pérez) hemos formado la ONG Rompiendo Muros, para defender los derechos de las personas que están privadas de su libertad, garantizar iguales derechos para todos, de educación, salud, trabajo. Dentro de la cárcel nos encargábamos de difundir el estudio, los talleres, los cursos. En este momento, además, trabajamos en un museo de la Boca.

Defender la libertad mental

Lidia Pérez es argentina, tiene 49 años y tres hijos. Recobró la libertad en julio de 2007 y, como Quispe, comenzó sus estudios universitarios mientras cumplía su condena, que fue de 2 años y dos meses. Ahora está en 1er. año de las carreras de Sociología y Derecho.

-¿Cómo fue recuperar la libertad?

-Recobré la libertad el día después de la nevada del 9 de julio. No olvidaré ese día. Fue triste dejar a mis compañeras y mi rancho. Pero sentía una gran alegría por irme. Alegría y miedo, las dos cosas. Una mezcla de alegría, miedo e incertidumbre.

-¿Miedo al después?

-Sí, miedo al después y a cómo iba a ser el tema de restablecer el vínculo con mis tres hijos. Con la mayor nos hablábamos mientras estaba en el penal. Con mi hijo sabía que había cosas que ninguno de los dos hablaba, que todo quedaba para la salida. La más chica era quien yo creía que había sentido más el abandono, porque estaba sin rumbo; creía que era con la que me iba a costar más restablecer la relación. Los cuatro éramos muy compinches. Ahora estamos tratando de recomponer este vínculo. Con la más chica intentamos todos los días tener lo que teníamos, o algo mejor inclusive. También me daba miedo pensar si iba a poder seguir estudiando. Es algo que siempre había querido y no había podido. Una cuenta que me había quedado pendiente y que antes sentía que ya no lo podía iniciar.

-¿Fue esta cuenta pendiente lo que te llevó a estudiar adentro?

-En el penal no. Al principio, estudiar significaba solamente salir del pabellón.

-¿Qué te brindó el estudio?

-Un espacio donde podía disfrutar de mi libertad mental. Salía de la oscuridad del pabellón y pasaba a un lindo lugar, con libros, música. Salía de la cumbia y había compañeras con las que podía hablar, y no sólo de la causa. Hablar de qué íbamos a hacer cuando saliéramos, tratar de establecer un proyecto de vida desde adentro. Esto me lo dio la educación. Los libros te hacen pensar. Por eso creo que en el penal puede ser más peligroso tener un libro que una granada.

-¿Cómo fue pasar a estudiar afuera?

-Al principio era difícil contar mi historia. Tenía miedo de que otras preocupaciones me impidieran seguir estudiando; pensar en la falta de dinero, de trabajo, en lo que necesitan mis hijos. Tenía miedo de privilegiar lo que había privilegiado antes; y no quería que eso me sucediera.

-¿Y la relación con tus compañeros?

-Expliqué lo que me pasaba y algunos docentes me guiaron. El primer día de clases acá afuera tuve miedo. Uno sale con la sensación de que tiene como un cartel luminoso en la cara que dice que venís de un penal. Después te das cuenta de que ese cartel lo tenés vos metido adentro; para el resto sos una más. Recién al finalizar el primer cuatrimestre me animé a contar que había estado en Ezeiza. Algunos se alejan y otros no. Es más difícil con la gente grande que con los jóvenes.

-¿Le temés a la reincidencia?

-No. El estudio te ayuda muchísimo, te abre la cabeza, te muestra que seguís siendo persona a pesar de lo que pasó, que seguís teniendo tus derechos. Tener otra visión de la vida me hace feliz.

Para contactarse con Rompiendo Muros: org.rompiendomuros@gmail.com

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