Vendió sus recuerdos de la infancia y con eso arrancó su propio negocio

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Inés Pujana
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25 de noviembre de 2019  • 11:16

De alma emprendedora, Rocío Alalu (34) probó varios proyectos antes de dar en el clavo con uno que realmente le apasionara y le permitiera ganar bien. Hablamos con ella y nos contó su historia y los principales desafíos que tuvo y tiene a la hora de manejar su marca, Wonderplay.

Rocío Alalu siempre emprendió. Cuando era chica cosía ropa de Barbie con los retazos de tela que le traía su papá. A los diecisiete fue un poco más allá y con una amiga crearon una marca de indumentaria. A pesar de que no tenía la necesidad económica, las ganas de "hacer" fueron más fuertes: consiguió un cortador y se pusieron a diseñar prendas que vendían en una feria que se hacía en el interior de un boliche. Como si eso fuera poco, al tiempo con otra amiga se pusieron a hacer anotadores que después vendían a locales chiquitos de C.A.B.A. Pero el impulso siempre le duraba poco... "Hasta que un día encontré la horma de mi zapato: los juguetes. Con ellos me divierto como si fuera una nena", cuenta Rocío, que desde el 2014 pone todo su empeño y creatividad en Wonderplay, una marca de juguetes artesanales de madera en la que incursionó de pura casualidad, gracias a esa inquietud que la caracteriza.

Periodista de profesión, por esa época se dedicaba a escribirle blogs a varios famosos que le contaban lo que hacían en su día a día. Fanática como era de la cocina, arrancó al mismo tiempo con su propia bitácora digital gastronómica, lo que, a fuerza de mucho enfocarse en el tema, terminó despertando el interés de Vicente, su hijo de 2 años. Decidió entonces comprarle una cocinita para que pudiera compartir con ella el arte culinario, pero no le fue fácil: "Era todo rosa y plástico, y yo quería una linda, como las de afuera. Así que llamé a un carpintero y la hice. Todos los que venían a mi casa me decían que era divina, pero dudaban a la hora de darle una igual a su hijo varón. Ahí me atravesó el mensaje. Yo dije, `¿cómo que no? ¡Cocinas para todos! Si todos los chicos quieren jugar con esto´." Fue entonces cuando se propuso hacer dos más. Como no quería que nadie la financie vendió sus papeles de carta de la infancia por $1500 y con eso las mandó a hacer: era el mismo modelo que hace ahora pero más rústico, pintado en vez de laqueado. Las tuvo varios meses en el living de su casa, hasta que un día creó su página de Facebook. "En esa época el algoritmo era espectacular y te mostraba a todos -cuenta- Le puse Wonderplay porque me gustaba el concepto de maravilla. Así empecé, sacando fotos con mi teléfono. Hasta que un día una chica me quiso comprar una. Vino a mi casa y yo le dije que la otra estaba vendida, así que se llevó `la que quedaba´. Esas dos se convirtieron en 4, 4 en 6, y así fui creciendo, siempre a través de las redes y autofinanciando el proyecto."

La expansión

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Rocío trabajó desde su casa por mucho tiempo. Tenía que dar vuelta las cocinitas para que sus hijos no se pusieran a jugar con ellas, al mismo tiempo que le pedía ayuda a los porteros de su edificio para subir y bajar las ventas. "Cuando tenía que venir un cliente no estaba bueno, porque me daba vergüenza que mi casa no encajara con toda la imagen que yo había construido". Así, cumplidos dos años del emprendimiento, pegó un salto. La producción le consumía demasiado tiempo y los productos ya no le entraban en su casa, así que alquiló un showroom en donde podía tener todo el stock y recibir a las personas en un lugar que tuviera más que ver con la estética de la marca. "Yo siempre digo que la gente piensa que Wonderplay es como la fábrica de Willy Wonka, donde hay umpalumpas trabajando, y soy yo, con dos personas que me ayudan", cuenta riendo, "si yo pudiese tener una fábrica sería ideal, pero en la Argentina es muy difícil, porque tenés que sacar un crédito para comprar máquinas y demases, y yo voy muy de a poquito, paso a paso. No me gusta tener deuda ni crecer a un ritmo que no puedo manejar." En ese sentido, la premisa que Rocío se propone desde el principio es hacer en suelo nacional juguetes sin enchufes, libres de prejuicios y que no sólo diviertan, sino que también decoren. Para lograrlo trabaja con más de 15 proveedores, desde carpinteros hasta costureros que se dedican a sumar los detalles de cada pieza. "Hoy en día tengo todo tercerizado. Mi proyecto está atravesado por un montón de premisas que me gustan. Me gusta generar trabajo, incorporar gente nueva y formar equipo, para que todos se sientan parte. Si yo me tuviese que poner a vender en masa quizás perdería ese espíritu. Mil veces me dijeron ´trae las cosas de China y olvidate', pero yo no quiero, porque Wonderplay tiene que ver con hacer un producto de calidad en Argentina. Probé muchas personas y no cualquier proveedor puede hacer lo que yo necesito. Quizás porque soy perfeccionista; o porque hago juguetes y me la juego con el tema de la seguridad: los plásticos tienen que estar bien puestos y los bordes cuidados. Si un proveedor que trabaja conmigo pone mal una perilla y después se la traga un nene de dos años yo me tiro por la ventana" cuenta con sincera angustia.

Surfeando la ola

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A la hora de describir los mayores obstáculos de emprender, Rocío no lo duda: "El dólar siempre es lo más difícil. Es una daga. Todos los insumos suben: los plásticos, los vinilos, la madera, el gasoil del flete... Ocuparse tanto de los precios es un freno a la productividad. Todo este año estuve a punto de tirar la toalla, sobre todo cuando el dólar se fue a 60: casi me infarto. Por suerte tengo una comunidad muy copada en Instagram que siempre me tira buena onda y me motiva. Pero bueno, al mismo tiempo te llaman con aumentos y las cosas suben sin parar y uno piensa. '¿hasta dónde puedo subir los precios?¿hasta dónde puedo hacer todo este esfuerzo? ¿Para llevarme cuánto?' Es difícil". Más allá de las dificultades del contexto, el éxito de Wonderplay es tal, que Rocío más de una vez se vio enfrentada al dilema típico de los emprendedores: crecer. "Siempre es un punto de inflexión evaluar si quiero crecer. Lo hablo mucho con una amiga que también emprende, y que cuando yo le digo, 'quiero vender mayorista' , ella me dice, '¿Estás segura que te querés meter en eso?' Después pienso que tiene razón, porque así como estoy tengo la disponibilidad para hacer lo que quiero, cuando quiero y como quiero. Puedo buscar a mis hijos del colegio, ir a un cumple o no abrir el showroom todos los días. A veces el proyecto te empuja, pero yo también me pongo un freno, porque crecer implica más responsabilidades, y yo no sé si las quiero. Me escriben de muchos lugares para que me expanda: Brasil, Chile, España, Francia, Inglaterra. y está buenísimo, a mi me encantaría. Pero también, ¿cuál sería el costo?", reflexiona, mostrando que su ya tiene una decisión tomada en lo que a calidad de vida se refiere. Es que para ella Wonderplay no es simplemente una forma de ganarse la vida, es una forma de disfrutarla y de vivirla a pleno. "A mí me gusta lo que hago, soy muy feliz con los juguetes. Veo lo que generan y la verdad es que soy una privilegiada: me gusta lo que hago, dónde voy y la gente con la que trato. Todo eso te pone en otro plano" dice extasiada, y no podemos más que coincidir con ella.

EN NÚMEROS

  • $5590 sale en modelo más básico de cocinitas.
  • $1190 las batidoras, tostadoras y licuadoras de madera.
  • 50 cocinas hace en promedio por mes.
  • $20.000 es lo que gasta mensualmente en insumos de madera.
  • 3 días a la semana abre el showroom en Belgrano (de 15 a 18)
  • 3 talleres de carpintería trabajan en simultáneo para ella (2 haciendo cocinitas y heladeras y 1 haciendo accesorios).
  • 3 talleres se ocupan de hacer el laqueado y la pintura.
  • 46 mil personas siguen a Wonderplay en Instagram.
  • 90% de las ventas las hacen a través de su página web.
  • 60 productos diferentes se venden en la web.

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