Ver a los Stones desde el lugar más privilegiado

La particular mirada de un cronista que, desde el vip del estadio, vivió una previa entre famosos locales y tragos alegóricos a las canciones de estas leyendas del rock
Luis Corbacho
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13 de febrero de 2016  

Crédito: Gentileza

¿Qué tiene de interesante el vip de un recital? Todo. En este caso en particular, un towncar negro estilo Devil Wears Prada pasó a buscarnos por la puerta de nuestra casa, y eso ya es un motivo suficiente para ir hasta La Plata sin preocupaciones automovilísticas. Dato de color: los mismísimos Rolling Stones, secundados por el grupo especial Halcón, iban delante nuestro allanando el camino, por lo que el trayecto se hizo tantísimo más leve de lo habitual.

Para quienes pocas veces logran entrar en un vip, la sensación de estar del otro lado de la cinta o valla observando de reojo con aires de gloria al resto de los mortales apretujados ahí afuera, imaginando que se preguntan cómo hizo el fulano para estar ahí adentro (si es medio famoso, si trabaja en algo muy importante, si es amigo de un amigo, si logró colarse o qué), puede ser uno de los grandes momentos de sus vidas (es un imaginario banal, pero muy real). Pero para los que trabajamos, en parte, de estar justamente dentro de un vip persiguiendo famosos, nos importa qué tan buena sea la barra, quién está a cargo del catering, si hay sólo bandejeo escaso o súper platos gourmet, el nivel de los famosos involucrados (¿consiguieron a Susana, a Marcelo, a las hijas de Marcelo, o no hubo presupuesto y apenas pudieron llevar a la novia de algún famoso en plan it girl devaluada?) y la comodidad de los sillones alquilados por algún ambientador de moda.

Salvo contadas excepciones: imagino que estar en el vip de la fiesta de Vanity Fair de los premios Oscar debe ser una experiencia inolvidable, pero como un evento así nos queda tan lejos (en términos geográficos y por cuestiones propias del sistema de castas del showbizz mundial) no vale la pena soñar con algo así o siquiera dedicarle más líneas. La otra excepción que resulta más real, incluso para quien no es ni rico ni famoso ni un periodista que se dedica a chismear sobre ricos y famosos, son los vip de los recitales.

Estos espacios, cada vez más comunes en los grandes conciertos, atraen tanto a los desconocidos wannabes como a las celebridades hartas de tanto evento vip al que acuden por un canje de ropa o celular, por un cachet de 20.000 pesos con factura C o por la foto promocional, dependiendo del estatus de cada uno. ¿La razón? Estos vip, a diferencia de los otros, son muy funcionales. Y aunque uno no sea una bloguera medio pelo que de casualidad fue invitada, puede acceder a este espacio pagando un plus en la entrada, siendo cliente de un banco (que auspicia el recital) o… trabajando de periodista.

La entrada también resulta muy estelar para los clientes vip, aunque vayan en sus propios autos: un sticker pegado al parabrisas habilita el estacionamiento más cercano al escenario y menos plagado de hordas de fanáticos en estado de euforia absoluta por ver, finalmente y luego de tantos años, a la banda de sus sueños. No trapitos, no caminatas eternas, no estrés. El Estadio Ciudad de La Plata, así, se hizo más amable (debo confesar que me perdí a Britney Spears cuando vino a la Argentina en su época más trash, y el megarrecital de U2 por la fiaca misma de ir hasta La Plata, manejar, estacionar, hacer las colas correspondientes y estar en el campo parado).

Una vez dentro del vip, todo fue magia: las hermanas Ortega y las hermanas Tinelli posando para las cámaras y una enorme barra circular con tragos alegóricos a la banda (Start me up –shots para encenderse–, Satisfaction –Campari, pisco, gin, mandarinas, espuma de limón y perlas–, o Simpatía por el demonio –jugo de tomate, pimiento ahumado, vodka, jugo de lima, tabasco y flores de sal–, por citar algunos ejemplos) que da la bienvenida.

En el centro de la escena, la glamorosa DJ Nat Nat calienta motores con clásicos de los Rolling remixados, que sumados a las bebidas espirituosas nos hacen dar los primeros pasitos de baile (tímidos, obviamente, porque faltan un par de horas para que Jagger y su banda nos lleven al delirio stone).

Este vip en particular es realmente impresionante por un motivo esencial: está ubicado en lo más alto del estadio, por lo que funciona como una espacie de torre de control completamente transparente y vidriada desde donde se accede visualmente a un paneo 360 de todo lo que ocurre en el escenario y sus alrededores.

Da un poco de vértigo, pero la sensación no tiene precio. Abriendo las puertas vidriadas y herméticas de aquella torre, el estadio se siente en carne viva: 55.000 personas arengan Ohhhhh, vamo los Stone, los Stone, los Stone, vamo los Stone…

Ahí afuera, emocionados, el futbolista Daniel Osvaldo y el periodista Juan Pablo Varsky toman videos panorámicos con sus smartphones, mientras Adrián Suar y Griselda Siciliani observan todo desde adentro, como embobados con la situación.

Se sienten privilegiados porque en lugar de esperar a los Stones haciendo cola para comprar un choripán entre la muchedumbre de allá abajo, degustan acá arriba un exquisito catering con bocaditos de salmón, langostinos apanados, fritata de berenjenas, las tan de moda minihamburgesas y mollejitas fritas.

Todo eso que hay en un vip de los buenos, todo eso que los periodistas y celebridades habituados a esto evaluamos –o chusmeamos, en honor a la verdad– mientras comemos, bebemos y observamos. Esto, desde ya, perdió toda importancia cuando el DJ set de Nat Kat se cortó, hubo unos minutos de silencio y la inigualable guitarra de Keith Richards comenzó a sonar con los inconfundibles acordes rollingas. Fue en ese momento que todos abandonamos la torre de cristal, corrimos a las gradas superiores y eufóricos presenciamos la aparición de Mick Jagger sobre el escenario.

Entonces bailamos, gritamos, aullamos y todo fue alegría, una alegría vip que se vio coronada por decenas de mozos saliendo a nuestras gradas con copas de champagne para brindar por vivir ese momento inigualable y ser testigos de, quién sabe, la última visita de los Rolling Stones a la Argentina. Al fin y al cabo, lo que ocurre en un vip podría interpretarse (con justicia) como una tontería endogámica más donde protofamosos y "gente de los medios" prefiere mirarse y preguntarse quién es quién más que disfrutar del momento en un lugar privilegiado. Cuando los Stones aparecen, el resto de las estrellas se apagan. Y eso no tiene precio.

Un tour más argentino que sudamericano

Los Rolling Stones realizarán hoy su tercer y último show en la Argentina a estadio lleno antes de partir hacia Montevideo y luego a Brasil. En cada uno de esos países (al igual que en Chile, escala previa a nuestro país), la banda de Jagger efectuará sólo una presentación

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