VIAJAR A LO ETERNO

La aventura de buscar un párrafo perdido y los caminos que recorrió el autor para encontrarlo
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14 de marzo de 1999  

Cada vez que inicio un viaje, recuerdo aquel párrafo que alguna vez leí. Presente el eco lejano de esas sugestivas palabras, no necesité regresar a ellas hasta que decidí escribir sobre la experiencia de viajar. Jamás imaginé los caminos que recorrería en busca del párrafo perdido. Este es el relato de esa aventura. Recordaba que el texto pertenecía a Italo Calvino y que lo había leído citado en las páginas iniciales de un libro -¿ensayo?, ¿novela?- de otro autor cuyo nombre, lógicamente, se me escapaba. Tenía cierta intuición topográfica, un vago recuerdo del sitio de la biblioteca que lo alojaba. Aunque repasé ese estante, el de arriba, el de abajo, todos (y no son pocos), fue inútil. En medio de la noche me despertaba obsesionado por alguna nueva pista y me precipitaba con desesperación a revisar libros. Pero el párrafo no aparecía. Lógicamente, busqué empecinado en las no pocas obras de Calvino. Nada. Hasta envié insólitos mensajes a estudiosos desconocidos solicitando auxilio. Pasaban los días y mi búsqueda no avanzaba.

Diarios, novelas, me proponía verlo todo. Sin embargo, el párrafo no aparecía. Quería recurrir a McEwan, pero no encontraba la forma de hacerlo. Una mañana, leyendo una larga entrevista al autor en The New York Times, supe que estaba casado con una editora del Financial Times cuyo nombre se mencionaba. Conseguí su dirección electrónica y le envié una botella al ciberespacio con el extraño relato de mis desvelos, recurriendo como pasaporte a los ecos de Borges sugeridos por la historia y pidiéndole que intercediera ante su marido para que me revelara la fuente de la cita. McEwan me respondió: "Hace bien en invocar el espíritu de Borges. La historia de ese extraño párrafo es como sigue: en 1976 yo estaba en Berkeley, California, en casa del poeta Bob Hass que me llevó a visitar una librería especializada en poesía cuyo nombre, creo, era Dólar de arena. Mientras hojeaba uno de los libros, tropecé con esas palabras misteriosas que un poeta local (cuyo nombre no recuerdo) había utilizado como epígrafe para su colección de poemas. Las garabateé en el dorso de un sobre y luego las transcribí en mi libreta de notas. No recuerdo que fuera otro que Cesare Pavese a quien estaban atribuidas esas palabras.

"Cuatro años más tarde utilicé ese párrafo para The Comfort of Strangers. A los dos años, mi traductora al italiano me escribió preguntándome de qué libro de Pavese provenía la cita. Ella no la había podido localizar ni en los diarios ni en ningún otro sitio. Lógicamente, no podía ayudarla. El editor, Einaudi, encomendó una búsqueda en todas las obras de Pavese con la cooperación de sus herederos sin ningún éxito.

"La fuente jamás se ha encontrado. Tal vez cometí un error. Tal vez el confundido haya sido el poeta local. Tal vez el poeta oyó esas palabras del propio Pavese. Esta reflexión, una pequeña gema acerca de la desorientación que ocasionan los viajes, sigue sin ser atribuida. Su verdad, sin embargo, permanece intacta. Durante todos estos años, los especialistas italianos no han podido encontrar la cita en las obras de Pavese. Las palabras deben replegarse a la misma eternidad sobre la que reflexionan y desequilibrarnos todavía más. Con los mejroes deseos, Ian McEwan."

El autor del párrafo se escapaba una vez más a mi persecución. Pero a esta altura del relato, el lector estará impaciente por conocer el motivo de tanto desvelo y, tal vez, por colaborar en mi búsqueda. Esas líneas dicen así: "Hay algo atroz en los viajes. Nos obligan a confiar en los extraños y a alejarnos de nuestros amigos y de las comodidades hogareñas. Provocan un desequilibrio permanente. Nada nos pertenece, salvo lo esencial -el aire, el descanso, los sueños, el mar, el cielo-, todo lo que tiende hacia lo eterno o lo que imaginamos que es la eternidad".

Aunque no sepamos quién escribió esas palabras misteriosas, ellas definen admirablemente la experiencia singular del viajar.

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