¿Viena tiene la culpa?

El rechazo que produjo el ascenso de Haider provocó un bloqueo turístico preocupante para un país que vive, en buena medida, de las bellezas de su capital
El rechazo que produjo el ascenso de Haider provocó un bloqueo turístico preocupante para un país que vive, en buena medida, de las bellezas de su capital
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19 de marzo de 2000  

La emperatriz Sissi era delicada, hermosísima y elegante cuando se casó con Francisco José, el hombre más codiciado de la sociedad austríaca. Sin embargo, a pesar de sus dotes, la emperatriz Sissi nunca fue aceptada ni por la nobleza ni por la alta sociedad por ser extranjera. Este dato, aunque ínfimo en la historia de un país, explica en parte lo que está ocurriendo ahora en Austria. Hoy la tranquila Viena, la reina del barroco y la más imperial de todas sus pares europeas, está en ojo del huracán por dilemas políticos relacionados con la xenofobia y racismo que derivan de la cultura ultraconservadora. Es preciso remarcar que un diez por ciento de la población austríaca es de origen extranjero, y que en otros momentos el país ha hecho un verdadero esfuerzo para integrarlos.

Pero, en términos generales, la sociedad austríaca fue y es conservadora, como lo muestran no sólo el 27 por ciento de votos que obtuvo Jörg Haider, sino también sus gustos y costumbres: la vetusta forma de vestir, sus anticuados sombreros o los simpáticos trajes tradicionales trachten, usados para disfraces en otros países, pero que se llevan aquí a toda hora y ocasión.

Los austríacos aman las fiestas de la tradición, los cafés antiguos, el tratarse de usted (manteniendo distancias) y el dejar fluir la vida como lo hacían antaño.

Las manifestaciones en contra del exhibicionista Haider rea-lizadas a cabo por grupos de minorías, de judíos y de ciudadanos opositores, han puesto al gobierno en la picota y en peligro la industria del turismo, que representa el 6,5% del PBI y que emplea a más de medio millón de austríacos.

Aunque aún no hay datos globales que puedan medir la dimensión del impacto, algunas señales están causando pánico: sólo desde Israel ya se cancelaron 15.000 reservas desde la llegada de los derechistas a la coalición gobernante.

Y es que la comunidad judía, por obvias razones, es la más afectada por el incierto futuro democrático si este grupo toma más fuerza -y más confianza- con el tiempo. En Viena, concentrándose en el distrito 2, viven más de 12.000 judíos. Antes de la política del Anschluss (la unión con Alemania) había 180.000, y de éstos 65.000 fueron exterminados, el resto escapó y sólo 5000 sobrevivieron. Hoy, la comunidad se congrega en 14 sinagogas y son socias del Centro Cultural Judío 7800 personas. Fue en este país, paradójicamente, donde nació el mayor dictador de Alemania, Adolph Hitler.

Los vieneses aman sus conciertos clásicos, la literatura y la cultura. Los cafés donde pasaban sus horas Trotski, Einstein o Beethoven han quedado intactos, poblados de parroquianos que leen los diarios en silencio, como lo hacían sus antepasados.

"En efecto: los austríacos no son sólo conservadores, sino que tienen fuerte tendencia a no asumir responsabilidades, a olvidar, obliterar y excluir el pasado y su historia", dice el psicólogo argentino Gustavo Bernstein, residente en Viena.

"En las escuelas austríacas -añade- se enseña desde el Holocausto, pero se dice a los niños que Austria fue la primera víctima de los nazis con la invasión alemana y que, por lo tanto, no tuvo culpa. La cultura está impregnada por esta idea de victimismo y de no asumir la responsabilidad. Una mayoría siente que las declaraciones de Haider deben dejarse de lado, que no tienen sentido, y se considera en estos días una vez más víctima del resto de Europa."

Los austríacos han estado siempre orgullosos de su casa real de Habsburgo como de su capital, Viena, ciudad estrechamente ligada con esta familia imperial y que sirvió de residencia al káiser por más de dos siglos. Es la Viena que albergó a Maximiliano I, emperador del Sacro Imperio, y a la brillante reina María Teresa, feminista en el 1700 y gran reformista de leyes administrativas y financieras.

Un viaje a Viena es una palpitante experiencia cultural y no una búsqueda de vanguardia. En Viena, la movida alternativa -en las artes, la música, la gastronomía o aun en los barrios rojos al estilo de los de Amsterdam- no ha echado raíces. Los conciertos de rock masivos son escasos. Por el contrario, abundan las presentaciónes en sociedad para las jóvenes de 18 años, con su consabido baile de largo, con tules y vestidos blancos.

La romántica y pequeña ciudad abrazada por el Danubio tampoco ofrece hoy las audacias que desplegó en los albores del siglo XX, cuando el círculo intelectual de Viena unía a Freud y a la intrigante Lou Andreas Salome -amante de Nietzsche y analizada por Freud-, al filósofo Hegel o el fabuloso pintor Gustav Klimt, precursor del expresionismo vienés. Hoy es sólo dulce y tradicional como el vals o el sabroso chocolate de la sachertorte.

Nada más romántico que desplomarse en el viejo tranvía circular, número 1 o 2, y zambullirse en el pasado histórico y arquitectónico que ofrece el Ring. Por el Ring, una gran avenida de circunvalación que antes abrazaba las murallas otomanas, circula el tranvía con la lentitud de comienzos de siglo, a la velocidad ideal para observar los grandiosos monumentos y palacios. La ciudad moderna -si se entiende por moderno los comercios, restaurantes y cafés de moda- se extiende alrededor de la catedral de San Esteban, del Teatro de la Opera y por las peatonales que circundan estos dos colosos. En este sector abundan los comercios elegantes, escasas boutiques de moda y negocios turísticos, con ropa de Loden y Trachten, violines, o las famosas bolitas de mazapán de Mozart. La Marienhilfe strasse, la más comercial de todas las avenidas ofrece precios para todos los niveles de poder adquisitivo.

A pesar de que el imperio desapareció hace casi un siglo, Viena no ha perdido ni un ápice de su nobleza y continúa siendo una ciudad de prestigio. Para los expertos en arte es una de las principales capitales de Europa, aunque muchos europeos consideren a los vieneses chapados a la antigua.

En Viena, la juventud asiste a conciertos de música de cámara como lo hicieron sus abuelos y bisabuelos y se encuentran menos rockeros y heavies que en Londres. Sin embargo, nada tiene que envidiar a los pubs ingleses un wein keller -bodega- atendido por los dueños, donde a la suave luz de velas se sirven suculentos platos típicos, codillo de cerdo asado, papas con panceta, acompañados de buen vino.

Durante un día común de invierno, con temperaturas de 10 bajo cero, Viena es gélida y se precisa estar vestido como para esquiar. "No se preocupen, la temperatura puede bajar aún más", amenazan con ironía los locales. Por su ubicación en el este de Europa, la ciudad sufre varios grados menos que otras centroeuropeas y no es sorprendente que nieve hasta principios de junio. Los vientos soplan iracundos y las heladas son frecuentes.

En las mañanas, el termómetro desciende bajo cero, pero hasta ayer nomás las enormes colas de turistas, que como culebras se retorcían en la plaza Jossef y hasta la entrada del museo de Lipiziano, permanecían en su lugar zapateando y haciendo nubes con el aliento mientras esperaban la apertura de una de las atracciones más importantes de la ciudad: el picadero real de la Escuela Española de Equitación. Para desilusión de todos, la temperatura interior era de sólo un par de grados más.

Al fin de cualquier espectáculo, sólo un humeante café Fiaker, con copos de crema chantilly y abundante ron en el café Herrenhoff reaviva al turista. Los cafés tradicionales de Viena son todos majestuosos. Trotski jugaba al ajedrez en el Central, en el Herrencafe se reunían Klimt y Schiller, y en el Museum innumerables pintores. Otros intelectuales lo hacían en el Hawelka, Heiner, Sacher, Demel, que aún siguen estando de moda.

En los museos, donde la calefacción es necesaria para proteger los óleos, el calor actúa como bálsamo. Del aparatoso palacio de invierno -Hoffburg- oficinas y museo, lo imprescindible es la descomunal cámara del tesoro repleta de muebles y joyas de inigualable valor. Para el Museo de Historia del Arte son necesarias al menos dos visitas, pues la cantidad de obras maestras -especialmente italianas- es tan abundante que no se concluye en un día.

Después de tanto caminar y de absorber tanto arte lo ideal es desplomarse en un mullido asiento de la opera, del Palacio de Verano o del Palais Palffy.

Los siguientes días pasan entre el bosque vienés, el Palacio de Verano o del Belvedere -antiguos hogares de Napoleón, Francisco José, María Teresa y Sissi-, la noria gigante de casi cien años y 61 metros de altura, los edificios art déco o las iglesias barrocas.

Nadie que ame el arte y la arquitectura puede dejar de visitar las iglesias de Viena pues son reliquias de decoración, mobiliario y retablos de los períodos más brillantes del arte religioso europeo. El arte barroco austríaco alcanzó un desarrollo excepcional y de dimensiones difícilmente igualables, por eso es también imperativo asistir a una ceremonia solemne en alguna abadía cuando el esplendor resalta aún más con la muchedumbre, la música del órgano y el humo del incienso.

Tanta riqueza cultural comienza a ser vista desde afuera como el centro de la Región Oscura, habitado por los temibles orcos en El señor de los anillos, de Tolkien. Por cierto, lo peor es que Viena no puede clamar con todo derecho su inocencia. En Haider parecen haberse reencarnado las culpas del pasado, y con su ascensión la ciudad está pagando un precio tal vez demasiado elevado para ser tomado por justo.

Una ciudad para caminar

  • Un buen par de zapatillas puede ser la mejor compañía en la capital de los Habsburgo y el mejor itinerario es partir de la Karnter strasse, que bordea el edificio de la Opera, hasta la Stephanplatz, donde se levanta imponente la catedral de San Esteban. En el recorrido, una escala necesaria es el café Mozart; vale la pena por el café y por la ambientación.


  • Gran parte del atractivo de Viena radica en el clima festivo y musical que anima los parques y las plazas. Algo de esa atmósfera puede respirarse en los capítulos vieneses de la inquietante novela de John Irving, El mundo según Grape y en la arquitectura dominante de los edificios de la Karlplatz, claros ejemplos del más puro jugenstil, como los pabellones Otto Wagner y el Pabellón de la Secesión con bocetos de Gustav Klimt.


  • La visita obligada al Palacio de Schöenbrum, residencia de la corte durante el reinado de María Teresa, tiene la recompensa de sus maravillosos parques puestos sa punto el año último. Allí pasó su infancia María Antonieta y Mozart sorprendió a los soberanos con su destreza cuando sólo tenía seis años. Se pueden recorrer también los departamentos imperiales, que traen recuerdos de la romántica saga de Sissi.


  • A la hora del té, no perderse la sachertorte que sirven, obviamente, en el Hotel Sacher. Si el tiempo ayuda, alquilar luego una bicicleta para quemar calorías, mientras se recorre la Ringstrasse, el mejor símbolo del imperio.
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