Violinista maestro

Guillermo Jaim Etcheverry
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23 de noviembre de 2003  

Hace pocos días, en oportunidad de una visita a Nueva York, el azar me llevó a compartir un almuerzo con el gran violinista Itzhak Perlman. Además de actuar en los más importantes escenarios del mundo ("¡Ah, el Colón!", me dijo con admiración), junto con su mujer, Toby, dirige un programa de formación musical destinado al perfeccionamiento de destacados instrumentistas jóvenes, provenientes de todo el mundo. A esa experiencia se refirió durante la animada conversación que mantuvo con el reducido grupo de comensales entre quienes se paseaba manejando con destreza la silla de ruedas en la que se desplaza, demostrando una simpatía, sencillez y humor inesperados.

El encuentro se inició con la actuación de una de las integrantes de ese programa, una violinista griega de 15 años. Perlman señaló que le resultaba muy importante escuchar a sus alumnos ejecutar su instrumento en público porque, de ese modo, podía analizar el efecto que sobre ellos ejerce la audiencia. Pero, se apresuró a decir, su interés en la enseñanza reconocía también una importante vertiente egoísta ya que esta tarea perfecciona su propia actividad como solista. "Enseñando es como realmente aprendo", señaló. Esta labor docente constituye para él una fuente inagotable de exploración de sus propias posibilidades puesto que lo obliga a enfrentar, junto a sus alumnos, las dificultades que plantea la interpretación. Observar cómo las encaran y resuelven los jóvenes, tratar de ayudarlos a que encuentren su camino, no hace más que mejorar la tarea del mismo maestro. Comentando las características de su programa educativo, señaló que durante las seis semanas que los niños y jóvenes pasan reunidos durante el verano en Long Island, los invitan a cantar.

Si bien muchos se resisten porque alegan no saber hacerlo, finalmente todos cantan. Y lo hacen, según dijo Perlman, porque les proponen cantar composiciones importantes. "No interpretamos canciones sencillas sino, por el contrario, obras muy complejas. Hemos hecho misas de Bach y de Mozart, por ejemplo."

Lo que sucede, dijo, es que la obra compleja, la creación importante, termina por atraer a los jóvenes que encuentran en ella profundos significados. Al frecuentar esas grandes composiciones, los jóvenes descubren por sí mismos que lo importante vale la pena, que justifica el esfuerzo, que eleva. Entusiasmados, todos terminan cantando.

Señaló también que en el programa se presta especial atención a la formación integral de los jóvenes -tienen entre 12 y 18 años- estimulándolos a la lectura y la frecuentación de otras artes. Uno de los objetivos centrales es familiarizarlos con las obras cumbre de la cultura. "¿Para qué necesita esta experiencia un ejecutante de violín o de chelo?", se preguntó Perlman. Porque, según nos comentó en ese otoñal y luminoso mediodía neoyorquino, cuando una persona hace algo, cualquier cosa que sea, pone en evidencia todo su interior, exhibe todo lo que es. Y eso que uno es se ha ido construyendo paso a paso, interactuando con los demás y mediante la incorporación activa a una cultura. Por eso, cuando se está ante un artista que, como en este caso, ejecuta un instrumento, se percibe no sólo eso que hace, sino todo lo que es como persona.

Una espléndida clase sobre educación dictada por un virtuoso excepcional que no sólo ha llegado a dominar como pocos el violín, sino que lo ha hecho comprendiendo, también como pocos, lo que constituye la esencia de la formación de las personas.

El autor es educador y ensayista

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