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Vivir en otro país desgastó la pareja, pero ella no desesperó y encontró el amor en el momento menos pensado

Señorita Heart
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1 de febrero de 2019  • 00:29

Dedicieron que era momento de probar suerte en otro país y eligieron como destino los Estados Unidos. Estaban en pareja hacía tiempo ya y quisieron lanzarse a la aventura. Ella, con 26 años y un título de traductora e intérprete bajo el brazo, guardaba la esperanza de poder desarrollarse y crecer profesionalmente en lo que le gustaba. Y así lo hizo. También se casó y tuvo dos hijos, pero luego de 12 años de matrimonio, el vínculo llegó a su fin. "Crié a mis hijos sola, con mucho esfuerzo y trabajando en dos lugares, en total eran doce horas diarias".

La nueva vida fuera de la Argentina había hecho estragos en la pareja de Elvira. "No lo culpo, tal vez la presión de un nuevo sistema de vida, otro idioma, la falta de amigos de esos que conocés desde tu infancia... No lo sé, pero dejó de ser la persona que yo había conocido. Lo toleré por varios años, pero lo más triste para mi fue que él no sólo dejó de ser el esposo que yo necesitaba sino que se convirtió en un padre ausente. Si hubiera sido un buen padre, aunque mal esposo, tal vez nunca me hubiera divorciado. Pero no fue así".

Entonces ella decidió que lo más sano era acordar el divorcio. El pudo rehacer su vida, se casó al poco tiempo, tuvo una hija y a los dos años, formó una nueva familia con una tercera mujer. "A partir de ese momento no se comunicó más, ni conmigo ni con nuestros hijos. Me sorprendió la velocidad con la que pudo empezar de nuevo. Yo, por mi parte, no tenía mucho tiempo para pensar en una nueva relacion. Sólo quería darle lo mejor a mis hijos y reconozco que a esa altura ya no creía en el amor".

Durante la infancia y adolescencia de sus hijos, Elvira regresó en diferentes oprtunidades a Buenos Aires. Tenía la intención de volver a vivir en la Argentina, con sus amigos y familia, pero las cosas nunca se dieron. Además, sus hijos querían estar con sus amigos de la escuela y vivir en "su lugar en el mundo", como ellos lo llamaban. Su esfuerzo estaba dando resultados: su hija se recibió y se casó al poco tiempo con un muchacho que había conocido mientras estudiaba. El varón, se graduó de la carrera de abogacía y logró afianzarse en el rubro como un profesional exitoso. Y así continuó la vida de Elvira (64), que era feliz por los méritos de sus hijos pero que, en el fondo, sabía que le faltaba algo: el amor de un hombre.

Un tropezón no es caída

"Un día decidí que quería dejar que la vida me sorprendiera y ya no me cerré más a las posibilidades de conocer a alguien. Si me iban a romper el corazon, sabía que la caída no iba a ser tan fuerte. Estaba curada y tenía bien claro lo que significaba contar solo con mi fuerza y mi trabajo. Mis hijos ya estaban criados y eran independientes, ahora era mi turno".

Tuvo citas con varios hombres, pero ninguno cumplía con sus requisitos. Quizás, sin saberlo, todavía se estaba protegiendo de una desilusión. Hasta que conoció a alguien que la atrajo desde el primer momento. Michael (68) era simplemente encantador y la saludaba cada vez que pasaba por el barrio. Sin dudas era un hombre apuesto y luego supo por su vecino que ya estaba retirado de la compania At&T como jefe de ventas y se deidcaba a invertir en el mercado financiero.

Un buen día Michael y Elvira pudieron intercambiar algunas palabras más. Y la vez siguiente él no perdió tiempo y la invitó a salir. Acordaron encontrarse en un local de Starbucks y allí, café mediante, pudieron comprobar que se sentían atraídos mutuamente. "Cuando comenzamos a hablar, me encantó su modo de expresarse. Teníamos muchas coincidencias, por ejemplo cumplimos años el mismo dia y, aunque él nació en el hemisferio norte y yo en el sur, pensamos lo mismo sobre cómo debe ser una familia y lo que queremos para nuestras vidas".

La vida tenía otro color a su lado. Congeniaron de inmediato. Hicieron viajes, organizaron reuniones con amigos, caminaron a la luz de la luna y un día, como en los cuentos de hadas, Elvira se vio parada frente al hombre que amaba mientras él, de rodillas, tomándola de la mano y con la voz más dulce que ella jamás había escuchado le decía: would you marry me? (¿te casarías conmigo?).

"Fue como un cuento de hadas pero con la princesa madura y segura de sí misma. Una princesa independiente pero que prefiere compartir y que sabe lo mucho que enseña la soledad para después poder apreciar la compañía de un hombre, no por necesidad sino solo por amor. Hoy estoy feliz, somos felices los dos. Nos entendemos, a veces casi sin hablar. Compartimos cenas con mis hijos y hacemos planes como si fueramos a vivir 100 años. Creo firmemente en que todo llega en su momento preciso y cuando estamos listos para recibir lo que el Universo tiene en sus planes".

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