"Vivo desnuda". Cómo aprovechar el aislamiento para reconectar con tu cuerpo

Justina Soulas es una fotógrafa que retrató sus días de aislamiento desnuda en la serie que llamó "Cuarentetas".
Justina Soulas es una fotógrafa que retrató sus días de aislamiento desnuda en la serie que llamó "Cuarentetas". Crédito: Gentileza de Justina Soulas.
Denise Tempone
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13 de julio de 2020  • 14:49

"Estoy en bolas" es una manera muy gráfica, muy sensorial, de describir la incertidumbre y la vulnerabilidad. Estamos en bolas cuando no sabemos qué sigue. Estamos en bolas cuando no sabemos qué pasa, cuando no sabemos qué hacer. Pero estamos desnudas, también, cuando nos volvemos fáciles de leer, cuando nuestros escudos se van al diablo y nos mostramos tal como somos. Todas hemos estado profundamente en bolas estos últimos meses. Hemos experimentado una desnudez existencial que volvió incómodo nuestro pijama favorito e incluso nuestra propia casa. Hemos estado tan en bolas que muchas hemos decidido, literalmente, ponernos en bolas para enfrentar el asunto: en la cotidianidad, abandonando corpiños, tangas y jeans; y en nuestras fantasías, corriendo desnudas hacia el mar, hacia lagos, praderas y montañas. Algunas hemos concluido rápidamente que, a la hora de estar en bolas, nada mejor que estar en bolas. Sacate todo y seguinos...

La sensibilidad como refugio

El cuerpo no es eso que nos hacen creer: un material moldeable para entrenar, exhibir y ostentar. El cuerpo es, antes que nada, un brillante, profundo y magnífico radar. Un radar que capta lo que sucede dentro y también lo que sucede fuera. La piel es la zona más sensible de ese radar, es la que nos brinda información que a veces solemos subestimar: las sensaciones. Tendemos a sacarnos la ropa en el encierro justamente en busca de sensaciones. Ellas componen un lenguaje que conocemos muy bien: el primero que comprendimos cuando llegamos al mundo y que está íntimamente ligado a la forma en que se mapea nuestro cerebro a lo largo de la vida. Este no solo las recibe y las decodifica, sino que, además, se ve afectado por ellas, ya que lo delimitan y lo estructuran. Gracias a una información genética que viene "cargada" en nosotros, durante los primeros años de vida, el cerebro se desarrolla y crece de cierta forma, pero las sensaciones que atraviesa una persona lo van modificando. Lo que percibimos a través de la piel y los sentidos es decisivo para resignificar una experiencia. En pocas palabras, cuando estás viviendo algo difícil, procurarse sensaciones bellas y placenteras es una forma simple de comenzar a construir un refugio.

Hacia el eros

En un mundo pandémico, la forma en que buscamos conectarnos con nosotras mismas y con el otro ha revelado algunos instintos sanos y otros bloqueados. Todas conocemos gente que -lejos de comprenderse y buscar contención- ha elegido exigirse como nunca, convirtiendo su propio hogar en un centro de alto rendimiento. Otras han buscado despojarse de cualquier cosa que no represente lo mínimo y necesario para transcurrir los días con practicidad y una feliz sencillez. No es chiste elegir cómo relacionarnos con nuestro cuerpo durante experiencias fuertes como un confinamiento, un duelo o grandes incertidumbres. Dejarte fluir hacia el placer, hacia el despojo y la desnudez, es un gesto poderoso de autoamor y preservación.

La piel como resistencia

Para entender la profundidad de la desnudez en términos simbólicos, es interesante echar un vistazo a la historia del nudismo. Sus comienzos, en Europa, no tienen que ver con ninguna revolución sexual sino con otra, con la industrial. Si para nosotras este pasaje de una "vieja" a una "nueva normalidad" está siendo difícil, miremos qué podemos aprender de aquellas personas que tuvieron que vivir un impacto aún más drástico. Después de la segunda mitad del siglo XIX, millones de personas fueron eyectadas del sistema económico agrario. Por entonces, ellas no solo tuvieron que dejar las granjas para mudarse a las "urbes", también tuvieron que cambiar su alimentación, su concepción del tiempo (el reloj fue incorporado a la vida occidental en ese momento) y, con esta última, hasta su relación con la luz del sol. No es difícil imaginar el trastorno masivo, el trauma colectivo que debe haber sido para millones de personas pasar de levantarse con la luz del alba a tener los ritmos biológicos pautados por campanas y alarmas industriales. En este contexto, un movimiento de personas desnudas decidió emprender una serie de gestos con la intención de reconectarse con la naturaleza. Se llamaron "naturistas".

Crédito: Gentileza de Justina Soulas.

Aprender del naturismo

Aún hoy, la filosofía del naturismo tiene mucho para enseñarnos. Aunque simplemente hagamos un topless tiradas en el sillón, en el acto de desnudarse hay poderosos engranajes que comienzan a moverse. Para activarlos, es interesante comprender algunas cuestiones:

Una desnudez desexualizada. Tu cuerpo es tuyo y esto significa que tenés derecho a disfrutarlo sin que signifique querer calentar a nadie. La forma más clara de entenderlo es disfrutarlo a solas.

La desnudez es liberadora. Literalmente. Es olvidarte de las marcas de la "chabomba" en tu cuerpo, de la incomodidad de los corpiños y de aquellas prendas que, en su afán por contenernos, nos terminan aprisionando.

La desnudez es transgresión. Sí, aunque estés sola, aunque nadie te vea y no le jodas la vida a nadie, las primeras "desnudeces" siempre se sienten como rebeldía por el simple hecho de que se supone que es algo que no deberíamos estar haciendo.

La desnudez es un acto de confianza hacia el otro. Un otro que puede ser tu compañero, pero también un desconocido en busca de la misma libertad, como sucede en los espacios nudistas.

Pequeña guía de hábitos para conectarte con tu piel

  • Dormí desnuda. Esto es especialmente importante cuando querés reconectarte y no tenés suficiente privacidad como para pasear en bolas. Ya el contacto de las sábanas o la textura de las mantas con la piel puede regalarte nuevas sensaciones.
  • Leé desnuda. Un buen libro, para olvidarte de que estás desnuda y naturalizar la sensación de no usar nada.
  • Bailá desnuda. Frente a un espejo. Mirate. Es una forma de abrazar y honrar tu cuerpo.
  • Pasá un día completo desnuda. Si tenés la posibilidad, encarar una rutina en casa haciendo todo lo que necesitás hacer pero sin ropa es una experiencia liberadora.
  • Trabajá desnuda. Ahora que hacemos homeoffice, fijate cómo es estar en bolas resolviendo tus tareas habituales.
  • Buscá referentes del body positive. Aquellos hombres y mujeres que te inspiran a aceptarte como sos porque ellos también se aceptan. ¿Para qué querés ser seguidora de una chica que tiene six packs si podés aprender a amarte como sos?

¿Puede la desnudez deserotizar?

O quién te dice que pueda suceder todo lo contrario... Algunas parejas le tienen miedo a la desnudez cotidiana. Especialmente las que recién empiezan. ¿La razón? Que el otro "se acostumbre demasiado" a nuestro cuerpo. A veces tememos, en el afán de disfrutarnos y aceptarnos como somos, cancelar el exotismo que revela un cuerpo ajeno. Se trata más bien de un miedo femenino: hemos crecido escuchando consejos del estilo de no mostrarnos desnudas para no perder nunca nuestro "allure" o poder de seducción. No hay una fórmula para ganar o perder erotismo. La fórmula es encontrar al amante correcto para vos, el que disfrute con lo que te haga feliz..

Mi #cuarentetas

Por Justina Soulas. Fotógrafa.

Estar en tetas es mi Justina original. Crecí en una casa en la que hablar sobre el cuerpo era muy natural; mamá compraba libros sobre el tema y papá muy seguido hablaba sobre lo injusto que era que la mujer tuviera que seguir escondiendo partes de su cuerpo. Por eso, acá en mi casa, siempre crecí en libertad.

Mi mamá, antes de convertirse en escultora, fue fotógrafa y me sacaba muchas fotos. Creo que el poder que tienen esas imágenes fueron lo que me hizo entender que agarrar una cámara era mi mejor opción. Empecé a retratar historias y así fui quedando siempre del otro lado de la cámara. Pero cuando mi papá dejó este mundo, mis ganas ya no eran las mismas, la cámara me pesaba y prenderla me angustiaba. La puse en el estante más alto de mi cuarto y se llenó de tierra.

Cuando llegó el coronavirus, todo se convirtió en miedo, en encierro y en incertidumbre. Eso me llenó de bronca, me dio más miedo que cualquier virus. ¿Por qué no le contamos a la gente que estar mal es tan natural como estar bien? ¿Y por qué no le contamos que lo lindo tiene un final, pero que lo malo también?

Un día estaba tomando mates en tetas y desde mi cuarto mi cámara me miraba. Me pregunté si andaba, si tenía batería y si iba a poder volver a funcionar. La limpié, la prendí y la apoyé arriba de mi cama en automático.

Mientras la cámara se preparaba para disparar seguí tomando mates desde mi balcón.

Por primera vez en años, casi sin querer, estaba del otro lado una vez más, como hacía mi mamá cuando éramos chicos y como nos enseñaron en casa, libres, en cuero, en tetas.

Subí esa imagen a las redes porque guardaba todos estos secretos y porque quería que apareciera, también, otro tipo de mensaje. El encierro se volvió más largo de lo esperado y la cámara empezó a retratar las situaciones de todos los días en mi refugio.

La cámara, con este encierro doloroso, se volvió a prender, anduvo y estuvo acompañándome, mientras salvaba al mundo en tetas desde una torre tomando mates, escribiendo, viendo fotos de mi papá, comiendo, leyendo, esperando.

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