Volver de la calle

Tenían trabajo, familia y casa, pero quedaron sin nada. Pasaron hambre y frío. Mendigaron. Tuvieron que aprender a sobrevivir en la intemperie. En los paradores del gobierno porteño encontraron refugio y recuperaron la esperanza. Relatos de hombres y mujeres que luchan por regresar al mundo que perdieron
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20 de abril de 2008  

Hasta fines del año 2000, Horacio Melincoff (57) fue dueño de una empresa. Pero la crisis económica lo dejó en la calle. Literalmente. De tenerlo todo, pasó a no tener nada. Durmió en un caño, cayó desmayado después de tres días sin probar bocado y se animó a mendigar comida.

Su historia no es única. Según el último censo, realizado en noviembre del año último por el gobierno porteño, en las calles de la ciudad de Buenos Aires viven 1029 personas. Muchos de ellos tuvieron, como Horacio, una casa, una familia, un trabajo, una vida que no parecía tan lejana de la dignidad.

Ahora que se prepara para dejar el Hogar Félix Lora, donde encontró un refugio hace más de un año, Horacio cuenta su historia con un dejo de ironía. Las penas que se le grabaron en los grandes surcos de la piel no lograron quitarle la sonrisa generosa, ni las ganas de volver a intentarlo. "Fui una de las víctimas de la gloriosa década del 90. Quedé en la ruina", dice. Su empresa de plásticos reforzados de fibra de vidrio se desbarrancó con la importación: "Lo que a mí me costaba producir a cinco pesos, otros lo importaban y vendían a dos. Insistí un tiempo, pero tuve que cerrar".

Con los problemas en el trabajo, la relación familiar de Horacio también se resintió. Hasta el punto en que quemó las naves: se divorció, cedió sus derechos patrimoniales a favor de su ex mujer y sus dos hijos, y viajó a los Estados Unidos para empezar una nueva vida. "Pero después de los atentados del 11 de septiembre de 2001, la cosa se complicó para los que estábamos en situación irregular. Conseguía changas, pero no me alcanzaba. Así que volví a la Argentina con una mano atrás y otra adelante", relata. Dice que cuando estaba un poco encaminado con unos trabajos de mantenimiento se entusiasmó con un proyecto en Rosario: construir un camping en Victoria. "Me embalé y me fui, pero fracasó, y los capitalistas se retiraron. Después intenté conseguir otras cosas, pero llegué al límite y me fui a Mar del Plata, donde había estado unos años atrás haciendo un trabajo para mi empresa. Allá la realidad no era mejor." Explica cómo hizo, sin suerte, "contactos desesperados" para conseguir un trabajo. Explica lo que no se explica, con la mirada baja: "Y me quedé en la calle".

La primera noche a la intemperie: "Fue en la terminal de ómnibus de Mar del Plata, aunque la gente del Operativo Sol terminó desalojándome. Tuve la experiencia de vivir unos días en un caño, literalmente. Unos caños de cemento bastante grandes depositados en el fondo de la terminal, hasta que, junto a otras personas que estaban en las mismas condiciones que yo, conseguimos otro lugar". Horacio durmió en la calle toda la temporada de verano.

"Vivir en la calle es, para el que ha tenido una vida más o menos confortable, lo más humillante. Uno se degrada –dice, y enciende un cigarrillo que devora–. Una noche estaba durmiendo en una galería y alguien se acercó y me orinó encima. Fue terrible –gesticula, mueve la cabeza como si intentara apartarse de ese recuerdo–. Otra vez me tiraron un cigarrillo encendido."

En esos meses, Horacio armó su propia estadística: "En la calle hay de todo. Gente de 40 años para arriba, la mayoría expulsada del sistema laboral. Algunos, los menos, siguen intentando salir adelante. Pero cuando pasa cierto tiempo tiran la toalla, buscan asistencia".

Estuvo tres días sin comer y se desplomó en una plaza, hasta que otros le aconsejaron que pidiera las sobras del día anterior en una panadería, o verduras de descarte. "La primera vez me dijeron que no y sentí que se me venía el mundo abajo. Me resistí, pero después tuve que hacerlo", se conmueve. Mendigó para comer y aprendió a dormir "con un ojo abierto", por temor a que le robaran lo único que tenía: una mochila con unas pocas pertenencias. Entonces volvió a Buenos Aires y pidió ayuda. "No lo podía soportar un día más. Ahí uno termina convenciéndose de que es una basura. Y como no quería molestar a nadie, fui a la asistencia social del gobierno y me dieron una cama en un parador. Después me derivaron a este hogar."

A Horacio se le ilumina la mirada cuando habla de su salida. O de su regreso. Se está preparando para ese momento. "Desde mayo del año pasado estoy haciendo cursos de restauración edilicia del patrimonio cultural. Hay una bolsa de trabajo y, afortunadamente, mucha demanda; algunos compañeros del curso están trabajando en el Teatro Colón y en el Zoológico."

¿Cuáles serán los sueños de este hombre que tocó fondo? "Conseguir un trabajo, recomponer mi situación económica y el vínculo con mis hijos. También, rehacer mi vida afectiva… ¿Por qué no?"

Volver al ruedo

En la vida no hay certezas, es cierto, pero es difícil imaginar que un coletazo de la crisis pueda expulsar del sistema a una persona sin miramientos. En ese camino descendente, muchos bajan la guardia y se entregan al destino. Otros logran conservar la fuerza para seguir luchando.

El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires dispone de paradores y hogares con 500 plazas para albergar a personas en condición de calle. "Muchos de los que están en esa situación tienen dificultad para conseguir trabajo y autoabastecerse –puntualiza Carlos Regazzoni, subsecretario de Fortalecimiento Familiar y Comunitario del Gobierno de la Ciudad–. A cada persona que ingresa se le completa una historia clínica social en la que psicólogos, asistentes y trabajadores sociales y terapistas ocupacionales vuelcan su evolución. Entre todos elaboran un plan de salida. Además, se les ofrecen cursos de capacitación según los intereses de cada uno."

Horacio volverá a trabajar como restaurador en distintas dependencias estatales. Después también podrá dar clases en el mismo establecimiento en el que ahora estudia. ¿Es posible que la reinserción laboral se concrete en empresas privadas? "Es difícil. Cuando los potenciales empleadores se enteran de que viven en un hogar, no quieren saber nada. Por eso, cuando atendemos el teléfono ya no decimos «hogar», pero igual averiguan –asegura Marcelo Lorenzo, coordinador del parador de varones Félix Lora–. No obstante, a pesar de las dificultades, muchos egresaron y volvieron a trabajar."

Para sortear ese obstáculo, "existen emprendimientos pensados para gente que está o estuvo en situación de calle, empresas sostenidas por fundaciones u ONG, y una amplia gama de alternativas de autogestión en emprendimientos. También es importante la responsabilidad social de las empresas", señala Alfredo Pupillo, consultor en recursos humanos, de HR Business. Pupillo destaca la necesidad de que las personas que busquen reinsertarse tengan la voluntad de capacitarse para cumplir con las exigencias del mercado.

También las mujeres y los chicos

En la ciudad existen hogares y paradores para hombres solos y para mujeres solas o con hijos, mientras que los grupos familiares son contenidos por medio del programa Familias en Situación de Calle. Aunque predomine la población masculina, el universo femenino no escapa de esta realidad.

Son muchas las mujeres que también lograron dejar el hogar con la esperanza de empezar de nuevo. "Por suerte siguen egresando. Desde nuestro lugar les brindamos contención y las ayudamos para que puedan vislumbrar un futuro mejor. Para las que carecen de herramientas, el Gobierno dispuso un área de capacitación donde pueden elegir entre diferentes cursos", cuenta la licenciada Liliana Carassou, coordinadora del Hogar 26 de Julio.

Las razones por las que estas mujeres terminan en la calle son múltiples. "Por el incendio de su vivienda, una crisis familiar, el abandono de la pareja, la pérdida del empleo, un desalojo", enumera Liliana Speranza, trabajadora social del mismo hogar. A veces los motivos se superponen, como en el caso de Alejandra, de 37 años, que se quedó sin trabajo y fue desalojada de la casa que alquilaba en Lanús. Así se quedó en la calle, con sus cinco hijos, de 18, 11, 10, 7 y 4 años, el segundo con una discapacidad. Está angustiada, pero entera. Mientras cuenta su historia atiende a los más chicos, que llegaron de la colonia. Estar informada la salvó de dormir en la calle: "Yo llamé al 108 para pedir ayuda; sabía a dónde recurrir".

Alejandra cursó hasta tercer año de Ingeniería y trabajó 12 años en una empresa de telefonía. Ganaba un buen sueldo, sus hijos fueron becados en un reconocido colegio (el de 11 años habla tres idiomas). Nada hacía predecir la debacle. Pero en noviembre de 2006 sufrió un accidente laboral en el que perdió el 50% de la visión del ojo izquierdo y el 70% de la del derecho. "Me quedó una diplopía (visión doble), una enfermedad progresiva", se lamenta.

"Y cuando me estaba recuperando, la empresa me dio dos opciones: o aceptaba un acuerdo económico o me despedían y tenía que hacer juicio para cobrar la indemnización. No tuve opción: necesitaba el dinero. Cobré unos 40 mil pesos, que utilicé en parte para arreglar la casa que me quitaron el 29 de noviembre pasado".

Como la casa en la que vivía con sus hijos cuando recibió el dinero del retiro voluntario tenía "opción a compra", dice Alejandra, decidió invertir esa suma en arreglos de la vivienda, siempre detrás del sueño de la casa propia. Un sueño que terminó en desajolo.

Una mañana le tocaron el timbre. Alejandra abrió la puerta: "Me encontré con 10 policías que empezaron a sacar los muebles y la ropa a la calle. Menos mal que los nenes estaban en la escuela. ¡Me estafaron! No me desalojaron por no pagar; apareció un rematador diciendo que había comprado la casa. Nunca me mostraron los papeles, ni me llamaron de Tribunales; jamás me dieron una explicación certera de lo que pasó. De un día para el otro nos quedamos en la calle. Y no hubo puerta que no tocara para conseguir donde ir a vivir con mis hijos", dice, y se cubre la cara con las manos.

El dolor que siente hoy reabrió heridas de su infancia. A los dos años fue abandonada por su mamá en un orfanato junto con su hermana de cuatro. "Quedé muy marcada y no quiero lo mismo para mis hijos. Cuando me hablan de un instituto se me paran los pelos. Tuve una infancia de mucha soledad", dice con los ojos nublados por las lágrimas. Alejandra espera un recurso de amparo por su hijo con discapacidad para salir del Hogar. Por ahora hace algunas changas, pero no pierde la esperanza. "Lo primero es conseguir un lugar para vivir y después buscaré un trabajo estable. Quiero rehacerme. Lo tuve todo y lo perdí todo. Pero quiero reinsertarme en la sociedad, recuperar la autoestima. Tengo estudios y un pasado de trabajo y esfuerzo. El «no» ya lo tengo. Ahora voy por el «sí»."

Los días contados

Mario Daniel Naredo (51) está exultante. Ya casi puede acariciar su salida del Hogar Félix Lora. Recién bañado y con impecable remera blanca, se muestra feliz, y quiere reafirmarlo: "En pocos días voy a ir a un cuarto de hotel hasta que pueda juntar dinero para alquilar un departamentito. Conseguí trabajo como electricista industrial", dice, sin dejar de mover las manos. Evoca lo vivido con la entereza de alguien que sabe que lo peor ya pasó.

La crisis de 2001 fue impiadosa con él. Una reducción de personal lo dejó fuera del mercado laboral. "Soy enfermero y trabajaba en la unidad coronaria móvil de una empresa de emergencias médicas desde 1983 –relata–. Llevaba una vida normal y tenía un sueldo que me permitía vivir bien, hasta me ofrecieron un acuerdo económico y lo tomé." Sin desesperarse, buscó otro trabajo, lo consiguió, pero una dolencia desconocida se interpuso: le descubrieron un desplazamiento en dos vértebras lumbares. "Eso me dejó fuera del sistema. Cada vez que conseguía un nuevo lugar para trabajar el examen preocupacional para ingresar me daba «no apto». Lo intenté infinidad de veces, pero el resultado siempre era el mismo", cuenta.

Mario estaba casado; tiene un hijo de 12 años. Las dificultades laborales incidieron en su vida familiar y terminó separándose de su mujer, también enfermera. "Cuando el hombre pierde el trabajo, decae su autoestima –analiza–; la cultura alimenta eso de que el varón es el proveedor. Me fui de mi casa a la calle; me derrumbé."

Amanecer a la intemperie

Los primeros amaneceres a la intemperie fueron en Plaza de Mayo, en la puerta de la Catedral y en el Congreso. Para Mario, esa situación fue muy traumática. "Uno está acostumbrado a su cama, a sus sábanas, a su lugar; además, todo en la calle es inseguro. Es muy duro: uno comienza a verse diferente de los demás. Pero lo que más me angustiaba era pensar en la imagen que le estaba transmitiendo a mi hijo", dice.

Cinco meses durmió en la calle hasta que se acercó a un parador de Retiro. Entonces empezó a vender la revista Hecho en Buenos Aires, una publicación mensual cuyos ejemplares son vendidos en las calles por personas desempleadas y excluidas.

"En el parador encontré un plato de comida y la posibilidad de bañarme, dormir en una cama –relata–. Cuando uno tiene hábitos higiénicos, se le hace insoportable la mugre en el cuerpo." Los 30 pesos semanales que ganaba por vender la revista le alcanzaban para poco; llegar al parador le permitió conseguir otra changa mejor: vende una guía de calles en Florida y Diagonal Norte, y gana unos 60 pesos diarios. "Me costó hacerlo porque tuve que romper con la vergüenza de enfrentar a la masa de gente que va y viene. Pero así pude comprarle a mi hijo una hamburguesa, ponerme al día con la cuota de la escuela, comprarle ropa..., cosas que todo padre tiene que hacer. Sentía culpa por no poder darle eso; me angustiaba mucho."

Mario hace una pausa, se emociona y agrega: "Esta crisis me fortaleció. Me levanto con ganas, cumplo una disciplina... Me ayudó a desestructurarme, a ser más fuerte y a enfrentar mejor las cosas".

–¿Cómo se imagina la vida allá afuera?

–Vuelvo a estar del otro lado. Por fin voy a cruzar de vereda.

revista@lanacion.com.ar

Noches difíciles

El Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires dispone de 500 plazas por noche en los paradores, sitios transitorios donde la gente en situación de calle puede dormir, bañarse y obtener un plato de comida. También hay lugares reservados para casos de emergencia. De las plazas existentes suelen ocuparse unas 280. Según el último relevamiento, una de cada tres personas vive más de 20 días por mes en un parador u hogar. Y son unas 4000 las que utilizan el parador/hogar cada mes.

De acuerdo con el último censo de la ciudad, el 6 por ciento de su población vive en situación precaria.

Según Carlos Regazzoni, subsecretario de Fortalecimiento Familiar y Comunitario del Gobierno de la Ciudad, “una de cada tres personas padece algún tipo de trastorno psicológico”.

El programa Buenos Aires Presente recorre las calles e intenta persuadir a la gente que vive sin techo de alojarse en los paradores. “El 50 por ciento no quiere dormir en un albergue –puntualiza el funcionario–, por diversas razones, entre ellas, porque en los paradores y hogares hay reglas que cumplir.”

Los que viven en la calle

Un total de 1029 personas viven a la intemperie en la ciudad de Buenos Aires, según el censo anual de personas en situación de calle realizado en noviembre del año último por los equipos de asistentes sociales y psicólogos del gobierno porteño.

  • De acuerdo con ese relevamiento, de las 1029 personas que viven en las calles porteñas, 747 son de sexo masculino y 124, femenino, mientras que no se pudo determinar el sexo de 158 de ellos. Es que la cifra surgió por observación, y muchos de los censados dormían y estaban cubiertos con mantas.
  • Se estimó que 230 personas de 18 a 30 años, 441 personas de 31 a 55 años, 173 personas de 56 años o más, y otras 185 cuyas edades no pudieron estimarse, están en situación de calle.
  • El censo también determinó que los lugares de mayor concentración de gente en situación de calle son el centro porteño y los barrios de Monserrat, Congreso, Once y San Cristóbal.
  • * * *

    Mario Daniel Naredo (1)

    Tiene 51 años y es enfermero. Entre 1983 y 2001 trabajó para una empresa de emergencias médicas. Pero una reducción de personal lo dejó fuera del mercado. Y del mundo que conocía. Con esfuerzo, se capacitó y encontró empleo como electricista industrial.

    Horacio Melincoff (2)

    Tenía una fábrica y vivía con su mujer y sus hijos. Terminó durmiendo en una terminal y mendigando pan. Hasta que consiguió una cama en el Hogar Félix Lora. Desde mayo último toma cursos de restauración edilicia del patrimonio cultural. Y sueña con rehacer su vida.

    Alejandra y sus hijos (3)

    Tiene 37 años, de los cuales trabajó 12 en una empresa de telefonía. Un accidente laboral la dejó al borde de la ceguera y aceptó un retiro voluntario que gastó en arreglos de la casa que alquilaba. Fue desalojada con sus 5 hijos. Ahora viven en un hogar y ella hace changas. Pero no pierde la fe.

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