¿Y por qué tu mala onda?

Leo Ferri
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19 de noviembre de 2014  • 01:11

Se supone que la noticia de un embarazo buscado y deseado siempre es buena. La alegría de los abuelos, la emoción de las tías y las felicitaciones de todos. O casi todos. Sabemos que por más bien que esté comunicada una noticia, resulta imposible anticiparse a las interpretaciones de los otros. Cada uno entenderá lo que quiera o pueda entender, y hará los comentarios que le surjan. Y está bien, se aceptan, sean buenos o malos. Lo que muy poca gente se da cuenta es que muchas veces esos comentarios hablan más de ellos mismos que de sus destinatarios.

Me pasó unos días antes del nacimiento de Ben, en la calle. Me crucé a una chica que no veía desde hace más de diez años, cuando éramos más o menos cercanos y compartíamos lugares y momentos en común junto a otros amigos. El contacto había seguido por Facebook, y si bien yo sabía que ella había sido mamá, nunca habíamos intercambiado palabras en todo ese tiempo. Sí, lo admito y me arrepiento: no fui con mis amigos todo lo debidamente considerado con el nacimiento de sus hijos; no visité a muchos ni llamé a otros. Decía entonces que un día, cuando la esquina nos chocó, ella iba con su nena de la mano. Hubo beso, abrazo tibio y palabras de ocasión, nada muy profundo; pero un fragmento de esa charla me quedó repiqueteando en la cabeza.

-¿Y el tuyo cuándo viene? - preguntó

-Hay fecha para el 6 de noviembre - respondí

-Bueno, aprovechá ahora, porque son una mierda.

El calificativo fue hecho con muecas, casi sin sonido, como si ese aparente silencio sirviera para proteger a su hija de lo que dijo que piensa. "Mierda", dijo, y se entendió bien, sin subtítulos. Lo mismo daba si se refería a su hija, a todos los hijos del mundo o a los que ella conocía. No hubo lugar para dobles interpretaciones. Quizás pude yo entenderlo como un signo de la rebeldía añorada, pero me sonó más a esa necesidad de sumergir al otro en la misma que está uno. "Si mi hijo es un desastre, el tuyo también va a serlo". No pude responder nada, y otro saludo de compromiso y la distancia nos volvieron a separar. No me afectó, pero sí me dejó pensando, al igual que otros comentarios recibidos ante la misma noticia: "preparate para no dormir", "¡uh, qué quilombo!" y "olvidate de mirar tele por mucho tiempo" fueron las respuestas más obvias y repetidas que recibí. ¿Por qué? ¿Cuál es la necesidad de decir algo malo? Cuando alguien actúa así, suelo decir que perdió la oportunidad para callarse la boca.

Es curiosa e irracional a la vez la manera en que uno permite que ese tipo de comentarios negativos tengan influencia en la propia vida. Cuando me enteré que iba a ser padre, mis primeras preocupaciones fueron superficiales, casi banales diría, e iban por esos lados. Ese hijo en esa panza que todavía no empezaba a crecer sacudió el árbol, y las primeras en caer fueron las hojas más livianas: habría que reacomodar los tiempos libres, ajustar las horas de sueño, las juntadas con amigos deberían ser más planeadas y eso de sentarme a mirar series y películas durante todo un día de lluvia iba a tener que posponerse una y otra vez. ¿Por qué me importaron estas cosas y no, por ejemplo, informarme sobre qué clínica tiene el mejor servicio de neonatología, o encontrar a un buen pediatra? Lejos de querer sonar como cualquier gurú de la autoayuda, me animo a afirmar que elegimos preocuparnos por pavadas y no por lo importante, un poco porque somos permeables a lo que nos dicen, y otro tanto porque nuestro manejo de las emociones intenta ponernos a salvo de todo aquello que puede salir mal.

Por todo esto, cada vez que escucho algo fuera de lugar y me molesta, o a cualquiera ponerse en el lugar de médico, o a alguna que por haber sido madre cree que su experiencia es la verdad absoluta, paro y pienso, ¿lo amerita?; y la energía vuelve a su lugar. Y trato de contagiarle la misma actitud a los que me rodean. Los años no vienen en vano, y acá lo fundamental es saber diferenciar lo importante de lo que no lo es. En mi caso eran mi hijo y mi pareja, en el orden que sea, pero no mucho más que ellos. Nunca doy consejos, pero no se imaginan lo bien que se siente no darles el gusto de una respuesta a los que vienen con la peor. Prueben, después me cuentan.

Les dejo un video que subí a Instagram, y me pregunto: ¿cómo alguien puede tener mala onda con semejantes imágenes?

Por: Leo Ferri

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