Ya pueden dormir

Leo Ferri
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21 de enero de 2015  • 00:35

Ya está, ya pueden dormir. Este domingo cumplo tres meses, y creo que ya puedo quedarme tranquilo. Al menos por ahora las cosas vienen bien, ya no se los nota tan desequilibrados ni tan pasados de rosca como cuando nos conocimos. ¿No sabían qué hacer conmigo? Yo tampoco con ustedes. Tres cosas solas necesitaba, pero ustedes no entendían ninguna: comer, dormir y que me ayuden a calmar mis dolores. ¿Tan difícil era? Les voy a contar algo: aquella primera semana los puse a prueba, quería ver si eran capaces de estar conmigo y, aunque en algunos momentos levantaron la voz más de lo debido y hasta los vi pelearse entre ustedes, debo admitir que lo hicieron bastante bien. Así que listo, ya puedo relajarme un poco y dormir las ocho horas que quería, porque sé que van a estar bien.

Para mí tampoco fue fácil: en mi pileta tibia y oscura estaba cómodo, ¿por qué tenían que sacarme de ahí? Pero ya voy entendiendo de a poco que acá afuera todo tiene un tiempo: para comer, para dormir, para jugar, para bañarme… y para nacer. ¿Toda la vida es un ir y venir de horarios fijos? Papá pareciera que se lo toma bastante tranquilo, porque siempre se va a horas distintas. Siempre apurado, eso sí, como si intentara llegar lo menos tarde posible a eso que llama "trabajo". Mamá está más tiempo en casa y hace mil cosas para que me divierta, pero a veces se va por un rato a hablar con otros nenes más grandes que yo, mientras las abuelas Graciela y Teresa me cuidan, o mientras las amigas de mamá se entretienen conmigo. Menos mal que al ratito vuelve y me llena de besos y me dice que me extrañó.

Acá la única que me entendió desde el principio fue Sol: si yo lloraba, ella lloraba; si yo gritaba, esa aullaba y ladraba y se paraba al lado mío, casi vigilante. Me parece que me estaba cuidando de ustedes, para que no me hagan nada malo mientras me atendían medio dormidos. La perra es más como yo: no le molesta dormir a cualquier hora, come cuando tiene hambre y no cuando el reloj se lo dice, y por eso nos entendimos mejor. Ahora la veo más tranquila, pero cada mañana -cuando papá me da un paseo por el jardín- ella me lame el pie: es nuestro código para saber que todo sigue bien.

El mundo adulto es muy complicado, menos mal que tengo tiempo para acostumbrarme. No quiero tener horarios, ni obligaciones, ni "cosas que hacer" ni nada de eso de lo que hablan mientras me dejan acostado en mi catre y empiezo a dormir. Por ahora me gusta jugar, andar en auto e ir a pasear y ser el centro de la atención. El domingo en ese lugar gigante lleno de negocios con luces estaba lleno de gente que me hablaba y me decía cosas lindas sobre mis ojos. ¿Vieron que no lloré ni un poco? Fue porque la ropa que me compraron estaba buena. También me gusta cuando vamos a lo de los abuelos y todos me hablan y me juegan. ¡Hasta la perrita dorada ya me hace fiesta! La madrina y el padrino me visitan cada vez más seguido y todos preguntan primero por mí que por ustedes. ¿No les jode, no?

Entonces, como dije, ya pueden dormir. A mí con las ocho horas y alguna que otra siestita me alcanza. Y no necesitan estarme tan encima, ¿ok? Ya estoy grande, y mientras ustedes me ayuden con lo que yo no consigo hacer solo, ya pueden comer, mirar tele, volver a ser más puntuales y otras cosas que todavía no entiendo. Yo miro todo y los copio, así que seguramente tenga una sorpresita para darles para cada día. No me van a decir que no los sorprendí cuando, justo en el día de su anirversario, les regalé una noche completa, ¿o no?

Ben

Por: Leo Ferri

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