Desfiles

LyU. En su showroom
Maricruz Luzar
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22 de abril de 2004  

LyU

Alvear Palace

Una propuesta amplia y con un buen mix de tendencias para sumar al ropero de este invierno, la de LyU. Con clima distendido y ante un público elegante, Marina Lafuente y María Inés Urien presentaron su colección, a beneficio de Obras de Solidaridad Beato Edmundo Rice.

Destinada a una mujer de cualquier edad, pero "canchera y con mucho glamour" --aclaran las diseñadoras--, la colección va de un extremo a otro: smokings y catsuits superfemeninos, tapaditos y chalecos de piel, sacos a la cintura, bermudas y cargos de franela, camisas con transparencias y brillos, chupines y leggings combinados con todo tipo de faldas, sastrería entallada con detalles de cierres, y hasta tapados audaces y chemises en animal print con paillettes.

El colorado gana presencia ("este año es furor", confirma Lafuente), sin opacar a los clásicos de siempre: negro, blanco, gris topo, manteca, camel, chocolate y rosa. Mientras el encaje se sube a blusas y ruedos de polleras de cuero, el tweed define vestidos, tailleurs, minis y tapados 7/8 bien chanelianos, con carteras en la misma textura. En tanto, faldas con flecos eternos evocan el charleston, pero en adaptación moderna y sofisticada.

Ideales para disfrutar en días de agenda relajada, equipos deportivos-urbanos: buzos y pantalones de terciopelo con rayas laterales o camperas, y chalecos de satén matelasseado con echarpe incorporado, para la onda futurista, muy Matrix.

Tampoco faltan combinaciones jugadas como camperas de gamuza con polleras largas de satén, prendas de cuero con estampados floreados o enteritos strapless con detalles de piel. La noche impacta con sugestivos vestidos de satén y gasa de escote drapeado, faldas de ruedo irregular y corsets con transparencias y canutillos, todo en negro y colorado shocking.

Pablo Ramírez

En su showroom

Lluvia, frío y cielo encapotado en la tarde que Ramírez abrió su Casa de Modas y mostró su invierno. Dentro del petit hotel gris humo, un panorama más acogedor, pero también inquietante: con la música de El joven manos de tijera de fondo, en las salas esperaban sólo sillas con fundas negras y cartelitos blancos con el nombre de cada invitado en cursiva. Retro, moderno e impecable, ya se sabe.

Fatal se llama su colección, y es toda negra. Menos llamativa que las anteriores, menos performática. Así, mientras su estilo recorría escaleras, se desplazaba de una habitación a otra y se miraba en los espejos, sonaba música de películas: Ocho mujeres (se rumorea que Ramírez la sabe de memoria), otras de Tim Burton, algunas que citan a Marilyn Monroe y hasta el momento crítico de Psicosis (aparentemente, no hubo ningún problema en el baño).

Vuelve el poder al cuerpo, anuncia Ramírez, y se concentra en la moldería que sigue bien de cerca cada forma, y habla de institutrices y fetichistas. Y las mezcla, como en la modelo ojerosa de chaleco ceñidísimo, camisa blanca de cuello alto, moño negro y pantalones autoritarios. O la polera-gorila, con tejido grueso de lana en el torso, donde un mono promedio llevaría pelo. Perfecto sobre botas hasta la rodilla, acordonadas. Parte insoslayable del equipo: redecillas en la cabeza, maquillaje recargado, y actitud de gran fuerza contenida. Así sí funciona.

En contraste, vestidos femeninos en silueta 1940, con godets, lazos, cinturas marcadísimas, algunas mangas farol, otras campana, y los guantes más largos. Los hombres, una compañía elegante de breeches con levitas. Incluso en denim sedificado. Ramírez se encargó de todo: música, colección, puesta, estilismo... Quizá, también del canapeo.

Silvana Moreno

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