Hecho a mano

Lejos de los clichés y cerca de las tendencias, diseñadores y artesanos trabajan materiales autóctonos en ropa y accesorios
Silvana Moreno
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29 de mayo de 2003  

"Un día, un amigo recibió unas visitas de Alemania y las llevó de paseo por San Telmo. Uno de estos señores alemanes compró en un puesto cuatro azulejos decorados sin saber muy bien para qué. Una vez allá se le ocurrió mandarlos a remate, y lo que había comprado acá por 5 dólares se vendió a 100. Después hizo comprar todos los azulejos que tenía el vendedor de San Telmo, y así se supo de dónde provenían: los tenía la viuda de un albañil que había remodelado muchísimos zaguanes en Buenos Aires y que había guardado los azulejos en el fondo de su casa, como escombros. Así es que fueron a la casa, los rescataron, los pagaron, se los llevaron a Alemania y los van vendiendo en los remates de allá", impresiona la economista Marta Alvarez Molindi, desde hace un tiempo también exportadora de artesanías argentinas.

La postal es todo un dato: con el auge de la artesanía por un lado y los beneficios cambiarios por el otro, y también debido a la falta de insumos para producir otras cosas, la demanda del mercado externo y la creciente atención del mercado interno, lo hecho a mano empieza a tomar un nuevo valor por estas latitudes. Y la moda es un buen canal, ya no tan cerca de las ferias gauchescas y más en contacto con el diseño, las pasarelas, los exportadores y las boutiques de Recoleta y Palermo.

"Con el tema del dólar sí, el dólar no, los argentinos nos pusimos a pensar en todo lo que tenemos, en la artesanía: acá hay una mano de obra excelente y gente joven en busca de oportunidades", dice María Aversa. En su negocio de Palermo sólo hay crochet, macramé, tejido a dos agujas, telar en lana merino, algodón e hilo de seda, y "los turistas que vienen se quedan asombrados; es que afuera todo está muy industrializado. Y las abuelas flashean , le dan muchísimo valor".

Más muestras aisladas: en el desfile neoyorquino de María Marta Facchinelli, en septiembre (presentada por GenArt en la New York Fashion Week), a los cuellos victorianos de ñandutí y los apliques de macramé se sumó platería mapuche: tupus (pinches) y trarilonkos (vinchas típicas que ahora se usan más como cintos, collares) de la boutique Tierra Adentro.

Y la diseñadora galesa Lezley George, que en su reciente visita argentina pasó por Lobería (cerca de Tandil) para comprar el hilado característico de La Barraca del Sur: lana con pelo de conejo que, en breve, podría ser exportada, con el apoyo de la embajada británica y de Aristocracia, la boutique de alta gama donde George y La Barraca comparten percheros, junto con otras colecciones locales en barracán (Manuela Rasjido) y en telares salteños (Manto).

Pero aparte de las repercusiones extramuros, "lo que más le gusta de las artesanías a la clientela interna es que sean productos hechos acá, de la misma forma que antes se entusiasmaban si eran franceses o italianos", sonríe Sara Cardoso, que desde hace dos años también sumó segmento de chales en telar de llama a su firma San Angel Inn (tejidos por comunidades de la Puna, "son bastante impermeables, hasta pueden reemplazar al loden"). Completa la idea Ana Frigerio, dueña de Aristocracia: "Les gusta que sean nuestros, que a la vez tengan onda, y que no se consigan en otros lugares".

Aborígenes en acción

Ñandutí para guantes de novia, chaguar para pantalones anchos, macramé para zapatos de hombre, telar para bufandas bordadas y para chales, géneros del Altiplano para fajas, lana merino para vestidos de noche, fieltro para abrigos hasta el piso, tejido tehuelche para suéteres infantiles... Con teñidos naturales, claro. Para el mostaza, cáscara de cebolla; negro, humo de hollín; rosa, nuez; verdes, yerba y otras hojas; y marrones, raíces como chaine. La tendencia que instalaron en los años 60 Mary Tapia y Medora Manero con el barracán y, desde los 90, Marcelo Senra con el chaguar, el vellón de oveja amasado y demás texturas artesanales, hoy encuentra lugar hasta en los roperos más globalizados.

Y no necesariamente habrá que disfrazarse de telúrico para llevarlos. "El producto artesanal tiene que tener tres ejes: mano de obra, criterio de moda y diseño, como para no caer en la artesanía rústica, con ponchos tradicionales que nadie se pondría para ir a trabajar", cuenta Aversa. Sigue Frigerio: "Un vestido de noche clásico con un bolerito tejido a mano, una capa de telar para reemplazar las de terciopelo...", enumera la dueña de Aristocracia, que desde hace dos años suspendió la venta de la mayoría de diseñadores ingleses y se enfocó a las expresiones artesanales.

Desde esa misma época, con la suba del dólar, crecen las posibilidades de exportación: "Hoy, con el dólar a 2,90, nuestros precios todavía nos dan ventajas comparativas. Hay que concentrarse en los mercados que buscan buen diseño, buena mano de obra, exclusividad, y lo pueden pagar", explica Alvarez Molindi, que con su emprendimiento Matoc exporta telar, tejidos y platería a Milán, Londres y pronto a Barcelona.

En tanto, Tierra Adentro ya manda artesanías a Londres, Nueva York, Venecia y Madrid. María Aversa, a Miami. Y la firma santacruceña Keoken, de Mónica Blake, a Londres. Se trata de la única línea patagónica en lana orgánica -certificada internacionalmente-, dedicada mayomente al turismo europeo, pero que desde noviembre ya expuso dos veces en la embajada argentina en Londres. En esa ciudad, vende en dos negocios y también en coffee parties organizadas por ella mismos.

"El negocio es bueno, también para los artesanos. Buscamos que mejoren su calidad para que, invirtiendo el mismo tiempo, ganen más", explica Alvarez Molindi.

Y todos prefieren tratar directamente con los artesanos: esquiladores, lavadores de lana, hilanderos, teñidores, tejedores, bordadores y más, agrupados en cooperativas (como en Hijas de la Luna, en Tilcara), en talleres dirigidos (como el de Marta Oliveira Cézar, que capacita a desocupados provenientes de otras áreas) o independientes.

María Emilia Lobbosco -dueña de Tierra Adentro, junto con Matías de Cristóbal- explica que para ellos trabajan 15 familias aborígenes: "Vamos a las provincias y tratamos directamente con ellos, sin intermediarios ni acopiadores, como llaman en los pueblos a los que pagan con harina las artesanías, las acopian y después las venden a precios altísimos".

Por el momento, el tiempo es una dificultad, toda vez que el trabajo a mano requiere demasiadas horas, el tratamiento de la lana exige buen clima y, se sabe, en el interior el reloj camina más lento.

Tal vez la solución pase por la suma de mano de obra. En Colonia San José (inmigrantes franceses en Colón, Entre Ríos), las hermanas Josefina y Sofía Maxit dan trabajo a 30 familias para su proyecto Panza Verde (tejidos con firma propia y para otras marcas, que se venden en Palermo, pero también en Italia y Francia). Hace poco más de tres años empezaron con las únicas tejedoras disponibles de la colonia, todas mayores de 70 años. "Pero cuando los más jóvenes vieron que era una fuente de trabajo -explica Josefina Maxit- y que cada vez había más demanda, empezaron a conseguir telares (nosotras compramos algunos) y aprendieron a tejer con sus abuelas."

Direcciones: Marta de Oliveira Cézar, 4857-1195; Cardón, Galerías Pacífico; Cat Ballou, avenida Alvear 1702; Tierra Adentro, Arroyo 946; Aristocracia, Rodríguez Peña 1815; Marcelo Senra, Talcahuano 1133, 3° A; Maríasymás, Honduras 5309; Plaza Color, Serrano 1438; Hijos de la Luna, en Marías y más y hotel Hilton; Prüne, Paseo Alcorta; María Aversa, El Salvador 1580; San Angel Inn, Juncal 1334; Alcira, para Casa Blanca, 4776-5253; Nike, en Félix, Gurruchaga 1870

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