2001, entre el miedo y la organización de la paz

Natalio Botana
Natalio Botana LA NACION
En el último trimestre se demostró que el terrorismo es actualmente el disparador más mortífero de la guerra clásica
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30 de diciembre de 2001  

Dos grandes acontecimientos marcan el final del año 2001. El primero tiene que ver con las características que adquiere a principios del siglo XXI la vieja noción de anarquía internacional. El segundo es la culminación de un proceso porque, a partir del 2 de enero y merced a una inventiva de fuste para forjar instituciones económicas, la Unión Europea pondrá en circulación en doce de sus países miembros el euro, su nuevo signo monetario.

Se trata de dos fenómenos que se inscriben uno en el corto plazo de las decisiones propias de la guerra, y otro en el largo plazo de un proyecto de integración política fundado en la negociación y el consenso. Tal vez, el gobierno de los Estados Unidos haya abierto un capítulo teórico relevante en el estudio de las relaciones internacionales al definir su respuesta a los atentados del 11 de septiembre mediante el concepto de "guerra al terrorismo". Este asunto ha comenzado a discutirse en trabajos recientes. ¿Es acaso Ben Laden un sujeto ligado por las convenciones de la guerra o un criminal común?

El problema sólo podrá dilucidarse cuando este ubicuo personaje sea atrapado. Entonces la caracterización que sin duda habrá de prevalecer -semejante a la que se aplicó en 1945 y 1946 a los dirigentes nazis- será la de un criminal al que hay que eliminar o juzgar. Por lo demás, es muy claro que Ben Laden ha reconocido su responsabilidad por los atentados en varios videos. Pero más allá de esta cuestión, que mantiene en ascuas a los gobernantes y alimenta el miedo del hombre común, en el último trimestre de este año ha quedado demostrado que el terrorismo es actualmente el disparador más mortífero de la guerra clásica.

La derrota infligida por los Estados Unidos y sus aliados a los talibanes en Afganistán puede ser un anticipo de lo que vendrá si un Estado carece de soberanía interna para neutralizar la acción de grupos terroristas con vocación planetaria. Las organizaciones terroristas no son, técnicamente, entidades estatales; los Estados que albergan dichos grupos, en cambio, sí lo son. Esta distinción puede servir para justificar el cariz que ha adoptado la guerra en Medio Oriente donde, para el gobierno israelí, el papel de Arafat en relación con el terrorismo palestino es análogo al que desempeñaron los talibanes con Ben Laden. Una explicación semejante puede formularse si observamos el conflictivo panorama de Paquistán que involucra, como Estados guardianes frente a la amenaza terrorista instalada dentro de sus explosivas fronteras, a los Estados Unidos y a la India.

No es fácil predecir el modo como estas situaciones habrán de expandirse por el planeta al ritmo de la detección, por parte de los Estados Unidos, de células terroristas incontrolables por Estados débiles o cómplices. Previo a ello, sin embargo, es imperioso trazar el perfil del nuevo rostro de la guerra: a menor control interno del terrorismo internacional en un Estado, mayor probabilidad de que ese escenario sufra el impacto de una guerra devastadora (como efectivamente ocurrió en Afganistán y está aconteciendo en Medio Oriente).

Como podrá advertirse, el clima internacional no da lugar, por ahora, a fáciles ensoñaciones pacifistas. Las cosas, en efecto, parecen dominadas por un severo encadenamiento entre acciones y reacciones violentas. ¿Hay espacio todavía para proyectos con virtud suficiente para plasmarse en instituciones duraderas? Siempre conviene calar a fondo en la historia con objeto de detectar logros ocultos tras los hechos inmediatos.

Es sabido que la floreciente Unión Europea de estos días nació al principio en la imaginación de algunos precursores. No fue un puro gesto defensivo frente a la amenaza soviética, sino un modelo ideal capaz de trascender el particularismo extremo de la soberanía de las naciones, partero en Europa del totalitarismo y la guerra. Hará pronto cincuenta años que Jean Monnet anotó estas cuatro ideas en un carnet personal (lo hizo a punto de asumir la presidencia del primer ensayo de integración económica, la Comunidad Europea del Carbón y del Acero). Las enumeró así: "la Europa necesaria para la organización de la Paz; el mercado único; la moneda única; la federación".

Por regla general, la historia es una máquina que tritura y transforma los proyectos humanos. En este caso -casi como una extraña excepción- aquel designio ha logrado prevalecer. Europa es una región de paz que se expande con la incorporación de nuevos miembros, tiene un mercado y una moneda común, y pronto sus representantes se entregarán a la tarea de dar cima a una constitución de carácter federal para más de trescientos millones de ciudadanos.

Es cierto que los problemas que hoy enfrenta Europa son enormes y que la Argentina ha quedado al margen de esta empresa debido a una política agrícola desastrosa para nuestros intereses. No hay por qué ocultar estos defectos que no alteran, sin embargo, la continuidad de un programa inspirado en la práctica de la paz. Al igual que la guerra, la paz también requiere una organización: ésta es una de las lecciones que se desprenden de aquellas ideas matrices.

Plantear estos problemas y sus eventuales soluciones en medio del marasmo argentino puede hacer las veces de un intrascendente despropósito. Lo propio del subdesarrollo y de la ignorancia en el manejo de la cosa pública es vegetar en un permanente estado de inmediatez: en tal contexto tan sólo persiste la sucesión caótica de hechos que sobrevienen de un golpe y no se pueden resolver. ¿Presenta acaso el planeta entero, herido por la globalización del terrorismo, estos signos ominosos del subdesarrollo? No parece muy positivo comprobar el rápido desarrollo de un sistema internacional en el cual las reacciones de corto plazo -la necesaria caza a los terroristas, las sanciones bélicas a los Estados díscolos- concluyen imponiendo su lógica sobre el proyecto más vasto de una organización ecuménica de la paz.

Salvo los temores y reclamos de algunos escasos líderes morales que levantan su voz en esta materia como, por ejemplo, Juan Pablo II, el designio de organizar la paz sólo tiene cabida en el plano circunscripto de las relaciones regionales. El Cono Sur, pese a los temblores que lo perturban, debe persistir en ese empeño. Mientras tanto, el mundo aguarda.

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