45 días en la tierra donde la vida no vale nada

La enviada especial de LA NACION cuenta sus vivencias en Afganistán: "Un país inmerso en la miseria absoluta, con gente que resiste una tragedia que nosotros no soportaríamos. Donde ser alguien es tener un Kalashnikov, donde las mujeres son seres de segunda y donde morir por la Jihad significa el acceso al paraíso"
(0)
2 de diciembre de 2001  

DUSHAMBE, Tadjikistán

Suena el teléfono y oigo una noticia estupenda: muy lejos de aquí, en el mundo occidental, nació mi cuarto sobrino. Se llama Guillermo. Pienso que el bebe que acaba de llegar a este mundo cada vez más terrible, tiene mucha suerte. Después de Afganistán, de donde salí hace unos días luego del asesinato del camarógrafo sueco Ulf Stronberg -el octavo periodista que muere en esta guerra absurda-, las perspectivas cambian. Uno se da cuenta de lo afortunado que es. En Afganistán, un país destruido, donde la pobreza y el combate son la única ley, vi demasiada muerte. Demasiadas injusticias.

Si Guillermo hubiera nacido en Afganistán, un país marcado por más de dos décadas de guerra, no tendría futuro, o por lo menos un futuro "normal", como el que soñamos nosotros, los occidentales. En Afganistán, un niño sobre cuatro muere antes de cumplir cinco años, 300.000 niños por año mueren por enfermedades facilmente curables, siete chicos por día mueren por culpa de las minas antipersonales, 400.000 tienen alguna parte del cuerpo amputado por esa misma trampa espantosa, el 72% de los más pequeños tiene un familiar muerto, y al menos un millón tiene graves problemas psíquicos debido a la guerra.

En Afganistán, descubrí un país magnífico, inmerso en un océano de miseria, con gente valiente, que bien o mal resiste a una tragedia que nosotros no podríamos resistir. Un país condenado a vivir en la Edad de la Piedra en pleno siglo XXI, donde la vida no vale nada. Un país donde ser alguien es tener un kalashnikov, donde las mujeres son seres de segunda, y donde morir por la Jihad (guerra santa contra los infieles) significa el acceso directo al paraíso.

El viaje. Llegar a Afganistán no fue fácil. Por lo menos al principio de la guerra (7 de octubre), los periodistas sólo podíamos hacerlo desde Tadjikistán, la más pobre de las ex repúblicas soviéticas. Una suerte de protectorado ruso que comparte con el norte de Afganistán más de 1300 kilómetros de frontera, controlados obviamente por soldados rusos. Desde el típicamenente soviético (y decadente) hotel Tadjikistán –que después de Afganistán, parece un Hilton-, tras arduos trámites burocráticos, acreditaciones, visas y autorizaciones varias, los periodistas partíamos en convoy hasta la frontera. Aunque desde Dushambé –una ciudad desolada, que después de Afganistán parece París-, no son más de 200 kilómetros, el viaje significaba un mínimo de siete horas de auto, por los cientos de check points y el mal estado de la ruta.

Una vez en la frontera, en medio de colinas desérticas, parecidas al Valle de la Luna, enseguida uno se daba cuenta que llegar a Afganistán no era llegar a un país "normal", al que estamos acostumbrados los occidentales. Había que sortear antes el famoso río Amu Darya, el antiguo río Oxus que Alejandro Magno cruzó en su camino hacía la India, en una destartalada balza controlada por los soldados rusos. Efectivos con los típicos dientes de oro –símbolo de riqueza en la ex URSS-, que controlaban los pasaportes lentamente, anotando todo a mano en un viejo libro de hojas amarillas, utilizando como oficina un oxidado colectivo sin cubiertas, estacionado a la vera del río.

Cuatro veces cruzé el Amu Darya en esa famosa balza, porque dos veces ingresé a Afganistán en los últimos meses. El último cruce, hace unos días, no lo olvidaré nunca. El primero en subir, en una noche gélida, bajo la luna, fue Ulf, el camarógrafo sueco asesinado en Taloqan a quemarropa, a pocos metros de la casa en la que vivía. Antes de que el tractor de la balza se prendíera para comenzar la travesía, algunos colegas hicimos un minuto de silencio. Yo recé.

Afganistán

Las dos veces que entré a Afganistán, no lo hice sola. Una de las primeras reglas para un corresponsal de guerra, es moverse acompañado. Sin contar que se reducen los costos de transporte e intérprete, porque se comparten los gastos, no estar solo significa más seguridad, y sobre todo compartir sensaciones fuertes. La adrenalina de contar la muerte y la destrucción, totalmente inútiles, que hay en guerra. El miedo a lo desconocido, el miedo a la violencia, el miedo a la anarquía reinante en Afganistán, el miedo a que cualquiera puede ser un blanco, y a que cualquiera le podía haber tocado la suerte de Ulf. Significa compartir la tragedia afgana, y llorar juntos la muerte de ocho colegas.

La primera vez ingresé con Luigi Geninazzi, un periodista italiano del diario Avvenire, la segunda con Angelo Macchiavello y Salvo La Barbera, periodista y camarógrafo de Studio Aperto, un noticiero de TV italiano. Quizás no hace falta decirlo, porque es algo natural después de la experiencia afgana, pero con ellos nació una amistad de esas que duran para siempre.

Más allá del viaje a lo desconocido, desembarcar en Afganistán implicaba un enorme esfuerzo físico. En medio de la oscuridad y el frío de la noche, entre afganos armados hasta los dientes con quienes se podía comunicar sólo a los gestos, no sólo había que descargar el equipaje –en mi caso una mochila con el mínimo de ropa indispensable, la computadora, y el más que fundamental teléfono satelital-, sino también litros y litros de botellas de agua, y comida. Primero el traslado de los bultos del vehículo a la orilla, después de ahí a la balza, de la balza de nuevo a la otra orilla, mientras tanto el temor de que nos saquen todo, y de ahí al jeep de algún mujahidín contratado después de extenuantes tratativas.

Pero Afganistán significaba sobre todo chocar con paisajes alucinantes, de una belleza imponente, en medio de una realidad impactante: "la Edad de la Piedra, pero con jeeps y kalashnikov", sintetizaba, cínico, mi colega Geninazzi. Descubrir gente que vive en virtuales grutas, que los medios de transporte más utilizados son los burros, los camellos, o los pies, y toparse con una realidad inconcebible en pleno siglo XXI: nada de electricidad ni agua corriente en ningún lado. Nada de artefactos como baños, heladeras o teléfonos, ningún mueble tan básico como una cama.

En medio de una cantidad de polvo y tierra que casi no dejaban respirar, de temperaturas extremas –de día si había sol, mucho calor, de noche bajo cero-, para alcanzar el frente o alguna localidad, había que moverse en vehículos cuatro por cuatro a paso de hombre, a los saltos, por huellones infernales. En Afganistán no hay autopistas, y son más que escasas las rutas asfaltadas. Las pocas que encontramos, ostentaban grandes crateres, fruto de las bombas norteamericanas. Moverse signficaba también cruzar ríos de aguas correntosas utilizando a un baqueano a caballo para que indicara el camino más seguro, verse obligado a mover troncos o ser tirado por un tractor para atravesar un guado, embarrarse completamente para empujar el vehículo empantanado. Viajar con el riesgo siempre presente de ser asaltado por algún talibán escondido en medio de las colinas.

El negocio de la guerra

Los mujahidines sabían muy bien que todos llegábamos con cientos de dólares debajo de la ropa. "One hundred dollars", una cifra enorme para un país quebrado, que no produce nada salvo el opio, era la palabra clave para comenzar cualquier discusión. Más allá del robo a mano armada que significaba contratar un vehículo o un íntérprete ( "one hundred dollars" por día para cada uno), los periodistas éramos conscientes de que si alguien realmente quería, nos podía robar todo lo que teníamos, nos podía secuestrar, o dejar tirados en el medio del desierto, sin que nadie se enterara. Bien o mal, había que confiar en la (des) organización de los hombres del llamado "Ministerio de Relaciones Exteriores" de la Alianza del Norte. Ellos, que nos retenían los pasaportes, indicaban dónde podíamos tirar la bolsa de dormir, ya sea en una casa de barro, o en una carpa, alojamiento que al final también cobraban.

La Alianza del Norte

Pocos confiabamos en verdad de los mujahidines del Frente Unido, gente analfabeta como la gran mayoría de los afganos, señores de la guerra ávidos de poder y dinero, unidos sólo por el deseo de derrocar la brutal dictadura religiosa de los talibanes. Resultaban guerreros poco valientes a la hora de los combates -vimos mujahidines escaparse como ratas de la línea del frente a la hora de una contraofensiva de los talibanes-; soldados que avanzaban sólo después de los mortíferos bombardeos de los B-52 norteamericanos y después de la retirada negociada de los talibanes; gente que se consideraba en la cresta de la ola sólo porque Estados Unidos y el mundo occidental había decidio ir a la caza de los anfitriones de Osama Ben Laden, el hombre más buscado del mundo, considerado responsable de la barbarie del 11 de septiembre.

Llegar a los territorios controlados por la heterogénea Alianza del Norte, en efecto, era encontrarse con que las mujeres, científicamente cubiertas por la espantosa burka, seguían siendo tratadas como animales. Y con que los miles de desplazados por la guerra, que escapaban de la furia de los talibanes, acusaban a los mujahidines de sacarles las raciones de comida que los aviones norteamericanos tiraban desde el cielo, en el país con más minas antipersonales del mundo.

La cobertura

Para el trabajo periodístico, es decir para contar la guerra, todas las mañanas había que ir al denominado "Foreign Ministry" para pedir la autorización correspondiente: un papelito escrito en árabe con el que se podían sortear los check-points. Hacía falta un permiso para ir a la primera línea del frente, para ir a la prisión para poder hablar con talibanes detenidos, o al hospital para hablar con los soldados heridos, o para constatar las dramáticas condiciones sanitarias del país. (Afganistán tiene la esperanza de vida de más baja del mundo, 41 años, y la mortalidad infantil más elevada del mundo, 16,3%).

Los periodistas de la prensa escrita debíamos contar con un generador para ponernos a escribir, y los de TV con un "dish" satelital que ponían a disposición grandes organizaciones como Eurovisión, Reuters o APTN para transmitir las imágenes.

A las cinco de la tarde era de noche, y escribir a la luz de una linterna o de una vela, era arruinarse los ojos. Con el generador -alimentado por nafta, que podía conseguirse en el bazar-, podíamos escribir con una tenue luz eléctrica, podíamos recargar las baterías de la computadora y del teléfono satelital, y finalmente transmitir las notas en pocos minutos a la redacción del diario. Para usar el satelital había que descubrir primero con una brújula el sur, y apuntar hacia allí la antena. Algo que hacíamos a la intemperie, en el patio lleno de gallinas y codornices de la casa de barro donde nos alojábamos en Taloqan, bajo un cielo estrelladísimo. Abrigados por el fuego de una hoguera al mejor estilo picapiedras, por el "patu", la manta afgana multiuso, gorros de lana y guantes, para no morirnos de frío.

Comer y dormir. Aunque todos llegábamos a Afganistán llenos de latas de comida, chocolate, nescafé y galletitas, por el temor a no encontrar nada, en el bazar -sitio fascinante si los hay, donde no se veía ni la sombra de una mujer-, en realidad se podía comprar de todo. Un pan exquisito, arroz, spaghetti iraníes, verduras de todo tipo, fruta, carne -colgada de ganchos, entre las moscas, bastante poco apetecible. Claro que había que tener cuidado, hervir todo o sacarle la cáscara a las cosas -después de comprar la leña para el fuego-, para no caer con gastroenteritis, enfermedad que golpeó a varios periodistas. Había que lavarse los dientes con el agua en botella traída desde Tadjikistán, y acostumbrarse a condiciones higiénico-sanitarias bestiales, dignas de la Edad Media.

Dormir en Taloqan significó una habitación gélida, donde los únicos muebles eran unas colchonetas y una sucia alfombra, donde poníamos las bolsas de dormir. Enseguida todos los ocupantes fuimos asaltados por "pulgas", voraces insectos que además de terrible picazón, nos dejaron el cuerpo lleno de ronchas.

Sulimán

Con nosotros dormía también Sulimán, nuestro intérprete. Como la mayoría de los afganos, musulmán más que practicante, Sulimán se levantaba tempranísimo para cumplir con el Ramadán. Soportaba con paciencia ver que comíamos o fumábamos durante el día, y se moría de hambre y sed hasta las cinco de la tarde, cuando terminaba el ayuno. Sulimán, un niño-hombre de 14 años, huérfano por la guerra, con una historia de soledad durísima a cuestas, no peleaba sólo porque sabía inglés. Algo que en este momento significa trabajar de ínterprete por 100 dólares diarios, una fortuna. Por supuesto Sulimán, de etnia pashtún, sabía manejar el kalashnikov y contaba que lo había usado ya a los seis años, cuando gente de su pueblo luchaba contra otra tribu vecina. Algo normal en Afganistán, un mosaico de etnias distintas.

Con Sulimán, que aprendió inglés en Peshawar, Pakistán, donde vivió hasta hace unos meses con unos parientes, teníamos largas charlas. En una, confesó que en realidad admiraba a los talibanes: "ellos son valientes porque se enfrentan a los Estados Unidos, mientras que los mujahidines son unos cobardes", afirmó, sin ocultar su profundo resentimiento contra los extranjeros que estaban bombardeando su país.

El sueño de Sulimán es irse de Afganistán. Estudiar en Europa, y regresar a su tierra convertido en el comerciante más rico de su país. Una suerte de "Bill Gates" afgano. ¿Para qué? "Para enfrentarme a los Estados Unidos, pero mejor que Ben Laden".

Sulimán, un niño-hombre que parte el alma, despertó en mí un gran instinto maternal. Cuando nos pidió ayuda para poder irse de su país a Londres, a Italia, o a cualquier parte, le dijimos que antes tenía que terminar el colegio, y cumplir 18 años. Le dejamos nuestros teléfonos, así como el del padre Carlos, el cura argentino que vive en Dushanbé, que está dispuesto a ayudarlo.

El día que un grupo grande de colegas decidimos irnos de Afganistán porque ya no era tierra segura, después del asesinato de Ulf, el camarógrafo sueco, Sulimán se reía. "No entiendo por qué se van", me dijo. "Sí, mataron a un periodista -agregó-, pero en Afganistán mueren cien personas por día, y nadie dice nada".

El peor lugar para una mujer

DUSHANBE, Tadjikistán

"No women´s land." Así describían Afganistán algunos colegas varones, impactados por el hecho de que en ese país para ellos es imposible ver el rostro de una mujer durante semanas.

Aunque enseguida después de la caída de Mazar-e Sharif, el primer bastión talibán reconquistado por la Alianza del Norte que dio lugar a un efecto dominó en el resto del país, algunos informes hablaban de mujeres que se arrancaban la burka en señal de liberación, este retrógado atuendo sigue siendo más que utilizado en Afganistán.

En Taloqan, o en Kunduz, por lo menos, dos ciudades recientemente liberadas donde estuvo LA NACION, las mujeres siguen ocultándose debajo de la espantosa túnica con la rejilla a la altura de los ojos, y siguen respetando la interpretación del Corán que indica que es un pecado mortal salir solas a la calle.

Por esto es que para una periodista mujer, peor lugar que Afganistán creo que no existe. Salir a la calle, por supuesto siempre con la cabeza cubierta por un pañuelo, era provocar un revuelo terrible, sentir miles de miradas encima, y casi no poder trabajar debido a la nube de gente que me iba rodeando, y siguiendo a todos lados.

Para los afganos, en efecto, yo era una mujer de la calle, no una periodista, por más que siempre saliera acompañada de colegas varones. Salir sola hubiera sido realmente peligroso, algo que confirmé cuando viví la desagradable experiencia de recibir un manotazo en el trasero, al parecer una costumbre que también usan en Paquistán, según me explicaron. El episodio ocurrió una vez comprando verdura en el bazar, circunstancia en la que siempre me encontraba rodeada de gente incrédula por mi presencia (una extraterrestre), y otra durante la liberación de Kunduz, cuando el atrevido fue un joven armado con kalashnikov. A éste no pude evitar darle un empujón, indignada.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.