A De la Rúa le queda un gambito

Mariano Grondona
Mariano Grondona LA NACION
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22 de octubre de 2000  

HAY dos maneras de interpretar la crisis política que hoy preocupa gravemente a los argentinos. Una es seguir paso a paso las maniobras de los protagonistas que la encarnan. En tiempos de crisis, los actores se agitan sobre el escenario.

Los diarios, revistas y programas políticos dan cuenta de sus frenéticos movimientos. Hechos como los que antecedieron y sucedieron a la renuncia de Carlos Alvarez a la vicepresidencia, los indicios sobre el estado de ánimo del Presidente, las sorprendentes declaraciones de Alfonsín, el sinceramiento mediático de Fernando de Santibañes y su ulterior renuncia, la ofensiva de Ruckauf, la vuelta a escena de Menem y tantos otros movimientos sobre el escenario se nos presentan como las piezas sueltas de un intrincado rompecabezas y es el arduo deber del periodismo político encontrarles un orden y un sentido.

La tarea de aclarar la confusión del escenario se hace todavía más difícil, porque algunos de los actores que sobre él se mueven están ellos mismos confundidos a tal punto que hacen recordar lo escrito por Dante en su diálogo Convivio : "muchas veces dan vivas a lo que les traerá la muerte y gritan ¡muerte! a lo que les hubiera traído la vida". Sin embargo, forjar y verificar hipótesis sobre lo que pasa en el escenario es una tarea tan áspera como necesaria.

Un segundo método para interpretar las crisis políticas es agregar al examen de lo que ocurre sobre el escenario el análisis de la relación entre el escenario y la platea. Los actores necesitan el aplauso. No son los actores sino los espectadores quienes tienen la última palabra.

El contrato

El análisis del escenario se desliza sobre las olas y las contraolas de la coyuntura. La relación entre el escenario y la platea tiene que ver con las corrientes menos visibles pero más poderosas que se desarrollan en lo profundo de la estructura. El 24 de octubre de 1999 la Alianza y el pueblo, un grupo de actores y la platea, celebraron un contrato. Más allá de las vertiginosas novedades que nos ofrece el escenario de la política argentina, también hay que tener en cuenta que ese contrato, a un año de su firma, corre serio riesgo de incumplimiento.

Hubo tres presidencias democráticas antes de la actual. En 1983, Alfonsín cumplió una de las promesas que había formulado, la consolidación de la incipiente democracia, pero falló en el campo económico y social al no poder probar que "con la democracia se come, se cura y se educa". Durante los años ochenta la economía argentina decreció a un ritmo del uno por ciento anual, desembocando en el caos de la hiperinflación.

En la primera de sus presidencias Menem cumplió con las expectativas económicas que generó al asumir. Cesó la hiperinflación y la economía creció por primera vez en décadas, a un ritmo del seis por ciento anual. Pero Menem no cumplió con el capítulo social de su primer contrato al inaugurar un altísimo desempleo. También permitió que la corrupción se instalara en el centro de la preocupación popular.

Sin aprobar estas asignaturas pendientes en lo social y en lo moral, la segunda presidencia de Menem les agregó desde fines de 1998 el traumático regreso a la recesión económica de la que parecía habernos librado en su primer mandato. El año pasado, la economía decreció un tres por ciento.

Así las cosas, la Alianza obtuvo la mayoría electoral hace un año porque prometió el regreso del crecimiento económico, esta vez con equidad social, y la lucha frontal contra la corrupción. Estas fueron sus dos banderas. Estas fueron las dos cláusulas de su contrato con el pueblo. Si la crisis política que ahora atravesamos se expresa a través de los frenéticos movimientos de los actores sobre el escenario, la profunda corriente que la alimenta responde a que, a un año de las elecciones presidenciales, las dos banderas de la Alianza están a media asta. El crecimiento económico de este año será igual a cero. No parece haber voluntad política para superar el escándalo de los sobornos en el Senado. Como consecuencia, el pueblo duda sobre el cumplimiento del contrato.

Los actores se agitan porque el público ha dejado de aplaudir. La crisis política, que se ha vuelto ruidosa sobre el escenario, responde a un signo más profundo: el inquietante silencio en que ha caído la platea.

El segundo gambito

La primera cláusula del contrato entre la Alianza y el pueblo era económica y social. La segunda cláusula era moral. Al votar a De la Rúa y Alvarez, el pueblo les asignó implícitamente dos papeles diferentes. Acompañado por su gabinete, De la Rúa quedó a cargo de la cláusula económica y social. Desplazándose con la libertad que le otorgaba no formar parte del gabinete, Alvarez quedó a cargo de la cláusula moral.

El vicepresidente inició su tarea de depuración moral en el Senado, que él mismo presidía. Al concentrarse primero en la lista de los ñoquis que parecía haber en la cámara alta, no empezó con una política de shock , sino, más bien, con graduación. Pero al revelar Cafiero su "certeza" de que algunos senadores habían recibido sobres para votar la ley laboral, Alvarez no tuvo más remedio que convertir su graduación en embestida, porque, si algunos senadores habían cobrado, debía suponerse que alguien en el Gobierno, en "su" gobierno, les había pagado. Al no conseguir que el Presidente lo acompañara con energía en su embestida moral, Alvarez quedó ante una opción insostenible: la renuncia-denuncia que al fin escogió o un silencio cómplice con lo que estaba pasando.

Con Alvarez fuera del Gobierno, el cumplimiento de la cláusula moral del contrato electoral del 24 de octubre se ha vuelto improbable. Si el Presidente quiere evitar el silbido de la platea, sólo le queda apurar el cumplimiento de la cláusula económica y social.

Es como si, en dos partidas de ajedrez, cada jugador hubiera tenido a disposición su gambito. Uno de ellos ha fallado. Para ganar la partida, al otro le queda el segundo gambito. El "gambito Alvarez" ha fracasado. Sólo queda el "gambito De la Rúa".

Veamos cómo define el diccionario la palabra gambito : "En el juego de ajedrez, lance que consiste en sacrificar alguna pieza al principio de la partida para lograr una posición favorable". El gambito de Alvarez suponía el sacrificio de varias piezas entre senadores y altos funcionarios. Pero Alvarez se quedó sin su partida. Para ganar la suya, ¿qué piezas debería sacrificar De la Rúa?

Todo gambito supone combinaciones tan delicadas que se expone al riesgo de algún error de cálculo. Por eso no se acude a él mientras haya alternativas menos osadas. Si la cláusula del contrato que De la Rúa debe cumplir es devolverle a la Argentina el crecimiento económico, ¿es posible todavía que su "pieza económica", el ministro Machinea, rompa la inercia del crecimiento cero?

Para lograrlo, Machinea tiene más poder en el gabinete después de la salida de rivales como el sutil Terragno y el iracundo Gallo. Dispondrá además de la ley de emergencia económica que amplía sus poderes. Armado con esta poderosa espada, ¿nos dará Machinea alguna señal de que va a volver el crecimiento?

Si no la da, a De la Rúa no le quedará sino arriesgar el gambito. En la platea, al silencio se suman gestos de fastidio como el paro del campo. Al Presidente no le queda mucho tiempo. No sólo porque los gambitos se ensayan al comenzar la partida, sino también porque las agujas del reloj del ajedrez son, como se sabe, inexorables.

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