A la espera del alba

Graciela Melgarejo
Graciela Melgarejo LA NACION
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13 de octubre de 2014  

Así estamos los hispanohablantes, sobresaltados como don Quijote en su primera noche en la venta, en el Capítulo III ("Donde se cuenta la graciosa manera que tuvo don Quijote en armarse caballero"). Estamos así -no todos, pero ojalá muchos de nosotros- porque, en unos días más, se conocerá finalmente la 23a. edición del Diccionario de la lengua española, obra de la industria de la RAE y de las Academias hermanas.

Cuántas cosas han cambiado, desde la 22a. edición, en 2001. Entre una y otra, han pasado al frente con fuerza arrolladora Internet y las redes sociales, y la opinión y la fe de muchos usuarios del magno DRAE viraron casi hasta la rebelión. Ahora, tanto el Diccionario como el Panhispánico de dudas están en línea y son casi más consultados que las versiones en papel, por motivos obvios.

Tanta espera debería ser atemperada con artículos apropiados, como el que fue nota de tapa en Babelia, la revista literaria del diario El País de España, el sábado pasado. El periodista Javier Rodríguez Marcos describió así la situación en "Guía para un español sin uniforme" ( http://bit.ly/1tSduJV): "El español se globaliza. Sus hablantes comparten el 95 por ciento de un idioma que viaja en las novelas y las telenovelas. La semana que viene se publica la nueva edición del diccionario académico, la más atenta a la realidad internacional de la lengua".

A continuación, se dan números apabullantes, que no siempre se recordarán pero que hacen brillar cualquier nota: "El nuevo diccionario tiene 93.111 entradas (unas 9000 más que el anterior), recoge 195.439 acepciones (entre ellas, cerca de 19.000 americanismos) y ocupa obviamente 2376 páginas".

No sólo habrá que esperar la nueva edición, también habrá que leerla. O por lo menos, consultarla más, como se hace ahora con la versión electrónica gratuita ("Recibe de media 1,3 millones de consultas diarias. La mayoría llega desde España, México, Argentina, Estados Unidos y Colombia").

Todo se resume, como siempre, en leer, y en leer más (¿y mejor?). Si no leemos más, no seremos capaces de conocer nuevas palabras, nuevas acepciones o nuevas grafías y, entonces, nos olvidaremos de dudar y de consultar el diccionario en todas sus versiones. Si no hay duda, no hay conocimiento, pero, ¿qué se hace con un hablante que no duda o a veces se deja llevar por una intuición lingüística equivocada? En una entrevista de hace casi un año, la educadora argentina Emilia Ferreiro, especialista en lectoescritura, recomendaba a los docentes leerles a los chicos. Más aún, leerles en voz alta. "La experiencia de escuchar leer en voz alta no es una experiencia de todos los chicos antes de entrar a la escuela y es crucial para entender ese mundo insólito que tiene que ver con que hay estas patitas de araña en una hoja y que suscitan lengua" ("Si los docentes no leen son incapaces de transmitir el placer de la lectura", en http://bit.ly/1o6AoB3).

Esta experiencia crucial es la que, más tarde, nos permitirá asociar lo suficiente como para componer el rompecabezas de la escritura. ¿No es acaso armar un rompecabezas saber que antes de b y de p, m pondré?

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