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A la sombra de la nube misteriosa

Por Orlando Barone
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26 de marzo de 2000  

UNA enigmática y hedionda nube conmovió a gran parte de los vecinos de la ciudad de Buenos Aires. Y aunque las pituitarias porteñas están habituadas a los vahos más inmisericordiosos cundió el pánico ante los riesgos de un escape intoxicante. Sería discriminatorio adjudicarle la autoría de la expansión a un vándalo de la periferia que por rencor buscó contaminar Barrio Norte. Pero ojalá Gardel, convertido en estatua en el Abasto, no olisquee el hedor inmerecido a su categoría, bastante desmerecida ya por el paisaje espiritual que lo rodea de góndolas y shopping . Tampoco Evita está con sus "grasitas": está en la Recoleta.

Todas las inteligencias de dependencias gubernamentales, de laboratorios químicos y de operativos de emergencia se afanaron tras el rastro de una sustancia aromatizante del gas natural, llamada mercaptano. Hasta entonces tan desconocida como otras igualmente inasibles y jamás ubicadas ni en los cielos ni en las alcantarillas, y a las que los argentinos pudieron sentir rozar sus narices y sus ojos sin llegar nunca a saber de qué se trataba ni cuáles podrían ser sus beneficios. Como el salariazo y la revolución productiva: nubes.

Allí están esos párrafos de un texto arqueológico hallado entre mis modestas pertenencias intelectuales: "El fin del salariazo pasa por ese norte esencial: distribuir mejor la torta , al tiempo que ayudar para que la misma crezca de un modo sano. Porque en la Argentina de la última década, la torta no sólo se ha achicado, sino que también se ha distribuido de un modo totalmente regresivo e injusto desde el punto de vista social... Estos objetivos son: aumentar la capacidad adquisitiva de la población mediante incrementos reales de salarios; aumentar el nivel de producción de nuestro aparato industrial; aumentar el nivel de ventas de nuestros comercios; aumentar el nivel de empleo en las empresas de nuestro país" ( La revolución productiva ; autores: Carlos Menem y Eduardo Duhalde; editado en 1989 por Peña Lillo).

Nubes hubo aquí siempre: estuvieron aquellas legendarias "nubes de Ubeda" de Vicente Leónidas Saadi, la ya distante película de Pino Solanas y la propuesta estética de la artista Mireya Baglietto. Y están los goles en serie de Alfredo Moreno, de Boca, al que según Bianchi "hay que bajar de la nube" para que no se desinfle y se venga al piso. Y sobre todo están las nubes que oscurecen la inteligencia; obviamente escasas porque escasos son los lugares donde se incuban.

También están las nubes meteorológicas: cirro, cúmulo, estrato y nimbo. Esta última también usada como aureola para orlar la cabeza de los santos que, salvo uno consagrado hace poco, nunca nacen en la Argentina. Las dos orillas del Jordán se disputan en cuál de ellas fue bautizado Jesucristo. En el Río de la Plata se discute en cuál de las orillas se originó la nube hedionda. Antes se disputaban el origen del tango. Se van desaseando las tendencias. Apuesto a que es un olor argentino.

Es lógico el azoramiento inicial de los expertos: ¿cómo encontrar algo sin forma, sin contorno y sin cuerpo? Hasta Charly García tiene algún tipo de sustancia cárnica; incluso la inexpresividad del ministro Machinea tiene algún tipo de densidad humana aunque sea invisible a los ojos. Lo más parecido a la insustancia es el discurso técnico de los especialistas en el Mercosur: lanzan nubes al viento a sabiendas de que en Brasil se diluyen.

Así que en cuanto al mal olor no caben las sospechas groseras que dieron pasto al humorismo. La palabra mercaptano fue pronunciada a destajo con distintos énfasis químicos; incluso hubo algunos graciosos involuntarios a los que les salían las tres últimas letras separadas.

Las hipótesis sobre el fenómeno sugerían que la emanación podía deberse a un venteo clandestino, a acarreos incontrolados o a depósitos recónditos del conurbano o del Uruguay. O vaya a saberse.

Hasta el jefe de gobierno, con su estilo delicado, tuvo que sacar la nariz a la intemperie y someterse a hablar de venteos, y de gases, y todas esas cosas siempre asociadas a funciones orgánicas digestivas.

En la tradición china, la nube indica la transformación que el sabio debe sufrir para inmolarse, conforme con una enseñanza esotérica. Situación improbable aquí por la ausencia de sabios y por la falta de intención de inmolarse de quienes están envueltos en nubes de vergüenza y bochorno y que van a la televisión a seguir abochornándose por gusto. Además, ha surgido un nuevo rol televisivo: el de víctima humillada. No es una redundancia: por un lado está la infortunada situación de ser víctima y, por otra, la vocación porque su victimización sea celebrada públicamente. Mostrar lo que le hicieron, dónde y cómo, ante los medios. Una nube de impudor flota alentada por los soplidos del rating . El martirologio, ya que es tan difícil ser héroe, es una nueva forma de notoriedad mediática.

"Discípulos -decía Chuang-Tsé-, volveos semejantes al éter ilimitado, liberaos de vuestros sentimientos y disolved vuestras almas, sed la nada y no tened alma temporal." Los porteños no creo que adscriban a esta doctrina. Son tercos y se niegan a disolverse. A veces engañan porque dan la impresión de volátiles que no es lo mismo que voladores. El porteño vuela y se posa, vuela y se posa alternadamente. No se disipa ni se disgrega: es sustancial y no etéreo. "Me gustan las nubes... las nubes que pasan... allá... allá... las maravillosas nubes", les cantaba Baudelaire en unos de sus versos. Pero el maldito Baudelaire era terrestre aunque le doliera.

Los nubilistas -según Henri Moore- son los que creen que el alma no ocupa espacio y que no tiene una sede en el cuerpo. Es probable que esta ciudad sea nubilista. Ninguno de quienes aspiran a gobernarla ha demostrado hasta ahora contener en su cuerpo el alma de Buenos Aires. No hay que culparlos: es un alma tan grande que no les cabe.

Acaso la nube fue la metáfora de su ausencia.

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