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A las ballenas hay que amarlas a la distancia

Por Gerd Braune Frankfurter Rundschau
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28 de agosto de 2000  

OTTAWA

EL gobierno de Canadá está dispuesto a tomar medidas para proteger a las ballenas de sus admiradores demasiado entusiastas. La iniciativa surge como una reacción ante el temor de que la popularidad del "avistaje de ballenas" -la práctica, cada vez más difundida, de observar a estos gigantes del océano en su hábitat natural- cause una gran tensión a los populares cetáceos y, quizás, a la larga, haga peligrar su presencia continuada en las aguas costeras. Los expertos están estudiando varios proyectos de leyes que regirían no sólo para el avistaje comercial, sino también para el privado, los transbordadores y otras embarcaciones pequeñas.

Un millón de visitantes

"La industria del turismo, los ecologistas y las autoridades están comprometidos con un mismo objetivo: proteger a largo plazo la población de ballenas y su hábitat en la región y, al mismo tiempo, asegurar al turista la posibilidad de seguir observándolas", explica Ed Lochbaum, un alto funcionario del Ministerio de Pesquerías y Océanos en Nanaimo (isla Vancouver).

Quince años atrás, el avistaje de ballenas frente a las costas canadienses del Pacífico y el Atlántico, así como en el río San Lorenzo, era algo inusual. Hoy se ha convertido en uno de los puntales del turismo regional. Cientos de miles de personas viajan hasta allí para observar las ballenas en su ambiente natural. La provincia de Columbia Británica, sobre el Pacífico, recibe por sí sola hasta un millón de visitantes por año.

Salen en esquifes y lanchas de diversos tamaños. En la costa occidental, pueden avistar orcas (en realidad, son delfínidos) y ballenas grises. En la oriental, rorcuales, ballenas grises y blancas o belugas (un delfinaptérido). Los fanáticos suelen llegar hasta el çrtico para echar un vistazo a determinadas especies que sólo se hacen ver en sus aguas.

Todavía no hay pruebas concluyentes de que el auge turístico perjudique a las ballenas, si bien parece cierto que el ruido de los motores las perturba. Los científicos Andrew Trites y David Blain han señalado que también podrían perjudicarlas los gases de los escapes por cuanto, por ser mamíferos y no peces, deben salir a la superficie para respirar.

Conducta responsable

Las ballenas no sólo deben recorrer más distancias al desviarse para eludir a los buques, sino que además tienen que nadar a mayor velocidad y prestar atención a las lanchas, todo lo cual les resta tiempo para buscar alimento. En teoría, esto podría llegar a alterar su estado físico y, posiblemente, reducir su actual índice de natalidad. Sin embargo, resulta difícil predecir con cualquier grado de certeza o demostrar en forma concluyente qué efectos produce en ellas el turismo de avistaje.

Lochbaum confirma, en general, la conducta sumamente responsable de quienes organizan estas excursiones. Unas sesenta compañías de la costa oeste fundaron la Whale Watching Operators Association (WWOA) y adoptaron una serie de pautas: navegar a menor velocidad que las ballenas para no obligarlas a acelerar su marcha, no atravesarse en su ruta, aproximarse despacio, no acercarse nunca a menos de cien metros y mantenerse a distancia cuando los cetáceos estén buscando alimento. Asimismo, han establecido zonas "libres de embarcaciones".

No obstante, éstas son simples pautas cuyo acatamiento es voluntario. Otra cosa sería tener una ley. Lochbaum espera que pueda implementarse una para mediados del año próximo. Entre otras disposiciones, podría limitar sustancialmente el número de embarcaciones autorizadas a acercarse a un grupo de ballenas, establecer una distancia mínima obligatoria, fijar un límite de tiempo a cada avistaje e introducir licencias para los operadores turísticos.

"Es esencial para nuestro negocio que los organizadores actúen de manera sensata", expresa Dan Kukat, vicepresidente de WWOA y operador turístico de Victoria. Según explica, la mayoría de sus colegas son muy responsables pero, por desgracia, hay algunas ovejas negras y lancheros privados que no lo son. La WWOA ya ha declarado su apoyo a los planes oficiales de regulación de todo lo relacionado con el avistaje de ballenas. "Las amamos -dice-, y lo que menos querríamos es causarles daño. Tenemos el firme propósito de protegerlas."

Los propietarios de lanchas saben que el éxito o el fracaso de su lucrativo negocio depende de la opinión pública. "Hasta ahora, nadie ha dicho que debería prohibirse el avistaje", advierte Kukat. Pero todos son conscientes de que los "grupos extremistas" podrían plantear fácilmente este tipo de demanda. © La Nación

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