A pesar de todo, diálogo

Por Miquel Roca i Junyent Para La Vanguardia y La Nación
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22 de marzo de 2000  

BARCELONA

LOS ciudadanos han decidido y, en el ejercicio de su libre y soberana voluntad, han otorgado la mayoría absoluta al Partido Popular. Esto representa un cambio importante en la vida política española, pero no únicamente de futuro, sino también de reflexión sobre nuestro inmediato pasado. Una importante conjunción de fuerzas políticas y sociales han centrado su campaña electoral en satanizar al PP, y el pueblo no les ha hecho caso. Algunos deberán o deberían reconocer que no conocen lo que realmente pasa en nuestra sociedad.

¿Por qué el PP no podía ganar como lo ha hecho? ¿Es que la mayoría absoluta estaba reservada únicamente al PSOE? ¿O es que la victoria socialista del año 82 descansaba en mayores razones que las que han acompañado la victoria del PP en el 2000? Ahora se ha conjuntado una muy buena situación económica con el desconcierto ideológico del proyecto socialista, es decir, una gestión de gobierno exitosa y una oposición que ha pretendido sustituir la ausencia de ideas por la crítica agria y vacía de contenido. Así, el resultado ha sido el que ha sido.

El aporte de Cataluña

Evidentemente, las cosas van a ser distintas a partir de ahora. Esperemos que el Partido Popular recuerde la factura que España tuvo que pagar por la prepotencia socialista del 82. La mayoría absoluta puede invitar a prescindir del diálogo, a no buscar el acuerdo, a menospreciar el consenso, incluso cuando fueran posibles. Esto sería malo, pero también lo sería que la oposición se instalase cómodamente en la crítica sistemática sin procurar escenarios de coincidencia. No se vuelva a caer en el error de querer arrinconar fuera del progreso a la centroderecha española, porque al final la gente arrincona a los que niegan la evidencia del progreso.

Entramos en un escenario difícil para Cataluña, pero que desde Cataluña puede hacerse más difícil todavía si no se quiere entender lo que ha pasado y por qué ha pasado. Atrincherarnos en Cataluña sería un error; convertir a Cataluña en el baluarte de la reconquista de no se sabe exactamente qué sería renunciar al testimonio ejemplarizante de una sociedad que se sabe distinta y lo ha demostrado en las elecciones, pero que no quiere alejarse del progreso global de España, al que durante estos últimos años ha contribuido con una participación decisiva.

Los programas electorales no prescriben al terminar las elecciones. A partir de ahora deben llevarse a la práctica. Los que no tenían programa poco podrán negociar, pero los que puedan exhibirlo no deben renunciar a conseguirlo. La mayoría absoluta lo hace más difícil, pero no imposible. Los que disfrutan de la mayoría, porque saben que la soledad -en la contemporaneidad- es la compañera del error, y los que la sufren, porque su obligación es defender a sus electores, no convertirlos en chivos expiatorios de su frustración.

Así pues, a pesar de todo, diálogo.

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