A ponerle onda, que cada vez falta menos

Carlos M. Reymundo Roberts
(0)
29 de diciembre de 2018  

Dicen que a un viejo holgazán, que además era ricachón y vicioso, le gustaba despedir el año y recibir el que empezaba con este deseo, mientras alzaba su copa de champagne francés: "Año nuevo, vida... ¡la misma!".

Es difícil imaginar que el brindis de algún argentino vaya a ir por ese lado. Me pregunté qué íbamos a decir, qué íbamos a pedir pasado mañana a la medianoche, y se me terminaron ocurriendo unas cuantas fórmulas. Las ofrezco para que cada uno tome la que más le guste. "Año nuevo... ¿Año nuevo? ¡Sobrevivimos! ¡Aguante la Argentina!". Fórmula para creyentes: "Señor, que el nuevo año nos depare salud, dinero y amor. OK, salud y amor". Para los no creyentes: "Madre Naturaleza, primero fue el kirchnerismo, después Cambiemos y finalmente la sequía. ¿Y si en 2019 aflojás un poco?". Para optimistas: "Que en este año que comienza alcancemos nuevos acuerdos de asistencia financiera con el Fondo Monetario ". Para pesimistas: "Seis meses. Todo lo que pedimos son seis meses. Llegar a julio". La última: "Alcemos las copas, agradezcamos que todavía nos quedan ganas de brindar y pidamos para que se cumplan los deseos de los próceres que fundaron el país: que el dólar no llegue a 80 y que la inflación no alcance el 100%".

Hay que empezar el año así, con la mejor onda. El Gobierno ya puso su granito de arena: nos zampó un tarifazo en luz, gas, trenes, subtes y colectivos. Incluso está analizando cobrar peajes en las bicisendas, poner un impuesto al peatón y penalizar a las líneas aéreas de bajo costo que cumplan con lo del bajo costo. Fue una decisión dolorosa. Muy dolorosa. Para la gente. Pero tiene su explicación. Lo hacen para ahorrarse una bocha de guita en subsidios (113.000 millones de pesos, o 2800 millones de dólares), y ese ahorro se supone que nos lleva al déficit cero, y el déficit cero se supone que nos permite bajar la inflación, que es el gran objetivo. ¡Buenísimo! Ahora, si estos tipos consiguen bajar la inflación con un tarifazo, quedará confirmado que ellos son unos genios y que yo de economía no sé nada.

Otro aspecto positivo es que hacen el ajuste en un año electoral. ¡Qué cojones!, dirían en España. Mucho power, ¿no? Antes, los ajustes se hacían en años pares, en los que no se vota. Y en los impares, Carnaval, manteca al techo y piñata de subsidios. También acá hay dos lecturas posibles. Una es que Christine Lagarde nos puso una 45 en la cabeza mientras recitaba el manual del gatillo fácil. La otra, que sea cierto lo que me chifló alguien del Gobierno: que muchas áreas de la administración apartaron una platita, no por el déficit cero, sino para usar en la campaña. ¡Pillos! ¡Recontrapillos! Cuando hacen peronismo les sale mejor que hacer Cambiemos.

Yo insisto en ver el vaso medio lleno. Scioli está fuera de carrera. No asoma ningún Bolsonaro . Los recaudadores de la campaña de Cristina guardan cama en el sistema penitenciario. El PJ racional no encuentra un candidato, racional o no. Y si Macri gana será porque confiamos en que la segunda parte nunca podrá ser peor que la primera. ¿Se entiende? Toda la fe, toda la esperanza.

Ese clima de optimismo campea en las redes. En Twitter vi una cadena en la que se trataba de encontrar a profesionales que, más allá de la evolución de la crisis, tienen asegurado su futuro en el año que está por nacer. Hablaban, por ejemplo, del pintor del Cabildo, el albañil de la Plaza del Congreso, el chapista de Chano, el tatuador de Cande Tinelli, el traductor de Maradona, la niñera de Maru Botana, el kinesiólogo de Gago. Yo agregaría estos: el encuestador de Massa, el cambista de Boudou, el diseñador de Juliana Awada, el terapeuta de Guillermo Barros Schelotto, el brujo de Macri, el piloto del helicóptero de María Eugenia Vidal, el sparring de Lilita Carrió, los tirapiedras a sueldo de Cristina. Incluso hasta hay objetos que siguen cotizándose en alza: los rosarios que vienen de Santa Marta para destinatarios sorprendentes, la manopla de Pato Bullrich, la tijera de Dujovne, los cuadernos de Centeno, el espejo de Felipe Solá.

El diario El País, de Madrid, definió 2018, a nivel global, como "el año de los platos rotos". Claro, cayó el gobierno de Rajoy, los "chalecos amarillos" sembraron el terror en París, ganó Bolsonaro, recrudeció la guerra comercial entre EE.UU. y China, etcétera, etcétera, etcétera. Acá tuvimos más suerte. Rompieron muchas cosas, pero los platos están a salvo.

Ya no sé cómo decirlo: seamos positivos. A diario nos visitan miles de inmigrantes de países vecinos, y cuando ven la onda que hay acá, se quedan a dormir. Vivimos un festival de promociones y descuentos: como dice Diego Leuco, comprás un colchón y te regalan la cama, la almohada y la mesita de luz. El plan Sandleris está funcionando muy bien: para que no suba el dólar, sube todo lo demás. Marcos Peña vuelve a ser jefe de campaña, laburo que le sienta mucho mejor que comandar el Gabinete. Este verano reemplazaremos Miami, el Caribe, Brasil y Punta del Este por Mar del Plata, Punta Lara, Cosquín y Chascomús. Más cerca y más barato.

Vamos. Vamos que se puede. Vamos todavía. Este annus horribilis ya se muere. Y si no se muere, lo matamos.

La columna de Carlos M. Reymundo Roberts volverá a publicarse el 2 de febrero

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.